viernes, 27 de mayo de 2016

HAMBRE


                 JEAN MANINAT

El hambre es algo más que un término científico, un hecho que puede ser medido, una estadística confiable (para la FAO el hambre es sinónimo de desnutrición crónica). Es un dato que indica los niveles de desequilibrio que causa la ingesta deficiente de los nutrientes básicos que necesita el cuerpo humano para funcionar plenamente. Pero, es también una condición íntima del ser humano, una constatación de su lugar en el mundo, el eslabón más cercano con el que mide sus desgracias cotidianas; la intemperie nutricional a la que lo puede lanzar un desastre natural, un conflicto bélico, o la acción disparatada e inclemente de un gobierno.
Entre 1921 y 1922, Rusia sufrió una hambruna brutal producto de la Primera Guerra Mundial, la Guerra Civil que siguió al triunfo de los bolcheviques y, por sobre todo, a las desastrosas políticas que instauró Lenin a nombre de la supervivencia de la Revolución de Octubre y la derrota de sus enemigos. El esquema era simple y perverso: había que identificar al enemigo interno que boicoteaba al gobierno revolucionario. La maldición cayó sobre los kulaks, medianos propietarios de la tierra, los campesinos ricos -un eufemismo entre tanta miseria- acusados de acaparar las semillas para su propio beneficio. Sus tierras fueron confiscadas y ellos y sus familias internamente deportados. Se calcula que más de seis millones de personas murieron de hambre en el proceso.
Luego, entre 1932 y 1933, Stalin decretaría la colectivización del campo y causaría una segunda hambruna que se llevaría la vida de unos siete millones de campesinos. Todo a nombre de construir un paraíso en la tierra. La revolución mata de hambre a sus hijos.
En China, entre 1958 y 1961, el presidente Mao decretó el Gran Salto Adelante, un delirante proyecto de industrialización forzada, que colectivizó en comunas la agricultura, prohibiendo las explotaciones privadas e instalando nuevas técnicas agrícolas que resultaron letales para los cultivos y el campo en general y para los granos de arroz en particular.
Se privilegió la producción de hierro y acero, millones de campesinos fueron forzados a trabajar como obreros en gigantescos mamuts industriales que parían ratones de hojalata. La gracia del Gran Timonel -¡ah, el gusto por los títulos rimbombantes!- cobró la vida de decenas de millones de seres humanos.
La lista sombría sigue: la Camboya de Pol Pot, la Zafra de los diez millones en Cuba, la desnutrición atómica en Corea del Norte. Todo a nombre de construir un paraíso en la tierra. La revolución mata de hambre a sus hijos.
No hay forastero que desembarque en nuestras tierras, ni venezolano que se despierte día a día a luchar por la subsistencia, que no se sienta lacerantemente abrumado por la experiencia de recorrer sus calles, de palpar lo que va quedando de lo que fue un hermoso y prometedor país, con todo y sus carencias de entonces. Quienes lo gobiernan, han preferido recurrir a las astucias que no funcionaron en el pasado, en otros lugares y bajo el mismo signo ideológico, que a rectificar y emprender la recuperación del país. Su obstinación por mantenerse en el poder a toda costa es un ejercicio fútil y extremadamente costoso para toda la población.
En las zonas populares se empiezan a escuchar los gritos de “tenemos hambre”. No es una consigna política, es un reclamo expandido que sube desde el estómago y borra el miedo. No son los pelucones, ni los marines yankees ni la burguesía internacional ni los medios de comunicación lacayos, el que grita es el pueblo que tanto dicen defender, harto ya de tanto estropicio.
A veces, cuando el hambre se junta con las ganas de comer: surge el cambio.
@jeanmaninat

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