domingo, 21 de febrero de 2016

EL TIEMPO APREMIA

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        ELSA CARDOZO
 
Ojalá que no se olvide nunca que las penurias que padecemos hoy los venezolanos son el resultado de casi tres lustros de aplicación de una perversa fórmula de gobernabilidad muy bien resumida en el “como sea” de sus últimos tiempos.
Lo que escuchamos hoy es continuidad del discurso que apelaba al pueblo y sus necesidades, pero siempre concebido en primera persona, incompatible con la separación de poderes y sordo por intolerante, ideologizante y polarizador. La seguidilla de participación en elecciones, para las que desde hace diez años no se permitió la observación internacional en propiedad, se desarrolló sobre un trasfondo de prácticas cada vez más abiertas de silenciamiento de la crítica, y de represión y criminalización de la disidencia. Es lo que ahora se manifiesta groseramente en el desconocimiento  de la voluntad popular expresada, contra viento y marea, en las elecciones legislativas.
De la recurrente proclama de emancipación económica, construida sobre el aliento a la dependencia de los ingresos petroleros, su reparto lícito e ilícito a manos llenas y la destrucción de la capacidad productiva nacional  (incluso en el sector petrolero), quedan el país en ruinas y endeudado,  y una población empobrecida en sus bienes y oportunidades.
Y la supuesta segunda independencia que, al procurar alianzas exóticas y pésimas compañías, desafiando principios y prácticas constitucionales y del derecho internacional, lo que ha logrado es hacernos vulnerables ante las más graves amenazas de seguridad presentes, desde epidemias hasta la penetración por el crimen transnacional organizado, para no hablar de cuestiones fronterizas y de límites, o de la injerencia cubana.
En suma, lo que hoy exhibe dolorosamente Venezuela en los índices habidos y por haber no es mero resultado del bajón en el ingreso petrolero ni únicamente consecuencia de la ineptitud del gobierno. Es esencial tenerlo en cuenta no solo para apreciar la escala del daño que tan pesada factura nos está pasando a los venezolanos, sino para comprometernos con el enorme esfuerzo de reconstrucción que tenemos por delante. Es una tarea que ya comenzó, con la elección y el trabajo legislativo y político de una Asamblea Nacional de mayoría democrática, pero asediada por  el saboteo ejecutivo y judicial.
En estas nuevas circunstancias el caso venezolano sigue siendo difícil de ignorar internacionalmente.  Está sobre la mesa, inocultable,  la cuestión de la protección de la democracia, desde lo más esencial como es el respeto a la representación legislativa que fue democráticamente elegida, y  la garantía de los derechos humanos, comenzando por la necesidad de amnistía y reconciliación. Por supuesto que hay otros asuntos muy visibles sobre el tapete, como los relacionados con las deudas que el gobierno venezolano acumuló hasta con socios antes muy cercanos. Pero ahora el viejo balance en el que deudores y acreedores de gobiernos afines se entendían con trueques e intercambio de apoyos políticos, también se ha perdido. No solo porque escasean los recursos para repartir, sino porque el modelo bolivariano se volvió impresentable y es costoso sentarse a su lado. Las señales internacionales auspiciosas se encuentran en mensajes y también en silencios, todos elocuentes.
Es momento para releer las cuatro cartas escritas por el Secretario de la OEA, Luis Almagro, entre noviembre  y enero. Y es oportuno también dejar anotada la presencia y discursos de  los ilustres visitantes de estos días: Lech Walesa, Mpho Tutu y  Oscar Árias.  Palabras del ex presidente costarricense a nuestra Asamblea Nacional titulan estas líneas y, ahora, las cierran,  con un reconocimiento a la dura faena de la dirigencia democrática que es también voluntad de apoyo: “Hay coyunturas en que no es hipérbole decir que un grupo de representantes tiene, si no la capacidad de operar milagros, si la responsabilidad de evitar catástrofes”. 

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