domingo, 19 de febrero de 2017

VICTORIAS GUILLADAS

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CARLOS RAUL HERNANDEZ

EL UNIVERSAL

Aquel pajarito causó estupor y todavía muchos se preguntan, los más sahorís, si habría alguna razón estratégica detrás de semejante declaración. Tenemos el gobierno menos competente del mundo, pero en materia política no da puntada sin dedo de la oposición para clavársela. Algunos se autoengañan al asociar con cuadrúpedos y otras bestezuelas a quien nos carga arriados y descubrir misteriosos laureles en la derrota. Como el boxeador noqueado rumbo a terapia intensiva con polifracturas, dice del ganador -mientras escupe los dientes-: “ese es un pobre diablo. Tuvo suerte, pero la próxima vez lo destrozo. Es uno de los peores que he visto en el ring”. Y continúa: “no me ganó sino que es un abusador, un maldito, me pegaba cada momento. Así cualquiera... Yo tenía que ganar y me confié, pero di una gran exhibición”.
Mientras digamos que los descalabros en los que rodamos por el piso ante los ojos del mundo, son victorias guilladas, estamos en un espacio mental peligroso (los militantes del Baas de Bagdad celebraban en las calles el triunfo de Saddam sobre los gringos). O la versión mermada: hallar fallas semánticas en quien analiza las derrotas para invalidarlo según pintorescas metodologías (“donde digo Diego digo digo”). La filósofa francesa Catherine Malabou, en su tormentoso libro Los nuevos heridos, retrata el fenómeno con el nombre de personalidad postraumática. En el siglo pasado todo el mundo era neurótico por el choque entre la líbido y el principio de realidad, la naturaleza represiva de la sociedad que decía no a todo. Además, la gente vivía relativamente poco. En la actualidad tal conflicto es menor porque la sociedad es permisiva, y además, gracias a la medicina, la gente sobrevive padecimientos antes mortales.
 
Largas y dolorosas vidas
Pero en una vida más larga nuestro espíritu recoge más cicatrices. Rupturas afectivas en la era del divorcio masivo, cánceres superados pero latentes, violaciones, accidentes vasculares, soledad, aspiraciones frustradas que el afectado pretende ignorar, son heridas enconadas. El sujeto vive décadas emocionalmente muerto o agónico -según ella- por esos traumas, y tal vez eso explica el éxito de las películas de difuntos vivos en la saga de George Romero (porque todos seríamos desde ese punto de vista, zombies). Decir que fue una decisión brillante concurrir a las elecciones con tarjeta única, -una concesión desproporcionada e inmerecida a los antipolíticos y radicales- es de ese tipo de conducta. La ley establece que los partidos que no compitan con su tarjeta propia en dos procesos electorales, tendrán que recoger firmas para legalizarse en condiciones casi incumplibles.
Vivimos ahora como consecuencia, en el trance de que los partidos desaparezcan. Si eso puede tomarse como una decisión acertada, benemérita e incluso genial, -tal cual la solicitud de RR- revela, como dice Malabou, un síndrome postraumático: pretender ocultar y ocultarnos nuestra desgracia. Pero saliendo de la política fantástica a la ornitología fantástica, los norcoreanos cuentan que cuando murió Kim Il Sun, padre de la patria y presidente eterno de Norcorea (el cargo de los sucesores es vicepresidente), las masas lloraron tanto que millones de cuervos conmovidos se posaron en la tierra y se resistían a volar, para no cumplir con la obligación de llevarse su alma. Los campos y calles estaban negros cubiertos de pájaros huelguistas.  Las dictaduras se alimentan de la mentira y del autoengaño, y a veces no es mentira sino locura.
 
Estúpida muralla
También en Norcorea a los niños en las escuelas se les enseña que los desaparecidos líderes máximos Kim Il Sun y Kim Jong Il no defecaban ni orinaban, como tampoco Kim Jong-un, libres de tales suciedades biológicas. En la zona norcoreana más visible desde Surcorea, el régimen comunista edificó un pueblo perfecto. Solo que es de utilería, no vive nadie en él y traen gente de otras partes para que camine por las calles. Importantes filósofos e historiadores se preguntan cuál puede haber sido el sentido de la Muralla China. Una obra tan absurda, infuncional, ciclópea, 21.000 kilómetros de sacrificios, sufrimiento, esclavitud, opresión, muerte, absolutamente para nada. Su autor fue el primer emperador Qin Shi Huang. Algunos la atribuyen a defensa militar, lo que no se sostiene porque nunca hubo ninguna invasión que la justificara y porque de haberla hubiera sido muy fácil de transponer.
En su autohipnosis para descender a las más retorcidas entretelas del alma, Kafka trata la Muralla China en ese clima fantasmal y aterrador, el absurdo de la existencia humana en estado puro. Él, que lo entendía todo, se desesperaba por no entender la muralla. Tampoco se entiende que Qin haya hecho pintar de rojo como castigo un cerro que “impedía el paso de su ejército”, ni azotar a un río crecido que lo retardaba. En las Memorias, Santiago Carrillo cuenta que en su primer viaje a Rumania comentó la extrañeza de que el cabello de Ceaucescu fuera blanco, a diferencia de la imagen conocida. Pero el Presidente aclaró que se encanecía cuando estaba muy cansado. Y efectivamente, cuenta Carrillo, en el almuerzo del día siguiente Ceaucescu, después de dormir presumiblemente muy bien, lucía una cabellera intensamente negra. Las locuras no son inútiles. Siempre hay quien crea.
@CarlosRaulHer

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