sábado, 2 de mayo de 2020

SAQUEOS Y POLITICA

Ismael Perez Vigil (@Ismael_Perez) | Twitter
         ISMAEL PÉREZ VIGIL

Los saqueos, siempre un temor latente, nuevamente parecen tocar a nuestra puerta. Y aunque no sabemos, dado el control informativo del régimen, cuánto es verdad o mentira de lo que circula por las redes, es un tema político ineludible. Siempre difícil de tratar, para no caer en sesgos de intolerancia o demagogia. ¿Cómo mantener un equilibrio? ¿Cómo entender, comprender, sin simpatizar, ni justificar? He visto y participado en discusiones sobre este problema en múltiples grupos en redes sociales, que es la forma en que ahora se discute, y no ha sido fácil. Pero, hay que empezar a poner las cosas en su lugar.
Lo primero es que el acto de saquear, no es una expresión de protesta popular, por más que entre los saqueadores se entremezclen personas de nivel popular, o muy pobres. Estos últimos están allí seguramente motivados por una situación real de hambre, de necesidad, que –a lo mejor– satisfacen momentáneamente. Pero los primeros, los “saqueadores”, los que seguramente agitan e incitan, lo que los caracteriza no es que son pobres, es que son malandros, que se benefician económicamente, personalmente, del botín que obtienen. Por lo tanto, el punto no es que haya malandros entremezclados con gente común que, en esas acciones concretas, como en muchas otras, es imposible separarlos, ni podemos dejar de condenar a los malandros, por no herir la susceptibilidad de los necesitados; no está allí la clave del problema.
El punto es: ¿cuál es la orientación de eso que algunos llaman protesta y otros llamamos delito?; ¿quién lleva la “voz cantante”?; ¿quién orienta esa acción?; si son los malandros o saqueadores u oportunistas, será indefectiblemente una acción de robo, de destrucción, con el fin de aprovecharse, beneficiarse, personalmente del saqueo, y no se puede justificar por el hecho de que lo hacen los “pobres” y los pobres tienen “hambre y necesidad”.
Mucho menos se puede calificar de acción de protesta popular, o de ser una acción de oposición política o “revolucionaria”, ni un acto de modernos Robin Hood, de drama al estilo de Los Miserables –con todo y sus Thénardier y Myriel– para darle una connotación romántica y justificarlo. Porque exista necesidad o los actos sean un hecho, repetitivo, y se produzcan en muchas partes, no por eso se deben aceptar. Sería apología del delito, que hemos visto bastante en estos últimos veinte años.
Pero hay otro tema detrás de todo esto. Hay una especie de “deificación”, de “glorificación”, de “ideologización” –en el sentido peyorativo que empleaba Ludovico Silva– del pueblo; todo lo que hace el “pueblo” está bien, porque es el “pueblo” y se oculta tras frases como “el pueblo siempre tiene la razón”, “la voz del pueblo es la voz de Dios”. Tenemos constancia de que esto no es cierto, estos últimos 21 años nos lo demuestran claramente: el pueblo sí se equivoca y se equivoca gravemente; no todo lo que hace el pueblo proviene de un manantial de pureza y sabiduría, no todo lo que dice o hace el pueblo debe ser aceptado. Es un sofisma, equiparar saqueadores a pobres; no, los saqueadores son malandros, que se aprovechan de la condición general de pobreza y descontento del país para beneficiarse, para ejercer mayor control sobre la población popular a la que explotan y de la cual viven.
Nadie niega las necesidades que padece el pueblo venezolano desde hace muchos años y que se han agravado estos últimos seis; de lo que se trata es de evaluar la eficacia de esa acción como acción política y a quien benefician las situaciones anárquicas. En lo inmediato, a quienes benefician es a los malandros saqueadores, que después se suelen aprovechar económicamente de lo robado. Sabemos bien que esos saqueos y destrucción a quien dejan después en peor condición es a ese “pueblo”, en nombre de quien se pretende actuar, que después dispone de menos recursos para abastecerse, para adquirir las cosas que necesita. Un amigo me recordaba que uno de los Central Madeirense más grande del país quedaba en Simón Rodríguez y fue saqueado en los sucesos de febrero de 1989 y más nunca se ha abierto un supermercado en la zona, ahora para abastecerse la gente tiene que ir más lejos y comprar más caro.

En el largo alcance, el caos y la destrucción que eso genera a quién beneficia es al régimen, pues le permite justificar mayor represión y control, no sobre los malandros saqueadores, a esos casi nunca los tocan, sino sobre sus enemigos políticos. Ahora el régimen, asustado porque no sabe a donde puedan ir a parar las cosas, saca a la GNB, para intimidar y reprimir las protestas populares, no para ir contra los malandros, esos “inexplicablemente” quedan protegidos siempre; a quienes veremos ir presos es a dirigentes populares de los partidos de oposición, líderes comunales que no sean progobierno, dirigentes sindicales y en general los que el gobierno considera sus enemigos y a quienes sus “colectivos” y malandros tienen ubicados en los sectores populares. Vemos también como arremete contra empresarios, demagógicamente, culpándolos, responsabilizándolos por ser “supuestos especuladores” y tratando de diluir en ellos su propia responsabilidad de haber llevado el país a la ruina. Estamos ahora, tras las recientes medidas tomadas contra algunas empresas, frente a una nueva oleada de escasez y de especulación de los inescrupulosos de siempre, pero ahora agravada por la falta de combustible.

Frente a este problema de los saqueos y posibles reacciones populares ante la situación de pobreza y necesidad que vivimos –entre los bien intencionados– vamos a ver aparecer varias reacciones, características, que siempre están presentes: aparecerán, por un lado los santurrones religiosos, los que ven a los pobres como material de estudio y los pequeño burgueses de esa izquierda residual y romántica de los 60 y 70 del pasado siglo, aun acomplejados por no haber nacido pobres o con la piel más oscura, que deificarán y glorificarán todo lo que hagan los pobres, por el mero hecho de ser pobres. También veremos a los demagogos y populistas, como el gobierno –y quienes lo apoyan, inconsciente o conscientemente, de manera oportunista–, que tratarán de culpar a la oposición y a los empresarios por lo que está ocurriendo.

Nuestro problema y el de nuestros dirigentes políticos es que se nos va la vida en entender los procesos: porqué la gente vota y apoya a los Chávez en vez de apoyar nuestras posiciones o porqué ocurren estos estallidos sociales, e inventamos todo tipo de teorías para explicárnoslo a nosotros mismos. Quizás el problema es que nos faltan líderes y dirigentes políticos que, en vez de explicar y justificar las protesta y los saqueos, canalicen ese descontento hacia: los verdaderos responsables, los organismos de gobierno causantes de este desastre, contra los que se aprovechan de las dádivas que el gobierno les da para repartir y controlar a los pobres, contra los que se han enriquecido ilegalmente.

Esa es precisamente la tarea del político: separar el grano de la paja y acompañar al pueblo en su proceso, analizando junto con él la realidad y conduciendo el proceso hacia un fin realmente beneficioso para todos. La tarea es llamar las cosas por su nombre, denunciar que los saqueos son una trampa, un engaño, un abuso más de los malandros inescrupulosos que siempre explotan y se aprovechan del pueblo y son también una nueva arma del clientelismo y la corrupción del régimen, contra la cual hay que luchar.


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