lunes, 30 de mayo de 2016

Una sobredosis de heterodoxia puede ser letal
            Ricardo Hausmann

Desde la crisis financiera de 2008, ha sido común criticar a los economistas por no haber predicho el desastre, por haber dado recetas erróneas para evitarlo, o por no haber podido arreglarlo luego de sucedido. Los llamados a nuevas formas de pensamiento económico han sido persistentes –y justificados–. Pero todo lo nuevo puede que no sea bueno, y que todo lo bueno no sea nuevo.
El aniversario número 50 de la Revolución Cultural china constituye un recordatorio de lo que puede pasar cuando se tira por la borda toda la ortodoxia. La actual catástrofe de Venezuela es otro: un país que debería ser rico está sufriendo la peor recesión, la inflación más alta y el peor deterioro de los indicadores sociales del mundo. Sus ciudadanos, que habitan sobre las reservas petrolíferas más grandes de la Tierra, literalmente están pasando hambre y muriéndose por falta de alimentos y medicinas.
Cuando este desastre se estaba desarrollando, Venezuela recibió elogios por parte de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, de la Comisión Económica para América Latina, del líder del Partido Laborista británico, Jeremy Corbin, del expresidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, y del estadounidense Center for Economic Policy Research [Centro de Investigación de Política Económica], entre otros.
Entonces, ¿qué es lo que el mundo debería aprender del hecho de que este país haya caído en la miseria? Venezuela quedará como el ejemplo emblemático de los peligros que conlleva el rechazo de los principios básicos de la economía.
Uno de ellos es la idea de que, a fin de lograr metas sociales, es preferible usar el mercado en lugar de reprimirlo. Al fin y al cabo, el mercado esencialmente es solo una forma de autoorganización a través de la cual cada uno trata de ganarse la vida haciendo cosas que los demás consideran valiosas. En la mayor parte de los países, los ciudadanos compran alimentos, jabón y papel higiénico sin que ello se convierta en una pesadilla para la política nacional, como ha sucedido en Venezuela.
Pero, supongamos que a uno no le gustan los resultados que genera el mercado. La teoría económica estándar sugiere que se puede intervenir gravando algunas transacciones –por ejemplo, las emisiones de gas de invernadero– o dándoles dinero a los grupos de personas a los que se quiere beneficiar, pero dejando que el mercado haga lo suyo.
De acuerdo a una tradición alternativa, que se remonta a Santo Tomás de Aquino, los precios deberían ser “justos”. La economía ha demostrado que esta idea es realmente pésima, puesto que los precios constituyen el sistema de información que crea incentivos para que tanto proveedores como clientes decidan qué y cuánto fabricar o comprar. Hacer que los precios sean “justos” anula esta función, y deja a la economía en un estado de escasez perpetuo.
En Venezuela, la Ley de Costos y Precios Justos es una de las razones por las que los agricultores no cultivan. Y, debido a ello, cierran las empresas del sector agroindustrial. De manera más general, el control de precios crea incentivos para que los bienes pasen a transarse en el mercado negro. Como consecuencia, el país que tiene el sistema más extenso de control de precios, tiene también la inflación más alta del mundo –y, además, ejerce acciones represivas de cada vez mayor envergadura,encarcelando a gerentes de tiendas por tener inventarios considerados excesivos y hasta cerrando las fronteras para evitar el contrabando–.
La fijación de precios es un callejón sin salida corto. Uno más largo es el subsidio de productos para que sus precios permanezcan por debajo de su costo.
Estos llamados subsidios indirectos pueden crear un desorden económico de manera muy rápida. En Venezuela, los subsidios a la gasolina y la electricidad son más altos que el total de los presupuestos de educación y salud; y el subsidio al tipo de cambio es de campeonato. El sueldo mínimo diario en Venezuela apenas alcanza para adquirir un cuarto de kilo de carne o una docena de huevos. Sin embargo, cubre 1.000 litros de gasolina o 5.100 kWh de electricidad – suficiente energía para una ciudad pequeña. Con el producto de la venta de un dólar al tipo de cambio del mercado negro, se pueden comprar más de 100 dólares al tipo de cambio oficial más fuerte.
Bajo estas condiciones, es poco probable encontrar bienes o dólares a precio oficial. Todavía más, puesto que el gobierno no puede proporcionar a los proveedores los subsidios necesarios para mantener los precios bajos, la producción colapsa, como ha sucedido en los sectores de la electricidad y de la salud en Venezuela, entre otros.
Además, los subsidios indirectos son regresivos, ya que como los ricos consumen más que los pobres, el beneficio que ellos reciben del subsidio es más alto. Esto es lo que sustenta la sabiduría tradicional de que si se desea cambiar los resultados del mercado, es mejor subsidiar directamente a las personas con dinero que subsidiar los bienes.
De acuerdo a otro sabio principio convencional, es muy difícil crear una estructura de incentivos adecuada y disponer del know-how necesario para administrar empresas de propiedad estatal. Por lo tanto, es mejor que el estado sea dueño de solo unas pocas, ya sea en sectores estratégicos o en actividades en las que abundan las fallas del mercado.
Haciendo caso omiso de este principio, Venezuela se embarcó en un festín de expropiaciones, especialmente después de la reelección del expresidente Hugo Chávez en 2006. Él expropió predios agrícolas, supermercados, bancos, empresas de telecomunicaciones, de energía, de producción de petróleo y de servicios, además de compañías manufactureras productoras de acero, cemento, café, yogurt, detergente y hasta botellas de vidrio. En todas estas empresas la productividad colapsó.
A los gobiernos con frecuencia les cuesta cuadrar sus cuentas, lo que conduce a un exceso de endeudamiento y a problemas financieros. No obstante, la prudencia fiscal es uno de los principios de la ortodoxia económica que más se ataca. Venezuela, sin embargo, demuestra lo que sucede cuando se desprecia la prudencia y se trata a la información fiscal como secreto de estado.
Venezuela utilizó el auge del petróleo de 2004-2013 para quintuplicar su deuda pública externa, en lugar de ahorrar para una época de vacas flacas. Para 2013, el endeudamiento desaforado del país hizo que los mercados de capital internacionales dejaran de otorgarle préstamos, lo que llevó a las autoridades a imprimir dinero. A causa de esto, en los últimos 3 años la moneda perdió el 98% de su valor. Para 2014, cuando cayó el precio del petróleo, el país no estaba en condiciones de absorber el golpe, lo que llevó al colapso de la producción interna y de la capacidad de importar, terminando en el desastre actual.
La ortodoxia es la herencia de los aprendizajes, a menudo dolorosos, que nos deja la historia –la suma de lo que consideramos cierto–. Pero no toda ella es verdadera. El progreso requiere identificar aquello que no lo es, lo cual a su vez exige una forma de pensar heterodoxa. No obstante, el aprendizaje se hace difícil cuando existen demoras largas entre la acción y sus consecuencias, como al tratar de regular la temperatura del agua estando en la ducha. Si la reacción tarda, es necesario explorar lo heterodoxo, pero ello debe hacerse en dosis moderadas. Cuando se arroja por la borda toda la ortodoxia, se produce el desastre que fue la Revolución Cultural china – y que es la Venezuela de hoy.

Traducción del inglés de Ana María Velasco
Publicado originalmente en Project Syndicate

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