domingo, 1 de noviembre de 2015

ESE COMO SEA

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                  ELIAS PINO ITURRIETA

Tal vez una frase de Chávez sirva para intentar una explicación de las escandalosas palabras pronunciadas hace poco por el presidente Maduro, que no han recibido la repulsa que merecen. A lo mejor esa frase sirva igualmente para comprender los motivos de la respuesta apenas tibia que se ha producido frente a las afirmaciones del jefe del Estado sobre las elecciones parlamentarias que se avecinan. Sea como fuere, lo dicho por el “comandante eterno” remite a una atmósfera de irrespeto a la sociedad que conduce, sin encrucijadas, a los vocablos del actual mandatario que todavía esperan por el firme rechazo del cual son acreedores.
“No se fijen en lo que digo, sino en lo que hago”, afirmó Chávez en memorable ocasión. Hacía la advertencia quizá porque sabía, en un rapto de sensatez, que iba a desembuchar una lluvia de necedades, muchas enormidades que saldrían sin freno de su boca para desaparecer en el aire, pero que quería expresar porque se le pegaba la gana aunque jamás se convirtieran en hecho concreto. La cuestión era hablar por hablar, el asunto consistía en emborracharse de sonidos vacuos para pasar por el formidable tribuno de la plebe que jamás se había visto en nuestra historia. Le hizo honor a la indicación: nadie puede hacer el inventario de sus expresiones sobadas o de sus discursos insustanciales, sin el riesgo de ponerse como Sísifo a mover la maciza roca.
Así no fue siempre. En ocasiones sus chácharas se convirtieron en disparates redondos y en injusticias incalificables, pero prevaleció la idea de que el perro que ladraba solo mordía cuando tenía malas pulgas. Aquello no dejó de ser un alivio, algo parecido a la tranquilidad de los que ven llover desde balcón techado y apenas reciben unas salpicaduras, pero introdujo el hábito de la indiferencia frente a las afirmaciones de los gobernantes. Nos fuimos acostumbrando a las frases que se lleva el viento, a los gritos que suenan durante un rato para perderse en la nada, a las disposiciones que rara vez salen de la escena del guiñol para perturbar la vida. Pavoroso alivio, debido a que cambia la tranquilidad de los destinatarios del discurso político por la devaluación de los ingredientes esenciales de ese discurso. Fiero trueque que muda el verbo por la banalidad. ¿Qué importa lo que dicen los políticos, podemos asegurar, si Chávez nos metió en la costumbre de comunicar pendejadas que solo en rara vez se volvían carne y hueso, si todavía estamos aquí escuchando bullas pasajeras que apenas a veces nos cortan el pellejo? Tres lustros de acentos baldíos no pasan en vano.
Maduro afirma que el gobierno ganará las elecciones parlamentarias “como sea”, y en Venezuela no sucede nada. La institución más concernida por el anuncio de semejante intención se hace la sorda para no desentonar, es decir, para mantenerse en su papel de sujeción frente a la voluntad del Ejecutivo y ante los intereses del partido de gobierno. Estará conforme con ese “como sea”, si el jefe lo maquilla para que nadie crea que fue. La MUD escribe un comunicado y sigue el camino que la debe conducir a la victoria, pese a que debe sospechar que no será así según el aviso anticipado sin rubor por el presidente en cadena nacional. Los demás solo escuchamos un poco sin calibrar la gravedad de la afirmación, y seguimos en nuestros asuntos como si cual cosa. Destinatarios del discurso de Chávez, aficionados a las bravatas sin colmillo, esperamos el 6-D con fe en una ineludible epifanía en cuyo advenimiento no vale el “como sea”.
Las palabras de Maduro son una falta moral de inmensas proporciones, y se deben juzgar como tales, pese a lo que oímos con preocupación relativa en los discursos de su antecesor. En su palabrerío Chávez no se atrevió a adelantar una maniobra semejante. Más bien se decantó por las echonerías. Si lo hizo, no importa mucho ahora. De lo superfluo se pasa al oprobio en un santiamén. De la afirmación de Maduro se puede desprender cualquier zancadilla, cualquier porquería, cualquier ventaja, cualquier ilegalidad sin vínculos con las sugeridas por el “eterno”. ¿El “eterno” era mejor, más confiable, más decente? No, desde luego, pero jamás estuvo en los aprietos electorales del sucesor.

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