viernes, 2 de diciembre de 2016

Entre Fidel, Mitterrand y Felipe González

FRANCISCO MARTIN MORENO

EL PAÍS

Todas las comparaciones son odiosas, pero equiparar a dos genuinos personajes, constructores de la Europa moderna, defensores a ultranza de la democracia, de las instituciones políticas, de los derechos universales del hombre y de la voluntad popular, amantes de la libertad de expresión, luchadores incansables de la creación de empleos y de la generación de riqueza nacional, escrupulosos protectores de los intereses de los excluidos de la evolución económica, social y cultural, auténticos socialistas, con un sátrapa como Fidel Castro, constituye un atentado en contra de la inteligencia, de la razón y de la obviedad.
Felipe canceló empresas quebradas y anacrónicas, extendió créditos públicos y privados de cara a la introducción de avances tecnológicos destinados a aumentar la productividad con el objetivo de hacerlas más competitivas, en el entendido que a más empresas sanas, más empleos, más consumo de productos nacionales, más equilibrio social, más divisas, más utilidades, más recaudación tributaria en todos los niveles de gobierno, más crecimiento económico y más capitalización: unas empresas fuertes hablan de un fisco fuerte y por ende, de un país fuerte al contar con más presupuesto público para construir más obras de infraestructura, dotar con más y mejores servicios a la comunidad, más y mejores sistemas de impartición de justicia, más solidez institucional, más y mejor educación, más democracia, más desarrollo político, más certeza y oportunidades de negocios para los inversionistas nacionales y extranjeros, más posibilidades de abrazar más proyectos sociales, culturales y económicos y a la inversa.
Su éxito más notable que disparó la economía española, además de la revolución educativa, fue la inserción de su país en la así llamada Comunidad Económica Europea. Resultaron afectadas las sobredimensionadas empresas públicas heredadas del franquismo. La "reconversión industrial" incluía la privatización de empresas públicas, así como fuertes inversiones en infraestructura como una red de autovías y de autopistas, así como la construcción de la primera línea de ferrocarril de alta velocidad entre Madrid y Sevilla, entre otros sorprendentes avances durante su histórica administración.
Francois Mitterrand, en dos palabras y media, otro revolucionario socialista, ejecutó diversas reformas sociales, liberalizó la radio y la televisión, aumentó el salario mínimo para asegurar la supervivencia incluso de los desempleados e incrementó la ayuda familiar, regularizó masivamente a los inmigrantes "sin papeles" para incorporarlos al mercado de trabajo, instauró una quinta semana de vacaciones pagadas, redujo la semana laboral de 39 horas y adelantó la edad de jubilación a los 60 años, además de haber derogado la pena de muerte, despenalizado la homosexualidad y disminuido la duración del servicio militar a 10 meses.
¿Y Castro era de izquierda? Castro fue un tirano represor. Asesinó, o si se desea, fusiló a sus opositores, impidió durante más de medio siglo la celebración de elecciones democráticas, destruyó la economía de Cuba, acabó con los empleos productivos de las empresas privadas, burocratizó la economía con recetas sacadas del bote de la basura, extinguió la libertad de expresión e impuso la obligación de callar so pena de morir en un paredón o de optar por huir en una balsa a Estados Unidos con el peligro de perecer ahogados en el mar Caribe. Ni González ni Mitterrand disponían ni deseaban una policía secreta ni eran la encarnación del embuste y del atraso ni representaban al poder judicial, al ejecutivo y al legislativo conjuntamente. Siempre pelearon por las garantías individuales.
Quienes hoy lloran al tirano caribeño en el fondo ocultan tendencias tiránicas inconfesables. ¿Fidel Castro era un político de izquierda digno de ser imitado? Por supuesto que la historia no lo absolverá, sino que lo condenará por haber destruido generaciones de cubanos, gente noble y cálida que todavía no se ha liberado de la tiranía castrista. Al final cabe una pregunta: ¿Existen las culpas absolutas? Si la pregunta es válida, porque alguna responsabilidad deben tener los cubanos en la patética duración de la tiranía, la comparación de Fidel con Felipe González y con Francois Mitterand, asimilando a los tres como hombres de izquierda, constituye un atentado en contra de la razón más primitiva, además de una violenta negación de la más elemental evidencia. ¡Que Castro jamás descanse en paz!

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