viernes, 24 de noviembre de 2017


LAS DOS CONDICIONES DE LA RESOLUCION DE CONFLICTOS

Arash Arjomandi
ABC
Según Boole, padre de la Computación, una de las leyes que rigen nuestro pensar, y de las que no podemos sustraernos al razonar, es el principio de identidad. Según éste, en el decurso de un mismo proceso de razonamiento es imposible desviarnos del sentido que le hemos dado a los términos usados y de las relaciones causa-efecto que hemos identificado entre éstos.
No se trata de un postulado de la ciencia lógica ni de una convención de nuestros protocolos de comunicación, sino de un rasgo, ineludible, insoslayable, de nuestro lenguaje.
Empero, la gran paradoja con la que nos encontramos es que la infracción de este principio es una de las dos condiciones necesarias para toda resolución de conflictos. El acuerdo de dos partes en disputa exige que ambas rompan en alguna medida su propia coherencia. Pues es imposible convenir en un acuerdo sin contradecir algunas cosas que hasta ese momento se ha sostenido. La pérdida parcial de la consistencia interna de la argumentación deviene, así, en una exigencia de cualquier conciliación.
¿Pero cómo hacer compatible este requisito con el principio de identidad en tanto que fundamento de todo razonamiento que queremos comunicar? La filosofía aporta un valioso recurso para salvar esta paradoja: se trata de una operación intelectual de gran rendimiento: la epojé, esto es, el procedimiento mediante el cual se pone entre paréntesis el propio razonamiento con fines únicamente metódicos y se suspenden, metódicamente, las propias ideas o creencias. El ejemplo paradigmático de este instrumento conceptual es la célebre duda universal de Descartes, que constituye tan sólo una estrategia, un método para llegar a un fin deseado. Antes que él, ya Sócrates lo aplicó en sus célebres preguntas al interlocutor y su celebrada ironía metódica.
La consecuencia natural de estos recursos es propiciar una disposición de ánimos peculiar: la ataraxia; es decir, no sentirse perturbado por la angustia de que haya cosas buenas que no se poseen ni por el tormento de que haya verdades que no se han logrado. Sólo entonces el sujeto se halla dispuesto a probar rutas argumentativas que siempre le han parecido intransitables.
En efecto, si cada parte logra cancelar –aunque sea como mera estrategia argumentativa– su juicio valorativo sobre lo que es cierto o deseable, no va a ver turbado su ánimo si, más tarde, llega a la conclusión de que alguna de sus verdades iniciales pueden ser sustituidas por otras verdades.
El gran valor de esta operación mental que nos enseña la filosofía es su naturaleza metódica; es decir, se le debe atribuir un estatuto de hipótesis con vistas a explorar nuevos escenarios, sin estar seguros de que los resultados se verán o no validados como satisfactorios.
Ahora bien, en un proceso de negociación tan importante es saber hacer epojé como reconocer y premiar la epojé del adversario. Es ésta la forma de motivarse mutuamente las partes a proseguir el proceso de resolución. Se anima a la contraparte a romper su propia coherencia ofreciéndole la garantía de no tildarlo de débil o inseguro.
Esta disposición a suspender metódicamente las propias creencias para ver qué resultados depara una argumentación desde otros presupuestos y axiomas arroja, con frecuencia, resultados sorprendentes, pues conduce, la mayor parte de las veces, a conclusiones que, si bien no son las ideales que uno había largo tiempo perseguido, pueden resultar, de igual modo, satisfactorias por el hecho de ser también fruto y consecuencia de una argumentación propia. El hecho de ser conclusiones del pensamiento de uno mismo y no una asunción ad hoc para llegar a un consenso; y ser inferencias de un proceso argumentativo voluntariamente conducido, bien que desde premisas nuevas, hace que puedan ser aceptadas como una elección propia y no una imposición de la necesidad o premura de llegar a un acuerdo.
El segundo requisito que exige la resolución de una divergencia es que las partes se hallen dispuestas a renunciar a avances conseguidos durante el proceso de confrontación para situarse en fases anteriores. En cada etapa previa a una victoria, la reivindicación de uno suele haber sido más asumible, para los adversarios, que su actual exigencia. Dejó de tenerse por satisfactoria, no porque no lo fuera, sino porque, se pasó a valorar como insuficiente tras haber conseguido o consolidado ciertos avances y logros.
Y bien, de nuevo en esas peliagudas coyunturas, la filosofía nos asiste por cuanto enseña la diferencia entre el orden metodológico y el orden ontológico.
Un proceso de búsqueda de acuerdos no es la investigación de una verdad; en un procedimiento de resolución de conflictos no se halla en juego razones, sino motivos. Las partes en disputa buscan hacer concordar sus voluntades, los motivos y fines que persiguen, y no descubrir cuál de ellas, o en qué medida, tiene razón. De ahí que todo avance en un proceso de esta índole sea, por definición, metodológico y no un haber por sí mismo. Cada progreso efectuado debe ser considerado como un medio o camino, no para alcanzar un bien o verdad, sino para encontrar fines compatibles con los de la parte contraria. Y, por lo mismo, cada parte debe saludar las reivindicaciones anteriores del adversario ahora repescadas; aunque en su momento, refutadas.

Arash Arjomandi es filósofo y profesor de la EUSS (UAB)

No hay comentarios:

Publicar un comentario