domingo, 15 de mayo de 2016

DEMOCRACIAS Y PARTIDOS



   HECTOR SCHAMIS

No hay más que ver la crítica de los prohombres republicanos. Que tres Bush, el senador Lindsey Graham y el excandidato presidencial Mitt Romney hayan hecho explícito que no apoyarán al candidato de su propio partido es una verdadera definición de la palabra “crisis”. Enfatiza al menos dos puntos, y no solo acerca de Estados Unidos.
El primero es que si la nominación de Trump les ha causado estupor, debería ser un estupor a medias. En un acto de contrición intelectual habría que reconocer que el “trumpismo” es solo una versión acentuada de una tendencia que comenzó mucho antes de 2016. De hecho, hace tiempo que el Partido Republicano se radicaliza en la cara de quienes hoy se alarman.
Fue en los 80 cuando el conservadurismo religioso comenzó a influir en el partido, hasta entonces un partido de centro-derecha, pragmático y secular. Fue en 1994 cuando la revolución conservadora de Newt Gingrich en el Congreso desfinanció y paralizó al Gobierno, una intransigencia que solo sirvió para entregarle la reelección a Clinton en 1996 y repetirla bajo Obama. Fue en este siglo que surgió el Partido del Té, facción con similar conservadurismo fiscal, atrincherada en la Cámara de Representantes y protegida por la reconfiguración de los distritos, el gerrymandering.
Fue en 2010—tampoco debe olvidarse, y a propósito del muro de Trump—cuando la gobernadora Republicana de Arizona, Jan Brewer, pasó su propia legislación de control inmigratorio, iniciativa que fue a parar a la Corte Suprema en medio de una seria controversia constitucional. Ello debido a que la política migratoria es prerrogativa del Gobierno federal.
Son unos pocos ejemplos. Así es como el partido de Lincoln se ha ido convirtiendo en un partido ideológico al punto del dogma y sin centro de gravedad, es decir, polarizado en su propio funcionamiento interno. Es un partido que parece haber renunciado al votante medio, teoría que postula que la agregación de las preferencias de los votantes tiende a converger hacia el centro del espectro ideológico. Es la moderación que emerge del toma y daca democrático, noción que Trump desafía al igual que varios antes que él.
americana. Ni mucho menos. En Europa, por ejemplo, parecería que la propia idea de partido político y las reglas que gobiernan su organización se hallan en proceso de involución histórica. De los partidos de masas a los partidos atrapatodo —virtuales coaliciones, instrumentos efectivos para atraer el votante medio—, ambas formas organizativas parecen haber dejado el terreno abierto para el resurgimiento de una noción elitista de partido político.
Ello ha acentuado la polarización. En la derecha el elitismo se manifiesta en la xenofobia anti-inmigratoria. Expresa un divorcio entre la política y las sociedades realmente existentes, las cuales debes ser representadas como son: multiétnicas y multiculturales. Una especie de versión Trump que se observa en el Frente Nacional francés, los Demócratas suecos y el FPÖ austríaco, entre otros. Es la nostalgia por una Europa homogénea, blanca y cristiana. Una Europa que, si alguna vez existió, casi nadie que viva hoy puede haberla visto.
En la izquierda, por su parte, el nuevo elitismo viene de la mano de la noción de partido de cuadros leninista, según la enuncian Podemos y Syriza. Expresan la alienación típica de la vanguardia iluminada, la que se ve a sí misma como superior, moral e intelectualmente. Un iluminismo muy celebrado en el debate universitario, casi siempre se desconecta de una sociedad que suele preferir simples reformas —burguesas— que le resuelvan sus problemas cotidianos.
Si en la izquierda europea ha regresado el partido leninista, y el racista en la derecha, en América Latina ha imperado estos años un cierto estalinismo, y no solo por el apoyo a los Castro. Básicamente, los partidos de esta autodefinida izquierda (¡izquierda dirán ellos!) han sido maquinas clientelares de perpetuación con soundbites populistas. Ejercieron una efectiva representación durante el boom de precios internacionales, bonanza que dilapidaron. Sin ahorro fiscal, el cambio de ciclo expuso su estrategia de dominación predilecta: la corrupción. La resultante crisis política tiene en Brasil el ejemplo más reciente.
Desde que existe la democracia se debaten sus crisis, como si estas fueran inseparables de su propia entidad. No obstante la democracia ha sobrevivido, ciclicamente tal vez, por “‘olas”. Pero si hubiera que identificar una tendencia a la crisis hoy, esa sería el antiliberalismo de los partidos politicos, víctimas de lo que parece ser un virus omnipresente, curiosamente propagado por latitudes diversas y en condiciones disímiles. Y eso es problemático, porque sin partidos plurales, el proceso democrático, que comienza con la representación, se vuelve inevitablemente disfuncional.
Afortunadamente, una bocanada de aire fresco sopla desde Londres. Un progresista, miembro del partido Laborista, hombre creyente y practicante, ferviente partidario del pluralismo y del matrimonio entre personas del mismo sexo, ha sido electo alcalde. Ese alcalde, Sadiq Khan, además es musulmán. El liberalismo parece tener larga vida. En hora buena, ya que no hay muchas otras recetas para robustecer un régimen democrático.
Es una mala noticia para Trump. Es que el alcalde de Londres no podría ingresar a Estados Unidos durante su presidencia.

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