domingo, 1 de mayo de 2016

LA TRANCA DEL JUEGO

ELIAS PINO I.


El régimen no hará nada para llegar a acuerdos razonables con la oposición. Basta detenerse en la conducta que ha exhibido después de las elecciones parlamentarias para llegar a una conclusión que parece irrebatible. No pasó nada entonces, según los cabecillas de la “revolución”, o apenas se apuró el trago de una circunstancia incómoda a la cual se le puede encontrar alivio como si fuera asunto menor y pasajero. Después de una tempestad que apenas fue un aguacero sin consecuencias, de acuerdo con las cuentas de quienes han buscado la manera de decirnos que solo se llevaron unos moretones que mejoraron con unas curitas y con una mano de carmín, la política iniciada por Chávez seguirá sin modificar su rumbo hasta el fin de los tiempos. Aun cuando la situación no solo permita el descubrimiento de la insólita terquedad de los mandones, su irremediable ceguera, sino también una situación de general calamidad que atañe a todos los venezolanos, los poderes públicos no encuentran razones para hacer cosas distintas a las que han hecho hasta ahora.
Ya conocemos la procedencia de las curitas y el carmín. Las provee el servilismo del TSJ, cuyos magistrados se comportan a la usanza de los antiguos manumisos del emperador para avalar la voluntad de la cesárea majestad, como si no tuvieran nexos con una realidad cada vez más abrumadora que los conmina a conducirse en atención a sus solicitaciones. Para los magistrados la realidad no existe, mientras no indique lo contrario Nicolás Maduro. Las provee el CNE, atendido por sus propias dueñas, cuyo oficio se reduce, sin calcular los consecuencias de su sujeción, o calculándolas como inventario doméstico, a poner trabas a las salidas electorales que proponen los políticos de la MUD. Las proveen las fuerzas armadas, para completar, cuyo alto mando presidido por el ministro del ramo se solaza en pregonar su papel de apéndice de una administración inamovible a la cual sirven como guardia pretoriana. No hay parcela de la gestión pública, ni de los asuntos que más importan a la sociedad civil, que los uniformados no interfieran después de confesar impúdico entusiasmo por la causa del madurismo. De los almacenes y de la minusvalía de estos individuos leales hasta la esclavitud, sentina de sumisos sin espacio en una república hecha y derecha, salen las curitas y el carmín para que los patrones todavía se atrevan a mostrar la cara como si debutaran en un vodevil digno de continuidad.
El soporte no guarda únicamente nexos con la posible adhesión que manifiestan ante un orden que su pensamiento considera justo y razonable (al fin y al cabo, cada quien se puede convertir de buena fe en secuaz de quienes tienen la sartén por el mango), sino también con los delitos contra la cosa pública que se han denunciado durante un período ominoso de la vida venezolana. Los aludidos poderes no solo se anuncian como soportes de un Ejecutivo por cuyas virtudes están dispuestos a dar la vida, sino  también como valedores de las transgresiones que se le atribuyen y en torno a las cuales ninguno de los aludidos ha ofrecido contestaciones satisfactorias. De ser así, la alternativa de un juego trancado frente al desencanto de la sociedad y ante los proyectos de la oposición, parece un asunto más seguro que un tiro al piso.
Pero no solo estamos ante un desafío de arduo cuidado para la oposición, sino igualmente para quienes sostienen el desastrado régimen de Maduro. Ciertamente los líderes de la MUD tendrán que ingeniárselas para soldar un rompecabezas de trabajosa soldadura, casi imposible de completar, pero los secuaces de la “revolución” no la tienen nada fácil. La servidumbre no solo depende de la voluntad de los siervos, sino también de los recursos y de los encantos del dueño. Tal vez no se les pueda pedir una mudanza drástica, como la famosa de Francisco de Borja ante el cadáver putrefacto de su señora la emperatriz, pero sabemos de sirvientes que cambian de casa cuando la del jefe está en bancarrota, o cuando se les ofrece otra más hospitalaria. Cuando se actúa en un teatro de candilejas republicanas, Arlequín no la pasa bien como servidor de dos patrones, el que le paga y el que le reclama una fidelidad previa de la cual depende la legitimidad de su empleo

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