lunes, 6 de marzo de 2017

Acerca de las diferencias que dividen a la oposición

Miguel Ángel Martínez Meucci


PolitiKa UCAB

A la hora de intentar comprender las desavenencias que existen en el seno de la oposición democrática venezolana son varias las hipótesis y explicaciones que surgen como posibles respuestas. Muchas de ellas son plausibles y cuentan con buenas dosis de verosimilitud, motivo por lo cual parece razonable que todas ellas cuenten con algún grado de apego a la verdad. Intentaremos aquí sintetizarlas, procediendo mediante el análisis de las dicotomías o “líneas de fractura” que nos permiten entender estas diferencias.
1. Diferencias que emergen en función de la caracterización del régimen chavista
Cuando el paso de un gobierno democrático a otro autocrático no es inmediato, y cuando la tiranía llega al poder con apoyo electoral, parece lógico imaginar que entre una y otra fase (la democrática y la autocrática) se desarrollará un período de indefiniciones, de “transición” por así decirlo, en donde los modos democráticos progresivamente van dando paso a los autocráticos. Cabe también esperar que, en medio de esta mutación, algunos de quienes se oponen al gobierno crecientemente autocrático tiendan a fijarse sobre todo en los espacios que éste aún deja para la lucha política institucional y democrática, mientras que otros repararán más bien en los rasgos de carácter tiránico o dictatorial que van haciéndose cada vez más visibles.
Es hasta cierto punto comprensible, por lo tanto, que quienes comparten el primero de estos puntos de vista prediquen la paciencia y las vías institucionales de acción, con la esperanza de que los resquicios que aún quedan para la lucha política democrática permitan, antes de cerrarse, la posibilidad de un cambio pacífico e institucional de gobierno. En cambio, quienes ponen el acento en la dinámica autocratizadora observarán con desesperación que el tiempo no corre a su favor, y que por lo tanto urge propiciar el cambio de régimen, incluso si para ello es necesario desacatar los dictámenes que funcionarios complacientes con el régimen emiten con el objeto de cerrar las puertas para un posible cambio de gobierno; ese desacato estaría justificado por el hecho de que la institucionalidad ya no sería tal desde el mismo momento en que es utilizada espuriamente para perpetuar al régimen en el poder.
En función de lo anterior, es posible caracterizar a la oposición venezolana al chavismo como dividida entre quienes ven más bien una “dictablanda” o un régimen híbrido no demasiado autocrático, el cual aún deja abiertas muchas ventanas para ser enfrentado mediante la acción política democrática, y entre quienes lo ven como una dictadura que, a pesar de mantener cierto velo o apariencia de democracia, se caracteriza esencialmente por su proceder autocrático, e incluso por sus tendencias totalitarias. Esta “línea de fractura”, por así llamarla, resume a los dos grupos que habitualmente (aunque con cierto sesgo) son caracterizados como “moderados” y “radicales”.
2. Diferencias de carácter ideológico
Entre quienes adversan al chavismo podemos encontrar una enorme pluralidad de fuerzas políticas, tanto por la cantidad de las mismas como por el amplio espectro ideológico que conforman. Bajo el común denominador de rechazar al régimen creado por Chávez y mantenido por Maduro se cuentan fuerzas políticas tan heterogéneas como la marxista Bandera Roja, agrupaciones socialdemócratas como Acción Democrática, Alianza Bravo Pueblo o Un Nuevo Tiempo, partidos de izquierda obrera como la Causa Radical, socialcristianos tradicionales como COPEI, partidos un tanto eclécticos y de nuevo cuño como Voluntad Popular (más socialdemócrata) o Primero Justicia (más socialcristiano), liberales como Vente Venezuela o conservadores con coqueteos militaristas como ciertos grupos nostálgicos de Marcos Pérez Jiménez. Pudiera también contarse a organizaciones que a veces no lucen precisamente como opositoras, cual es el caso de Avanzada Progresista.
Parece factible afirmar que esta segunda “línea de fractura” es menos profunda que la primera, si tomamos en consideración un hecho fundamental: la mayor parte de la oposición tiene un marcado acento socialdemócrata, o en su defecto socialcristiano, no estando muy alejados la mayoría de sus integrantes de un pasado “de izquierda”, de compartir una cierta idea de “justicia social” y de aprobar los contenidos fundamentales de la doctrina social de la Iglesia. Por esa misma razón, la mayoría de ellos mantiene una aversión espontánea y casi mecánica a hablar de capitalismo, competencia y libre mercado; de igual modo tienden a pensar que la intervención del Estado en la economía debe ser notable, buscando garantizar cierta igualdad económica de la población, y por extensión evitan hablar de la necesidad de realizar fuertes programas de ajuste para superar la profunda crisis que atravesamos.
Es posible también que este consenso de “centro izquierda”, por así decirlo, y del que sólo se escapan minoritarias y (al menos hasta ahora) poco articuladas fuerzas liberales o conservadoras, sea lo que impida a la gran mayoría de la oposición a condenar abiertamente la figura de Fidel Castro y denunciar sin titubeos el papel crucial que la injerencia cubana ha desempeñado en la constitución y mantenimiento del régimen chavista.
3. Diferencias de carácter generacional
Otra diferencia o “línea de fractura” que a menudo parece generar fricciones entre los miembros de la oposición venezolana al chavismo se adivina entre las generaciones más veteranas y las más jóvenes. Este tipo de diferencias es habitual en todos los ámbitos, pero en el caso particular que nos ocupa parece relacionarse con los distintos modos de interpretar la política que se aprecian entre quienes aprendieron el oficio durante la llamada República Civil (eso que el chavismo gusta de llamar “puntofijismo”) y quienes han desarrollado toda su carrera política en confrontación con el chavismo.
En tal sentido, en las generaciones más veteranas parece haber una cierta preferencia por una política de consensos, entendiéndose la política misma como una actividad netamente orientada en esa dirección. Los más experimentados en nuestra oposición demuestran también, en su mayoría, una vocación de entendimiento, una búsqueda constante del diálogo y la negociación, y un marcado escepticismo por toda actividad política que no esté directamente orientada a la preparación de candidaturas y al ejercicio del poder desde los cargos públicos del Estado.
Por su parte, quienes han vivido sus principales experiencias políticas en el marco de la lucha contra el chavismo parecen acercarse más que los mayores a la comprensión de la política como conflicto, y no como búsqueda de consensos. Se muestran más escépticos con respecto a las posibilidades y resultados reales que puede ofrecer una política de diálogo y negociación con el chavismo (al menos en los términos planteados por éste), y de igual modo dudan hasta cierto punto del alcance efectivo que puede tener la victoria en la mayor parte de los comicios, aunque no por ello renuncien, ni mucho menos, a postularse como candidatos. Estos políticos más jóvenes parecen confiar más que sus predecesores en lo que antiguamente se denominaba “la acción directa”, y la entienden más como desobediencia civil y movilización urbana que como subversión armada en espacios rurales.
4. Partidos con “gallos” o con “jugadores de dominó”
Otra diferencia o “línea de fractura” importante entre las fuerzas políticas de la oposición, y que de hecho dificulta su acción concertada, tiene que ver con aquellas organizaciones que cuentan con figuras “presidenciables” (o que al menos cuentan con un excelente cartel para aspirar a alguna gobernación o cargo preeminente), y aquellas que más bien están lideradas por “cerebros grises” que son muy hábiles para la maniobra política pero poco populares de cara al electorado.
Por lo general, las figuras más veteranas o con dilatada carrera política lucen poco atractivas como candidatos, y por ende prefieren la política de pactos y acuerdos, de negociaciones tras bambalinas y de manejo de aparatos partidistas o institucionales. Se trata de esas figuras muy hábiles en los cálculos por anticipado, capaces de “ahorcar la cochina” apenas empezando el juego. En cambio, los políticos más “salidores”, por lo general algo más jóvenes que los expertos de la política palaciega, suelen jugársela más a primarias, marchas, concentraciones y declaraciones constantes a la prensa, conocedores como son de que son esos los espacios en los que tienen mayor oportunidad de sobresalir. En este último caso, el de los “gallos”, el cuerpo todavía ayuda y aguanta.
5. Diferencias con respecto al radio de acción territorial
A la hora de comprender el funcionamiento de los diversos partidos de oposición, una de las diferencias entre ellos que es necesario considerar tiene que ver con el radio de acción territorial preferente en el cual se desempeñan. Vemos que partidos tradicionales como AD y COPEI han funcionado históricamente como partidos nacionales, mientras que varios de los partidos más jóvenes parecen desarrollarse (o al menos haberlo hecho en un principio) en un ámbito más regional, dándose a veces la circunstancia de que nacieron como escisiones regionales de los partidos más tradicionales. Éste último es el caso de UNT (regido por destacados ex adecos zulianos), Convergencia o Proyecto Venezuela (ex copeyanos de Yaracuy y Carabobo); incluso Primero Justicia fue inicialmente algo así como el experimento de jóvenes socialcristianos de la Gran Caracas. También juega un papel destacado La Causa R, que concentra su principal masa electoral en el estado Bolívar. Lo anterior no obsta para que algunos partidos jóvenes estén enfocados hacia el crecimiento nacional, mientras que algunos de los más tradicionales se hayan quedado relativamente localizados en el plano regional. En todo caso, esta diferencia entre partidos nacionales y partidos concentrados de facto en un ámbito regional es importante porque incide en la naturaleza de los acuerdos unitarios y en la dificultad para concertar planes de acción nacional por parte de la oposición al chavismo.
6. Formación intelectual y background personal
Por último, cabe hacer mención de otra diferencia que a veces juega un peso importante: la que se presenta entre políticos que cuentan con una trayectoria personal distinta a la política profesional que de algún modo condiciona previa y notablemente su visión de la misma (ya sea porque provienen de ámbitos empresariales, porque se desarrollaron en alguna ONG o porque cuentan con una apreciable formación académica, o han sido ellos mismos académicos en algún momento de sus vidas) y aquellos para los que la política misma ha sido siempre su vida y su universidad. Por lo general, la tendencia a innovar y a pensar “en grande” parece concentrarse en los primeros, mientras que los segundos mantienen un mayor escepticismo con respecto a formas poco familiares de hacer política y suelen preferir “lo malo conocido”, a sabiendas de que ha dado resultado en muchas ocasiones anteriores.
Hacia un esbozo sociológico de nuestra oposición
La forma en que las dicotomías o “líneas de fractura” separan los perfiles de nuestros políticos de oposición no permiten alinearlos por completo en dos tipos ideales, por decirlo al modo de Weber. Pero si hubiera que hacer un forzamiento en este sentido, como para tratar de simplificar las cosas, veríamos que, en líneas generales, contamos por un lado con un político moderado-social-veterano-de aparato, mientras que del otro lado se aprecia un político que encaja más con un perfil radical-liberal-joven-candidato. Con respecto al tipo de partido (orientación nacional o regional) y la trayectoria/formación personal, no cabe simplificar tanto porque la verdad es que hay de todo y difícilmente se observan patrones reseñables. En todo caso, parece importante atender a las diferencias anteriormente enunciadas si se pretende profundizar un poco más en la comprensión del actual liderazgo opositor y en las complejidades que afectan la posibilidad de presentar un verdadero frente unitario ante el chavismo.

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