miércoles, 18 de mayo de 2016

Catecismo del revolucionario


Federico Vegas

Estoy leyendo la biografía de Lenin escrita por Robert Payne. Entiendo que no es de las mejores, pero encontré el libro en una caja de libros usados, o más bien abandonados a la entrada de un café, y me ha resultado una buen compañero. La profusión de libros se ha tornado tan avasallante que ya no tiene sentido comprarlos. Es cuestión de esperar a que lleguen a tus manos. Por una lógica que puede ser auspiciosa o preocupante, pues puede deberse a la popularidad o al desdén, mientras más clásico el libro, más probabilidades tienes de conseguirlo sin más costo que sacudirle el polvo. Es cuestión de estar atento.
En el capítulo introductorio, “El precursor”, Payne nos ofrece una biografía muy resumida, y puede que malintencionada, de Sergei Necháyev (1847-1882). Resumo los datos que he encontrado:
Necháyev nació en Ivánovo, un pueblo dedicado a la industria textil. A los 19 años se instala en San Petersburgo y estudia Historia en la Universidad, donde pronto se integra a uno de los grupos más radicales. En medio de ese caldo hirviente conocerá a Mijaíl Bakunin, quien lo bautiza como “la auténtica voz de la juventud rusa” y “el mayor revolucionario del mundo”. Bajo este hechizo, Bakunin ayudó a idealizar una criatura que se lo iría devorando. De esta unión nace el Catecismo del revolucionario (1868), con una retórica tan extrema que Bakunin no se atrevería a firmarlo.
El fanatismo de Necháyev lo llevaría a elaborar una lista de 387 militantes del grupo que dirigía y enviarles desde Suiza paquetes con panfletos subversivos, de una manera tan evidente que fueran atrapados por las autoridades y castigados con la prisión o el exilio, una receta segura para radicalizarlos.
En 1869, Necháyev huye a Ginebra temiendo su arresto. Regresa fugazmente a Rusia creando la sociedad secreta “Venganza del Pueblo”. De vuelta en Suiza, sigue con su tarea editorial hasta que es arrestado en Zurich. Había una orden de detención en su contra por haber asesinado en Moscú a uno de sus compañeros de la sociedad secreta, al pensar (o inventar debido a sus desavenencias) que se trataba de un delator. Fue devuelto a Rusia y condenado a veinte años de trabajos forzados.
Ya tras las rejas de la hermosa y temible Fortaleza de Pedro y Pablo, Nacháyev demostraría un poder de persuasión que rayaba en el hipnotismo. Pronto los guardianes rusos, además de integrarse a su grupo, estaban dispuestos a colaborar en un plan para su fuga.
Las circunstancias cambian cuando es asesinado el zar Alejandro II. El atentado revela la determinación del grupo ejecutor Narodnaya Volya. Un hombre cubierto con un abrigo negro lanza una bomba contra el carruaje del emperador, matando a un jinete e hiriendo al conductor. El zar es sacudido pero resulta ileso. El Jefe de la Policía escuchó cuando el autor del atentado le gritó a alguien e intuye que puede haber otro asesino cerca. Le insiste al zar para que salga de la zona, pero Alejandro quiere ver antes el lugar de la explosión. Rodeado por sus jinetes cosacos se acerca al agujero que ha quedado en la calle. Es entonces cuando otro hombre levanta ambos brazos y lanza una segunda bomba a los pies del zar.
El magnicidio acabó con los movimientos de reforma y el naciente liberalismo. Alejandro III, hijo del zar asesinado, va a reprimir toda oposición al absolutismo zarista y se ensañará contra los movimientos revolucionarios. Cuando le llegan noticias de la influencia y la fama del preso Necháyev, manda a que lo aíslen y lo dejen podrirse en vida.
No resulta fácil a los historiadores ubicar a la figura de Necháyev. Es conocido por su teoría de la revolución con medios mínimos y por su extremismo, pero su relación con el anarquismo y las ideas nihilistas es compleja y discutida. Nunca llegó a crear un credo filosófico. En su apología del terrorismo muchas veces estuvo entre lo serio y lo ridículo, un perfil que lo ha convertido para unos en un precursor y para otros en la caricatura del radical político. Bakunin se alejaría de él. Marx y Engels lo denunciaron como personaje infame. La leyenda de Necháyev se extenderá gracias a Dostoyevski, quien lo recrea en su novela Los endemoniados (Los poseídos, en otras tradiciones) a través del personaje Piotr Verjovenski.
Su Catecismo del revolucionario ha influido sobre generaciones de militantes de distintas ideologías. Las Brigadas Rojas italianas popularizaron sus principios y el Black Panther Party reeditó el catecismo en 1969. Es un texto que a algunos puede parecerle infantil, a otros producto de un psicópata; alguno habrá que lo considere las ideas de un profeta o de un santo.
Calificativos aparte, pienso que representa una actitud y una visión del mundo que va más allá de los orígenes del comunismo en Rusia. Lo que Marx y Engels vieron con malos ojos llegó a influenciar a Lenin y a Stalin, parte de una larga y persistente lista de líderes, al punto que muchas líneas cuadran también con el alma y los procedimientos del nazismo. La frase de Hitler: “Podemos hundirnos, pero nos llevaremos un mundo con nosotros”, revela ese convencimiento de poseer una verdad tan absoluta que justifica la aniquilación propia y ajena. Puede que no sea una corriente filosófica, pero sí psíquica, unas veces consciente y otras inconsciente, y más de una vez ungida de romanticismo y religiosidad.
Albert Camus tenía a Los endemoniados como una de sus cuatro o cinco novelas favoritas. “Las criaturas de Dostoievski, lo sabemos bien ahora, no son ni extrañas ni absurdas. Se parecen a nosotros, tenemos el mismo corazón”, escribió Camus, y con esto no quería decirnos que apoyaba las ideas del personaje Piotr Verjovenski, sino que comprendía sus orígenes, sus causas y sus efectos.
Para entender la psicología que ha generado la destrucción impúdica, sistemática, efectiva y lujuriosa de Venezuela es indispensable estar atento a estas corrientes, unas veces subyacentes y ocultas, otras veces evidentes, arrolladoras, e integradas a una política de Estado.
Todos sabemos que en la humanidad coexisten esas fuerzas de construcción y destrucción, y cómo muchas veces hace falta destruir para construir. Los jefes del gobierno han venido jugando con esta dualidad proclamando que están destruyendo las bases del capitalismo cuando fracasan y construyendo las del socialismo cuando aciertan. Hasta que la cantidad e intensidad de lo destruido arrasó con lo construido por ellos y antes de ellos, y entonces se acudió al catecismo anunciando una y otra vez que se va a radicalizar la revolución, con la valentía de un poseído que está dispuesto a hundir a su propio país.
Leo en un titular del 16 de mayo: “Distribuir alimentos será la nueva función de las Fuerzas Armadas Nacionales tras decreto presidencial”. Lo que nos lleva al papel del militarismo en el juego permanente de la destrucción y la construcción. Es evidente que al militar se le entrena más para destruir que para construir, para reprimir que para estimular, para ocupar que para entregar, para apoderarse que para ceder. Entregar a las fuerzas armadas la más civil de las tareas, que es producir y distribuir la comida, además de revelar una crisis profunda, entrega al país a un nuevo nivel de descomposición. Los militares han dejado de ser guardianes y protectores para convertirse en los oficiantes principales de la destrucción y unos esclavos de su propia avaricia.
El Catecismo de Necháyev que presento puede también parecer primitivo, pero me temo que en muchas frases sentiremos el peso de su actualidad, y quizás encontremos explicaciones a muchos de nuestros absurdos. Se divide en varias secciones: “Deberes del revolucionario hacia él mismo”, “Deberes del revolucionario hacia sus camaradas”, “Deberes del revolucionario hacia la sociedad”, “Deberes de la Asociación hacia el Pueblo”. Aquí tienen la primera parte:

Deberes del revolucionario
hacia él mismo

I. El revolucionario es un hombre que ha sacrificado su vida. No tiene negocios ni asuntos personales, ni sentimientos ni ataduras; ni propiedades, ni siquiera un nombre. Todo en él está absorbido por un único interés, exclusivo. Un solo pensamiento, una única pasión: La Revolución.
II. En lo más profundo de su ser, y no sólo con palabras sino también con actos, ha roto todo lazo con el orden burgués y el conjunto del mundo civilizado, así como con leyes, tradiciones, moral y costumbres en vigor en esta. Es el enemigo implacable de esta sociedad y si continúa viviendo en ella es para destruirla mejor.
III. Un revolucionario desprecia cualquier teoría: renuncia a la ciencia actual y la deja para las generaciones futuras. Sólo conoce una ciencia: la de la destrucción. Con este fin exclusivo estudia mecánica, física, química y ocasionalmente medicina. Con esta meta se entrega día y noche al estudio de las ciencias de la vida: los hombres, su carácter, las relaciones entre ellos, así como las condiciones que rigen en todos los campos del orden social actual. La meta es la misma: destruir lo más rápida y seguramente posible esta ignominia que representa el orden universal.
IV. El revolucionario desprecia la opinión pública. Siente desprecio y odio hacia la moral social actual, sus directivas y manifestaciones. Para él lo moral es lo que facilita el triunfo de la revolución, y lo inmoral y criminal lo que lo contraría.
V. El revolucionario ha sacrificado su vida, por lo tanto ya no se pertenece. No tiene ningún miramiento hacia el Estado, principalmente, ni hacia la “clase cultivada” de la sociedad por lo que no debe esperarlo tampoco. Entre él y la sociedad un combate a muerte tiene lugar, una lucha abierta o clandestina, sin tregua ni gracia. Debe estar dispuesto a soportar todos los tormentos.
VI. El revolucionario, duro consigo mismo, debe serlo con los demás. Simpatías o sentimientos que podrían reblandecerlo y que nacen de la familia, la amistad, el amor o el agradecimiento, deben ser ahogados por la única y fría pasión de la obra revolucionaria. No existe en él más que un gozo, un consuelo, una recompensa, una satisfacción: el éxito de la Revolución. Debe tener día y noche un solo pensamiento, una única meta: la destrucción inexorable. Persiguiendo con sangre fría y sin descanso el cumplimiento de ese destino, debe estar dispuesto a morir pero también a matar con sus propias manos a aquellos que se opongan a esa realidad.
VII. La naturaleza del verdadero revolucionario excluye todo romanticismo, toda sensibilidad y entusiasmo. También excluye cualquier sentimiento de odio o venganza personal. A su pasión revolucionaria, en él una costumbre cotidiana y constante, debe unirse el más frío cálculo. En todas partes y siempre debe obedecer no a sus impulsos personales, sino a lo que exige el interés general de la Revolución.

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