domingo, 1 de noviembre de 2015

Fouquier Tinville, Vichinsky y, ahora, Nieves

 

                    Ibsen Martinez

¿Fiscal verdaderamente digno de sus infames galones? Antoine Quentin Fouquier Tinville, cuyo alto cargo presta nombre a mi bagatela de hoy y título a una brillante e injustamente olvidada pieza teatral del austriaco Fritz Hochwälder. Alma del Tribunal de Salud Pública, Fouquier llevaba en un cuadernillo la cuenta de las carretas que condujeron a la guillotina a decenas de girondinos y dantonistas por igual. Y a Carlota Corday, a María Antonieta, a Saint Just y al mismísimo Robespierre. Al final, para pararle el trote asesino hubo que decapitarlo a él también, ¡qué remedio! Con el cuello en el tajo de rebanar pescuezos sospechosos alcanzó a decir lo que siempre dicen estos desalmados: que esperaba no ser malinterpretado por la posteridad, pues, total, no hacía más que cumplir órdenes.

¿Qué decir de Andréi Vichinsky, fiscal supremo de la desaparecida Unión Soviética, que acató la orden de Stalin de liquidar a toda la élite bolchevique en una misma tanda de juicios amañados? Sabía añadir la vituperación a la prueba falsa: “Fusilad a estos perros rabiosos, al buitre de Trotski, de cuya boca gotea sangre pútrida sobre los nobles ideales del marxismo”. Murió en su cama, el tovarich Andréi. Pregunta: ¿merece el retrato del fiscal venezolano Franklin Nieves un nicho en esa pinacoteca de infames? Sin duda que sí, digo yo. Pero no en la sala de los soberbios hijos de mala madre que mueren en su ley, como Fouquier Tinville o Vichinsky, sino en la de las desdentadas y pestilentes almas en pena cuyo fingido arrepentimiento no suscita sino bascas de repudio en los venezolanos de bien.
Nieves es quintaesencial muestra del ruin funcionariado civil chavista, gozosamente sujeto a los designios de esta novísima cepa de dictadura militar que aún pretende, como solía hacerlo Chávez, y luego de tropelías sin cuento, vindicar una legitimidad de origen electoral. El exfiscal no es sino transmutación posmoderna de Mujiquita, el personaje de Rómulo Gallegos, despreciable leguleyo lameculos, escribiente de Ño Pernalete, el bárbaro chafarote, coronel de montonera. Las trapacerías expuestas en el carrusel de sobreexposición mediática al que zafiamente ha saltado Nieves, proferidas en el pésimo español hablado de la nomenklatura chavista que tartajea el exfiscal, autorizan a pensar que sus motivos últimos no son los de un incauto de cuyos ojos cae al fin la proverbial venda de los arrepentidos. ¡Ya se sabrán! Es cosa de saber esperar.
De todo esto una sola verdad resplandece: tanto el exfiscal como el presidente Nicolás Maduro, por nombrar a otro homúnculo, pertenecen ambos a una misma subcategoría jerárquica: la de los sumisos secuaces de Diosdado Cabello, el hombre que, según el exfiscal, dictó palabra por palabra, ahogándose de risa, la orden de captura contra Leopoldo López. Es Cabello el acusador público del régimen; él y solo él imparte todas las órdenes. Es el verdadero enemigo a vencer en las elecciones del 6 de diciembre.

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