lunes, 14 de marzo de 2016

NAUFRAGIO


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                               Federico  Vegas

Es palo,/ es piedra,/ es el fin del camino./ Es un resto de tronco./ Es el mismo destino./ Es un trozo de vida./ Es la vida, es el sol,/ es la noche es la muerte…
Mientras seguimos esperando las aguas de marzo, todo nos va siendo tan vertiginoso y tan atascado, inerte y penetrante, escandaloso y reiterativo, incomprensible y evidente, ofensivo y habitual, desmedido y previsible, absurdo e inevitable, venenoso y cotidiano, insoportable y constante, cada vez más inminente y cada vez más distante. Empiezas a tratar de buscar una explicación, cuando ya una nueva marea todo lo invade y cubre con un nuevo naufragio los restos del anterior. Es tan indignante como agotador. Pronto estaremos más abatidos que hartos. Hoy tengo tantas sensaciones represadas, atascadas, que sólo me atrevo a esbozarlas, a resumir futuros ensayos, como en esa lista borgiana que compuso Antonio Carlos Jobim y cantó junto a Elis Regina, donde se alternan el gusto y el disgusto, cuentas y cuentos, una espina en la mano y un corte en el pie, la suerte y la muerte.
La conjura de los idiotas.
Me dice un amigo extranjero que los venezolanos somos una partida de idiotas llorones. Algo de razón tiene. Con alguna fórmula habrá que explicar la historia de un país que se “autosuicidó a sí mismo”. Me pregunto en qué consiste ser un genuino idiota y encuentro que tiene su absoluto opuesto: el “ideota”. El idiota suele carecer de ideas y, en el mejor de los casos, se avergüenza de su ignorancia. El ideota tiene siempre las mismas ideas y, en el peor de los casos, se enorgullece de su terquedad. Según los griegos, el idiota es un ciudadano egoísta que sólo se preocupa de sus asuntos privados y nunca de los asuntos públicos. El “ideota” se interesa en los asuntos públicos para disponer a su antojo de ellos como si fueran sus asuntos privados. Somos unos idiotas dominados por unos ideotas.
Cuando el destino nos alcance Recorro las calles del Country Club y me asombro de la velocidad con la que desaparecen sus jardines. Nació como la urbanización más exclusiva, bella y expuesta de la ciudad. Ahora es la más amurallada, grotesca e inclusiva de nuevos corruptos. Pronto veremos un muro continuo, como una Medina de calles estrechas. Qué aberrante es un campo de golf rodeado de paredes y alambradas, especialmente cuando llega a un punto tan neurálgico y cívico como el nodo de Chacaíto. ¿Qué existe tras esas garitas y esos muros de más de seis metros? ¿Se protegen o se esconden? ¿Sienten pudor o culpa? Y otra cosa que me confunde: ¿por qué tanto mármol y concreto? La mejor suburbia, la que soñó con jamás ser ciudad, se convertirá en un campo de concentración para ricos.
Del sociólogo al empresario
Si salvar a nuestra economía depende de dar una imagen de estabilidad e ideas claras, se dio una grave falla en la señal más evidente y notoria: el propio Ministro. ¿Qué idea había o cuál cambio de idea se dio para pasar del sociólogo Luis Salas al empresario Miguel Pérez Abad? Es imposible concebir dos seres más antagónicos. Desde el doctor Jeckyll y el señor Hyde no se daba una dualidad tan contradictoria como los dos ministros que se sucedieron en sólo un mes. Tal como en el título de la novela de Robert Louis Stevenson, se trata de un “extraño caso”. Los analistas hablan de un trastorno psiquiátrico que hace a una misma persona tener dos personalidades con características opuestas, algo que los siquiatras llaman un trastorno disociativo de la identidad. Me estoy refiriendo al análisis de la novela, pues continúo buscando en ella una explicación. De alguien que intentaba convencer a la sociedad de la inexistencia de la economía pasamos a un gavilán cuidando pollitos.
Cuando no se sabe para qué sirve una luz roja
He leído el artículo de Samir Kabbabe: “Qué hacer cuando empieza a fallarnos la memoria”. Kabbabe se refiere a la memoria individual, ese misterioso y temperamental almacén del que tanto dependemos. De todas las patologías, la pérdida de memoria es la que mejor puede ayudarnos a entender los sufrimientos de nuestra sociedad. Leer el extraordinario artículo de Kabbabe, cambiando la “memoria individual” por nuestra “memoria colectiva”, ofrece estimulantes reflexiones. Lea y se dará cuenta de que no estamos viviendo episodios, sino eventos aparentemente inconexos. Y lea el apartado sobre “¿Cuándo son patológicos los olvidos?”, pues la respuesta de Kabbabe se aplica a toda la sociedad: “son patológicos los olvidos que, por su magnitud y frecuencia, afectan la actividad cotidiana, la independencia y capacidad de interrelación”. El caso más grave es perder la memoria semántica: “No es normal que se pierda la capacidad de saber qué es una cuchara, qué significa la luz roja del semáforo o qué significa ser apuntado por un arma”. Esta advertencia me suena familiar. ¿Acaso no hemos comenzado a perder la noción de para qué diablos sirve la justicia, elegir, protestar, trabajar? Muchas declaraciones públicas comienzan con un “Bueno…”, como para darse ánimos, y se terminan los argumentos con un breve “¿no?”, como preguntándose si tiene sentido lo que se acaba de decir. Fíjense también en cómo cada tanto se insertan varios “de alguna manera”. A veces las coletillas, los carraspeos, las repeticiones, dicen más que mil palabras. No hay duda de que nos hemos convertido en un país que de alguna manera sobrevive, de alguna manera aguanta y de alguna manera saldrá de este horror. En el aeropuerto de Madrid varios venezolanos esperan sus maletas. Una señora le grita a un chico Derwick:— ¡Ladrón! ¡Ladrón! El chico Derwick le responde que cite una sola prueba. La señora argumenta que en Venezuela no hay luz y que tienen tanto dinero que manipulan a los periodistas. Alguien los graba. El video se hace viral. Muchos piensan: “Por fin se está haciendo justicia”. Más tarde El Nacional le hace una larga entrevista al chico Derwick, quien sale victorioso con argumentos que lo convierten en mártir y salvador de la patria.
El celular y la democracia  
La MUD anuncia que activará todas las opciones para la salida de Maduro; en la foto de la reseña que hace El País todos aplauden; todos menos Andrés Velázquez, quien está absorto mirando su celular. Comienza el discurso de Nacho a la Asamblea; todos lo miran como si fuera a cantar; todos menos Julio Borges, quien observa su celular hasta que los aplausos lo sacan de su concentración. Borges y Velázquez son luchadores que estimo y no quiero criticarlos por algo que ya es una epidemia. Me pregunto si no van existiendo dos países: uno que existe en una red de Twitter, Facebook, WhatsApp, Instagram, pequeños fragmentos y extractos entre personas que se juntan en un mundo virtual en el que no existe el espacio ni la localización; y el otro real, el de gente que se toca, que conversa y se une en alma y cuerpo. Si es verdad que el celular une a los que están lejos y separa a los que están cerca, ¿qué podemos decir de las redes sociales? ¿Nos unen o nos separan más? Quizás la raíz griega de la democracia no puede dar frutos en la tecnocracia. El hecho que me resulta más difícil de enfrentar tiene que ver con el último discurso de Henry Ramos Allup. Mientras más altura necesitamos, más se planea hasta arrastrarnos al mismo nivel del Gobierno. No logro entender la necesidad de unas palabras que nos hunden en vez de elevarnos. Necesitamos salir de un fondo agresivo y pendenciero, donde se celebran los propios cojones y se habla del culillo y lo pendejo del adversario. No pretendo que tengamos un líder con la estatura de Nelson Mandela, pero sí la de Rómulo Betancourt, a quien le tocaron tiempos igual de conflictivos. Ramos Allup tiene la excusa de estar sometido a una presión extrema, inconstitucional, y a compensar sus frases desmedidas con otras brillantes. Más responsabilidad tienen quienes celebran su vulgaridad como algo simpático, necesario, criollo, valiente. Y más grave aún es la reacción de quienes las aprueban diciendo: — A mí no me gusta eso, pero es lo que la gente quiere. Escucho a Maduro referirse al horrible crimen de Tumeremo. Va enumerando todo lo que ha enviado al lugar de los hechos: el Defensor del Pueblo, más de mil soldados y soldadas por cielo y por tierra, organismos de seguridad, etcétera. Luego puntualiza: “Vamos a investigar hasta las últimas consecuencias, hasta la última verdad. Este crimen, si fue cierto que sucedió, lo vamos a castigar y develar a la opinión pública nacional e internacional”. Cómo se puede ser tan riguroso con algo tan incierto? En realidad, para Maduro nada importante está ocurriendo o se trata de algo secundario. Lo fundamental es que se deje de ensuciar el nombre de Venezuela, de embarrar a las Fuerzas Armadas y de andar diciendo que “Maduro es el culpable de todo”. En definitiva, la verdadera víctima es el gobierno Maduro sabe que es cuestión de esperar. Ya mañana, quizás en plena noche, vendrán las aguas de marzo a lavar la sangre, el barro y el sucio. “Es madera de viento, / es la misma ladera. / Es misterio profundo, / es el quiera o no quiera. / Es el viento soplando, / es el fin de la espera…”

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