miércoles, 9 de marzo de 2016

China o Venezuela: ¿a quién creemos?


BEATRIZ DE MAJO

Los chinos responden a una inclinación cultural milenaria a la discreción o, dicho en términos más explícitos, a no dejar traslucir la verdad de las cosas, a nunca evidenciar su trasfondo, a no adelantar informaciones, a escudarse tras lo difuso y a que nunca, pase lo que pase, decir que no. Nada de esto es que sea demasiado criticable, pero lo cierto es que no es una actitud diáfana lo que caracteriza sus posturas.
En el caso de los revolucionarios venezolanos, su comportamiento esencial es bastante más contundente, erosivo y turbio. Los caracteriza la tramposería, la coba, el gato encerrado, la exageración, el cuenterismo, la falacia encubierta, las medias verdades y se inclinan a que nunca –pase lo que pase– decir que no.
Cuando dos políticos de estas distantes proveniencias se juntan, cualquier cosa que haya ocurrido entre ellos hay que pasarlo por un cedazo, meterlo en un cernidor y aun así es imposible distinguir lo bueno de lo malo, ni lo oscuro de lo claro. Por ello, relatar o interpretar desde cualquier tribuna periodística lo que se está manejando entre el gobierno de Pekín y el de Caracas en materia de negocios bilaterales, proyectos binacionales o nuevos endeudamientos es un ejercicio altamente arriesgado.
Acaba de regresar de China una comisión del más alto nivel de destacados funcionarios venezolanos que fue a convencer a las autoridades chinas de que, por fin –a 17 años del inicio de la épica revolucionaria–, llegó el momento ideal para que Venezuela emprenda el ambicioso plan de encender los 10 motores industriales y comerciales para convertir a esta nación en un poderosos emporio, para primero proveer a su economía interna de insumos, bienes terminados y alimentos para la población y para que aún les queden remanentes productivos para convertirse en un país de vocación exportadora.
Mucho más ambicioso que todo ello, los altos jerarcas les explicaron a las instituciones chinas, que Venezuela ahora sí se animó a desarrollar tales ciclópeas tareas con los proventos del precio del petróleo –en 24 dólares por barril– con el aparato industrial venezolano devastado, sin ninguna capacidad de levantamiento de fondos de fuentes externas porque hemos fallado en pagarle hasta el gato. Más admirable aún, acometeremos todo lo anterior con nuestras industrias básicas en situación de coma profundo, sin electricidad, ni agua, con la población hambreada y diezmada, con la mitad de nuestros talentos profesionales prestando sus servicios más allá de las fronteras.
Dada esa disposición china cultural a nunca mostrar sorpresa frente a barbaridad alguna –ni frente al abandono de las obras emprendidas con los dineros chinos en suelo patrio, ni frente a la corrupta y equivocada desviación de recursos facilitados por Pekín, ni frente a la moratoria generalizada de pagos a terceros, ni de cara a la solicitud de nuevas y nuevas extensiones para los compromisos sagradamente respaldados con petróleo–, no solo no se quedaron con la boca abierta ante los desquiciados atrevimientos, sino que les dijeron estar dispuestos a embarcarse con dineros frescos en la guerra a puñal que Venezuela librará en adelante contra el capitalismo salvaje, ese mismo capitalismo con el que China cada día teje más solidaridades.
¿A quién creerle esta historia de locos? Comentábamos líneas más atrás acerca de las inclinaciones culturales de unos y otros. Pero de lo que sí estamos seguros es que todo lo que les sobra de mentirosos a los tropicales les abunda en sindéresis a los herederos del Imperio del Medio. No en balde estos ostentan hoy la segunda posición como fortaleza económica mundial y  aquellos…bueno, aquellos ya sabemos.

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