miércoles, 23 de abril de 2014

El debate sobre el diálogo

 Alexis Ortiz

“Uno no negocia con amigos sino con enemigos”
Yitzhak Rabin

 


Si el excelso Rabin, que fue un héroe nacional de Israel, murió asesinado por un fanático desorbitado por los acuerdos de paz logrados con Palestina, es poco lo que podemos esperar de la racionalidad humana. Aunque eso no nos releva de la responsabilidad de intentar explicarnos las cosas con un mínimo de serenidad, sin dejarnos dominar por la rabia, siempre tan odiosa como inútil.

Mucho se ha despotricado contra la decisión de la MUD de aceptar sentarse en una mesa de diálogo con los capitostes del castrochavismo. Los héroes de internet y los que quieren dirigir a la oposición desde Manhattan, han llegado hasta calificar de traidores, vendidos y otras lindezas, a los líderes que accedieron a conversar.
La verdad es que este diálogo imperfecto fue posible por el heroísmo callejero de los estudiantes, que puso en evidencia la textura totalitaria, entreguista a los cubanos comunistas, represiva e incompetente para gobernar, del fracasado régimen Maduro-Diosdado-hermanos Castro.
La oposición asume un diálogo que para el gobierno es un truco para ganar tiempo, por un cúmulo de razones:
Primera. La gente democrática está naturalmente inclinada a dialogar para resolver los conflictos de modo civilizado.
Segunda. Contra su propia naturaleza opresiva, el gobierno se vio obligado a conversar, por la presión internacional, el fracaso de su gestión de gobierno y porque ya ni la represión, ni el soborno social, le aseguran controlar el descontento de la gente.
Tercera. La oposición va también al diálogo porque así lo recomiendan los aliados democráticos de todas partes. En verdad no podíamos aparecer frente al mundo como obtusos recalcitrantes, que no saben valorar la complejidad de una política de enfrentamiento al totalitarismo.
Cuarta. Y va al diálogo porque es el reclamo de más del 80% de los venezolanos, obstinados de la escasez, la inseguridad, el deterioro general del país y sobre todo el odio y la división social, sembrados por el castrochavismo.
Ahora bien, debe quedar claro que el diálogo no excluye la movilización popular. No desestimula sino impulsa la movilización popular (organizada y sin peligrosas improvisaciones), potencia la exposición de un programa democrático y moderno para gobernar, alternativo al fracaso del castrochavismo y combina las formas de lucha: negociaciones, movilizaciones en la calle, táctica electoral, reclamo de libertad para los presos políticos  y cualquier otra pacífica pertinente.
Pero como la lucha es larga y la salida de nuestra pesadilla no está a la vuelta de la esquina, hoy se debe poner el acento en el diálogo que más nos interesa:
El diálogo deliberado, masivo y ordenado con el pueblo y los dirigentes populares chavistas, porque ellos también son víctimas del desastre que produjo el comediante eterno y sus herederos.

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