jueves, 19 de mayo de 2016

¿Cómo puede funcionar la Constitución del 99?

Trino Márquez



Las Constituciones, bien se sabe, constituyen pactos de gobernabilidad que se escriben en negro sobre blanco para que, dicho de forma muy sucinta, el Estado admita cuáles son sus obligaciones y dónde están sus límites, y los ciudadanos conozcan sus derechos y compromisos. Mientras la vida de un país transcurre movido por la pura rutina cotidiana, esas Cartas, algunas veces excesivamente largas y farragosas, están allí solo como muestra decorosa de civilidad.

        La Constitución de 1961 fue sometida a tres duras pruebas. Los golpes de Estado en 1992, la conjura contra Carlos Andrés Pérez y el triunfo del outsider profidelista Hugo Chávez. En  las tres ocasiones se demostró que la Carta Magna había sido bien concebida por el Congreso instalado en 1959.

Sería iluso pensar que esos tres trances se superaron sin que se produjera la ruptura del hilo constitucional por la pura existencia de la Carta. La élite política tenía firmes convicciones republicanas y democráticas. El sistema se mantuvo porque la dirigencia tomó la decisión de preservarlo. Una parte importante de ese liderazgo conocía lo ocurrido cuando el derrocamiento de Rómulo Gallegos el 24 de noviembre de 1948.

        El maestro Gallegos asumió la presidencia de la República en febrero de 1948. Pocos meses antes había sido aprobada por la Asamblea Constituyente la Constitución de 1947, considerada en su momento la más completa de la historia nacional y una de las más progresistas de América Latina. Esa Carta tan llena de atributos no pudo impedir que se produjera el cuartelazo que depuso al Presidente. El proyecto hegemónico de AD, el canibalismo político debido a la escasa experiencia democrática de los partidos, y el militarismo enraizado en la cultura nacional, dieron al traste con el experimento. De nada sirvió una Carta Magna considerada ejemplar.  La dirigencia, especialmente la adeca, no estuvo a la altura del pacto protocolizado en el Congreso. La arrogancia le impidió atajar a tiempo la ambición de los militares, quienes se entronizaron durante casi una década en el poder. La Constitución habría servido para evitar la debacle si la élite gobernante hubiese impulsado los acuerdos necesarios para impedir que se desbocara la avidez de los jóvenes oficiales.

        La historia, mutatis mutandis, vuelve a repetirse casi 70 años después. La Carta del 99, sin ser un dechado de virtudes, contempla un conjunto de opciones para resolver la gigantesca crisis global que vive el país. El Constituyente previó unos instrumentos que podrían aplicarse en el caso de  que el Presidente de la República perdiese el apoyo popular. De esos instrumentos –la renuncia, la reforma, la enmienda o el revocatorio- Nicolás Maduro optó porque se le aplicase el referendo revocatorio. Nadie lo obligó a tomar esa decisión. Desde abril de 2013 cuando, con malas mañas, obtiene  la presidencia, los partidos de la MUD comienzan a pasearse por la posibilidad de aplicarle la receta. Maduro no hizo nada para impedir que la iniciativa contara con amplio respaldo popular. Ninguna rectificación. Ningún giro para cambiar de rumbo. Persistió en los errores. Continuó con el acoso a la iniciativa privada -causa fundamental de la inflación, la escasez y el desabastecimiento de comida y medicinas-, el control de cambio para favorecer a la claque que se ha enriquecido hasta la obscenidad, los controles de precio que desincentivan la inversión y la producción, la persecución de los opositores, la sumisión abyecta a la dictadura cubana, la ineptitud, origen de que  el Gobierno no resuelva ninguno de los problemas nacionales, y la incapacidad para combatir la delincuencia.

        La mezcla explosiva de incompetencia, sectarismo y corrupción trituraron su gestión. Su gobierno colapsó. Por esa razón la inmensa mayoría de la gente ve en el revocatorio la salida de la crisis. Este escenario, y la forma de resolverlo, fueron previstos en la Constitución. Si el mandatario no asume el hundimiento de su gobierno y deja que fluya el mecanismo constitucional, la violencia podría desbordarse. El militarismo, en su forma más abierta y agresiva, podría reaparecer.

Antes, al igual que ahora, es indispensable que el núcleo gobernante asuma que a la Constitución  hay que complementarla con acciones que propicien la apertura y los acuerdos, para que las dificultades se resuelvan por la vía pacífica. Solo en este ambiente la Constitución puede funcionar.

        @trinomarquezc


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