jueves, 21 de mayo de 2020

Sin permiso
RAMON GUILLERMO AVELEDO
EL ESTÍMULO
Dicen que uno puede dar buenos consejos cuando deja de dar malos ejemplos. Puede ser. Voces en las redes me exigen que hable más e incluso que “vuelva”, lo que no está en mis planes. Otras, espontáneas o de encargo, me gritan que calle para siempre. Por otra parte, nadie me ha pedido consejo, pero me sigue pareciendo demasiado importante la unidad para la recuperación de la legalidad democrática venezolana, indispensable para ejercer y hacer respetar nuestros derechos de todo orden.
Es mucho lo que la mayoría venezolana que quiere un cambio hacia la democracia y el desarrollo ha luchado y mucho lo que ha logrado, aunque la ilusión de la vía rápida alimentada por la desesperación y por cierto discurso equivocado nos nuble la vista. Para empezar, somos mayoría, como consta oficialmente desde 2015 y en cuanta encuesta se realiza.
En eso no puede negarse la colaboración, tan masiva como involuntaria, de los desaciertos de fondo y de forma cometidos por el grupo en el poder, desprestigiado y desproporcionadamente jactancioso de su éxito en permanecer, si se considera el enorme precio institucional, humano (en lo social y económico) e internacional que Venezuela paga por eso. Incluso ellos mismos, prisioneros en sus despachos, viviendas lujosas y camionetas blindadas, en el mundo entero buscados, repudiados, incómodos y en el mejor de los casos aceptados provisionalmente, en razón de algún interés económico o geopolítico que se va gastando.
La mayoría ganada en la Asamblea Nacional, no siempre administrada con prudencia ni comprendida por todos en la enorme responsabilidad que implica, ha servido para un reconocimiento internacional indudable, para que el régimen muestre aquí y afuera su verdadero rostro y vuelva harapos su legitimidad y para que en enero de 2019, al cumplirse el período constitucional del Presidente de la República, estuviera en condiciones de dar los pasos constitucionales que el hemisferio y la mayoría de las democracias del mundo han reconocido. Ese logro de la mayoría parlamentaria debe defenderse y desarrollarse en toda su potencialidad.
Su presidente Juan Guaidó ha ganado un reconocimiento nacional e internacional tan valioso que es el blanco del bombardeo incesante del poder. Él debe cuidarlo y en eso apoyarlo la mayoría parlamentaria y los demás demócratas, empezando por sus propios compañeros. No sólo por responsabilidad ante el país que es lo primero, sino incluso por su propio interés. Las oportunidades de todos y de todas, dependen de la suerte de la Asamblea y su presidente.
Hay un gran mérito en lograr ese haber de un clima internacional tan favorable, clave en nuestro mundo globalizado, pero los factores decisivos siempre estarán aquí, en Venezuela. Nadie sustituye nuestra responsabilidad. Y menos ahora, cuando la pandemia y sus secuelas imponen nuevas prioridades. El problema de Maduro no es con Trump, como él y su propaganda se empeñan en decir a nuestro pueblo y al planeta. Su problema es con nosotros los venezolanos a quienes ha empobrecido socialmente, económicamente, institucionalmente. ¿O es que no sabemos que el confinamiento se prolonga porque no hay gasolina para que el país empiece a moverse ni contamos con un sistema de salud que aguante un aumento de los contagiados?
En ese cuadro, la unidad de los demócratas, en la que creo y he creído siempre es fundamental y por lo mismo implica una responsabilidad proporcional. La evaluación necesaria en el llamado G4, importantísimo, acerca de lo logrado y lo no logrado, debe incluir la conciencia de que no es todo el país, ni siquiera toda la oposición. Sé que lo comprenden; se espera que actúen en consecuencia. Los demás opositores, sean más “duros” o más “dialogantes”, deben también evaluar los resultados de sus propias estrategias, porque no basta con ser distintos a la mayoría parlamentaria. ¿Cómo pueden contribuir a mejores resultados?
Con apertura por parte de todos, con sinceridad al asumir compromisos, con seriedad para analizar escenarios reales y ofrecer caminos sensatos. En eso consiste la responsabilidad. No es una fórmula nueva. Lo nuevo es atrevernos a asumirla y sostenerla.
Al anunciar, en 2009, la constitución de la unidad, dijimos “Venezuela reclama unidad. Venezuela reclama, como respuesta a la pequeñez, grandeza; como respuesta a la mezquindad, generosidad; como respuesta a la injusticia, justicia, como respuesta al irrespeto, respeto…
El papel de la sociedad toda, de nosotros los ciudadanos, tendrá siempre relación con la coherencia y la consistencia de la unidad de quienes representan, o deben representar, políticamente nuestra esperanza. Echarles la culpa de todo, tampoco basta.


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