sábado, 6 de febrero de 2016

 LOS TRES ERRORES CLAVE DE PIKETTY

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      JUAN RAMÓN RALLO
Doctor en Economía por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y licenciado en Derecho por la Universidad de Valencia. Economista de la Escuela Austriaca, profesor del centro de estudios superiores OMMA y director del Instituto Juan de Mariana
 
El economista francés Thomas Piketty fue el científico social revelación de 2014. Su aclamado tratado El capital en el siglo XXI se ha convertido en una obra de referencia para izquierdas y derechas, hasta el punto de convertirse en un libro dirigido a ser comprado pero no a ser leído. Y mucho menos a ser leído críticamente. Sólo así se entiende que los incondicionales seguidores de Piketty se limiten a extractar titulares de sus entrevistas y no de su libro, o que los críticos entrevistadores de Piketty apenas le extienden una alfombra roja que soslaya todos los problemas básicos de su obra. Pero tales problemas existen y deberían resultar evidentes para aquellos que analizan su obra con un mínimo cuidado.
Primer problema: el marco teórico del libro no es adecuado. Según Piketty, los ricos se vuelven cada vez más ricos porque los capitalistas pueden obtener automáticamente una tasa de retorno sobre su capital que supera la tasa de crecimiento del conjunto de la economía: cada vez, pues, se van quedando con una porción creciente del pastel. La realidad, sin embargo, es que mi riqueza actual no depende en esencia del pasado, sino del futuro: yo no soy rico por cuán bien invirtiera mi padre, sino por cuán bien sea capaz de continuar invirtiendo yo las propiedades que me legó mi padre. En contra de lo que señala Piketty, ningún activo, real o financiero, posee una rentabilidad automática o garantizada (ni siquiera la deuda pública). Ser rico hoy no es garantía de seguir siéndolo en el futuro y, mucho menos, de ser mucho más rico en el futuro que en el presente: de hecho, la mayor parte de los superricos de 1987 han perdido desde entonces más del 50% de su patrimonio. Cuanto más capital se tiene no se posee de mayor capacidad para rentabilizarlo, sino de mucha menos: la capacidad para invertirlo bien, para evitar errores y para encontrar lucrativas oportunidades de inversión que nadie más ha podido localizar va viéndose cada vez más mermada cuantos más fondos te ves obligado a gestionar.
Segundo problema: el análisis histórico del libro es equivocado. Según Piketty, lo que deberíamos estar viendo en Occidente es un aumento extremo de la desigualdad, provocado por la creciente concentración de capital. Pero la evidencia empírica que aporta Piketty en su libro es justo la contraria (dejo de lado las múltiples críticas que ha recibido Piketty por haber trucado sus datos con el objetivo de hacerlos encajar en su tesis). Primero, la mayor parte de la desigualdad que se ha observado en Occidente durante las últimas tres décadas no ha procedido de las rentas del capital, sino de las rentas salariales (en particular, ha sido ocasionada por la aparición de supersalarios entre el personal más altamente cualificado de nuestras economías). Segundo, la desigualdad en la propiedad del capital se halla a todos los efectos en mínimos prácticamente históricos: incluso según los datos que aporta Piketty, la desigualdad del capital es hoy inferior a la que ha habido en cualquier otro período de nuestra historia previo a 1970. Tercero, esta reducción histórica en la desigualdad sobre el capital deriva, según reconoce el propio Piketty, de uno de los hechos más relevantes del siglo XX: el surgimiento de una clase media patrimonialista (propietaria de su propia vivienda). Y cuarto, Piketty no incluye en el cómputo de capital a la otra gran inversión que acometen las clases medias: la inversión en educación (capital humano); si lo hiciera, la desigualdad en la propiedad del capital todavía sería más acusada.
Tercer problema: las propuestas políticas del libro son erróneas. Según Piketty, la desigualdad debe combatirse penalizando a los ricos con impuestos mucho más altos: en particular, tributos del 80-90% para las rentas más altas y tipos impositivos de hasta el 10% sobre el patrimonio. Pero la forma de contribuir a que cada vez más gente viva mejor no es persiguiendo la generación de riqueza, sino posibilitando que todo el mundo acceda a ella. Si los últimos 40 años pueden caracterizarse como el período más igualitario en la distribución del capital de toda la historia de la humanidad no es porque los ricos se hayan arruinado, sino porque las clases medias han comenzado a acumular un cierto patrimonio. La clave para avanzar hacia una sociedad con menores disparidades en el capital es permitir que los ciudadanos accedan al capital: al capital real, al capital financiero o al capital humano. Incluso aquellos Estados intervencionistas que más éxito han tenido a la hora de reducir la desigualdad –los Estados nórdicos– no se caracterizan por una agresiva y progresiva fiscalidad sobre los ricos, sino por promover el universal acceso a un capital humano de calidad. Por consiguiente, ni siquiera dentro de una retórica estatista las políticas propuestas por Piketty parecen tener justificación alguna, como de hecho le acaban de recordar sus propios correligionarios en su propio país.
En suma, Piketty yerra en su modelo teórico, en su análisis histórico y en sus propuestas políticas. Nada de lo cual evitará que siga siendo enarbolado como un invencible referente intelectual en cada uno de estos tres campos: en especial, por parte de aquellos que ni siquiera se han dignado a leerlo con una mente abierta a la crítica.

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