domingo, 13 de enero de 2013


WINSTON VALLENILLA Y LA IDENTIDAD OPOSITORA
La anti-política venezolana hizo una valiosísima  contribución al fortalecimiento del actual régimen de vocación totalitaria. Nos referimos a la implantación de generalizaciones  tan poco sutiles como categóricas: en este país, todos los políticos son ladrones, todos roban. Generalidad ideal para disolver cualquier relación institucional y cualquier resistencia al propósito expreso de consagrar un poder personal salvador. Clave para el poder totalitario es la negación de las diferencias, de los pequeños detalles, capaces de hacer reivindicar la realidad, es decir, la principal enemiga de los propósitos de dominio.  Una vez  en el poder, la revancha  se acopló a otra temeraria creencia: si todos robaron, ¿Por qué yo no? La nueva burocracia llegaba al poder con las pezuñas bien afiladas y dispuesta a no equivocar su misión. Frente a sí,  la autopista del saqueo a la cosa pública les enviaba una sonrisa.

   De este modo, la mitología previa a la revolución bolivariana, otorgaba los amargos frutos  de la disolución y liquidación moral que hoy se muestran exultantes. El nuevo orden ofrecía “cambiarnos la vida”, mediante el establecimiento de una moralidad superior representada por el Estado Revolucionario. La dicotomía público-privado muestra el contenido totalitario de tales propósitos: se pretende ampliar, casi de modo ilimitado, la esfera de lo estatal (público) en detrimento de la esfera privada. La liquidación progresiva de los espacios no sujetos al control político, fundamentalmente, la economía y la educación, comprometen seriamente las esferas de auto-realización. Así por ejemplo, el  cierre de RCTV, inicialmente rechazado por Winston Vallenilla, hizo que se perdieran más de 3 mil empleos directos y afectó a otros miles de empleados vinculados a la industria de medios.  En la medida en que el empleo privado va siendo liquidado, todos nos hacemos sobrevivientes. Pero el Estado Rentista ofrece recompensas por la rendición. El saqueo ahora es de todos.
 Sabido es que el reino de la libertad puede sucumbir frente al reino de la necesidad. De esta deplorable asincronía surge el colaboracionismo; término pertinente frente a un gobierno que no reconoce opositores sino “enemigos”. Mientras el infeliz Winston Vallenilla formó parte del personal de RCTV, se ubicaba en el campo enemigo, el espacio de la inferioridad moral. Pero la condición de sobreviviente, a la cual le reducía el cierre de su centro de trabajo, no estaba en  su plan de vida. ¿Si a otros les ha ido bien, por que no saltar la talanquera? Al fin y al cabo los opositores NO son distintos a los del gobierno, habría meditado Winston. Y así decidió colaborar con quienes antes le humillaron. Sería  como colocarse en las antípodas  mediante  un simple suspiro. Pero el colaboracionismo venezolano puede fingir con facilidad una  conciencia tranquila, sin retaliaciones morales. Las generalizaciones exitosas, provenientes de la anti-política vienen en auxilio para aliviar la mala conciencia. Por lo demás, no todos están dispuestos a mostrar su fe en los perdedores, reiteradamente derrotados, reiteradamente humillados. ¿Por qué hacer de tonto cuando los mangos están bajitos? ¿Cuánto del erario público nos cuestan las rodillas arrodilladas de Winston?
 El gobierno no se ruboriza, ni censura su vocación totalitaria cuando hace alarde de sus victorias en los campos de batalla políticos, selladas con la humillación del adversario. Al fin y al cabo la política es  la continuación de la guerra por otros medios. Pero la oposición no parece darse por enterada. Su empeño en un quimérico diálogo, le coloca en permanente situación de monólogo. Ocupados en reaccionar frente a los ataques, descuidamos el nutrimento ideológico imprescindible en una lucha de largo aliento.  Cierto que el tema de la identidad es un asunto manido, con tufo fascistoide  que puede deslizarse  hacia un asunto antropológico de identidad cultural y hasta racial. Pero la ineptitud para mostrar y defender los logros de la democracia, (aspecto que divide  a los opositores), su manifiesta debilidad para construir un discurso cargado de valores esenciales como la libertad, el trabajo,  y el respeto al ciudadano,  son aspectos que desmoralizan al  común, producen una sensación de orfandad ideológica e impiden el desarrollo de anticuerpos culturales frente a la abrasiva corrupción y compra de conciencias que promueve el gobierno en un país de sobrevivientes. Requerimos de actos unitarios de reafirmación en lo que somos o no somos nada.
   Guardando las grandes  diferencias, el colaboracionismo pro-nazi  que se produjo en varios países de Europa, debió afrontar sanciones morales y penales en la postguerra. Se debían remarcar las lecciones subyacentes en la historia vivida.  En la Venezuela de nuestros tiempos, la ambigüedad discursiva, conceptual y valorativa  frente a un régimen de vocación totalitaria, puede hacer que en el futuro, de ser derrotado este sistema, los colaboracionistas se pierdan en el disimulo. No pagarían ningún costo por su conducta abyecta, no habría lección aprendida, podríamos ser un pueblo eternamente infante, destinado a repetir sus errores. El triunfo de los Winston Vallenilla estaría asegurado, al fin y al cabo el saqueo fue de todos, nos diremos para aliviar la mala conciencia.
Ezio Serrano Pàez.

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