domingo, 5 de febrero de 2017

LA NUEVA ETAPA

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                   TULIO HERNANDEZ

EL NACIONAL

En Venezuela, hace ya varios meses, terminó una era y comenzó otra. No es que en esencia hayan cambiado los objetivos del régimen sino que, debido a su conversión en notoria minoría, los jerarcas rojos modificaron radicalmente los métodos para mantenerse en el poder.
Entramos en una nueva etapa y la conclusión evidente es que ya no se puede seguir haciendo política como la venía conduciendo la MUD, con éxito creciente, que tuvo su momento clímax cuando se conquistó la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional, quedando así convertida la oposición democrática en la primera fuerza política del país.
De los tiempos de lo que algunos llamamos el modelo neoautoritario –el totalitarismo edulcorado con el antifaz democrático– hemos ido pasando vertiginosamente a un ejercicio del poder claramente autoritario, a un régimen de facto, que conserva prácticamente solo dos cosas del simulacro democrático: la existencia de partidos políticos no oficialistas y el derecho, cada vez más conculcado, a las manifestaciones de protestas.
Todo lo demás que se había mantenido desde los tiempos de Chávez –la convocatoria a elecciones, la aplicación de mecanismos de consulta contemplados en la Constitución como el referendo revocatorio de 2004, el mediano respeto a los resultados electorales en alcaldías y gobernaciones–, ha sido borrado drásticamente de la faz del país.
Primero, con el desconocimiento de los electores puesto en marcha cuando se le ha impedido, vía artificio jurídico, a la legítimamente electa AN ejercer las funciones que le asignaba la Constitución. Y luego, por la negativa del gobierno, a través del árbitro electoral puesto a su servicio, de convocar el revocatorio obligante y las elecciones pendientes.
La democracia, o lo que quedaba de ella, está por los momentos suspendida. Quien no lo entienda está extraviado. El juego se ha trancado de modo tajante. El país está secuestrado por una minoría, y en consecuencia, la lucha política convencional por canales democráticos en los términos en que los factores opositores venían realizándola hasta ahora, se tornó inocua. Es como lanzarle piedras a alguien que tiene en sus manos una ametralladora.
El efecto de opinión lamentable que este desfase ha generado es que ha triunfado una matriz que hace responsable a la MUD por la patada a la mesa que ha dado el gobierno. Es como hacer responsable de un robo a la víctima y no al ladrón. La MUD puede ser responsable de muchos errores, pero el único y absoluto responsable de la suspensión de lo que restaba de democracia –desconocer la Asamblea, por lo tanto la voluntad y los derechos de millones de electores; negarse a realizar elecciones– es el gobierno.
Creer que si la MUD no hubiese asistido al diálogo, o que si hubiese conducido la gran marcha de septiembre hacia Miraflores, ya Maduro estuviese fuera del poder o, por lo menos, ya el CNE hubiese convocado a elecciones, es una presunción de inocencia y un profundo desconocimiento de la siquiatría diabólica, dogmática y delictiva a la que nos confrontamos.
Los errores de la MUD son muchos: no haber tenido una estrategia común ante el acelerón autoritario; haberle transmitido a la población expectativas de cambio sin sustento real, como las de Ramos Allup anunciando la caída en seis meses; no haber tenido mayor transparencia ante las condiciones y objetivos del diálogo.
El chavismo, lo saben ellos, lo sabemos todos, está en la calle ciega del autoritarismo del que generalmente nadie retorna. Porque perdieron lo que antes tenían a mares llenos, el apoyo popular. Y perdieron también la economía, que vivió boyante con el respirador artificial de los petrodólares.
Las fuerzas opositoras, que no son solo los partidos, también lo son los ciudadanos y sus organizaciones, tienen por delante un reto de imaginación política como pocas veces lo habíamos visto en América latina. Conseguirle la repuesta a un dilema: ¿Cómo luchar contra un modelo autoritario con legitimidad electoral pero colocado al margen de la ley sin que la lucha signifique salirse de la condición democrática?
El primer diálogo, el impostergable, es entre los demócratas. Porque hasta ahora esta pregunta ni en los impacientes ni en los moderados tiene respuesta.

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