sábado, 5 de marzo de 2016

BRASIL: EL ÍDOLO SE TAMBALEA

Lula este vienes en un mitin con miembros del PT.  AFP


ANTONIO JIMENEZ BARCA

Ocurrió en la pasada campaña electoral, en un mítin del Partido de los Trabajadores (PT), en la periferia sur y pobre de São Paulo. Lula, con la camiseta roja del partido y la voz cavernosa y rota después de semanas de forzar la estropeada garganta, saltó al escenario a pedir otra vez el voto para la que es hoy la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff. Un obrero metalúrgico le oía desde la calle, con una sonrisa de oreja a oreja. A la pregunta de si le gustaba Lula, el obrero respondió, sin parar de sonreír: “Hace muchos años, él, Lula, venía a nuestras fábricas a decirnos cuándo teníamos que protestar, cuándo teníamos que hacer huelga. Yo le voto porque le conozco, porque no ha cambiado”.
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Cuando Luiz Inácio Lula da Silva dejó el poder después de gobernar Brasil durante ocho años —desde 2003 a 2010— almacenaba una inaudita popularidad de más de un 80%. No estaba mal para un obrero reconvertido en sindicalista reconvertido en presidente de un país de 200 millones de habitantes, llegado sin estudios a São Paulo en la década de los cincuenta junto a sus seis hermanos y su madre en la parte trasera de un camión procedente de uno de los rincones más miserables del país.
Él era uno más entre los millones de pobladores del Nordeste brasileño que buscaban una salida al laberinto de pobreza, sequía y desempleo en la gran ciudad. Durante su mandato, cerca de 30 millones de personas sin trabajo fijo entraron en el sistema laboral: comenzaron a gozar de un contrato, de vacaciones, de seguro de desempleo. Comenzaron a pagar impuestos, a sentirse ciudadanos, a protestar. Lula y los ideólogos del Partido de los Trabajadores los denominaron la nueva clase media, surgida de aquellos ciudadanos que emigraban en camionetas rumbo al sur. La mayoría de ellos seguía viendo a Lula como a uno más.
Hoy, el índice de rechazo del expresidente, según las encuestas recientes, es del 47%. Y la causa hay que buscarla, sobre todo, en las acusaciones de corrupción que pesan sobre él y su familia, que le persiguen desde hace meses. Él lo niega todo. Asegura, con la misma vehemencia que empleaba en pedir el voto para Dilma Rousseff en los mítines de campaña de la periferia, que no existe en Brasil un “alma más honrada”. Y aún confía en presentarse a las elecciones de 2018.
Hace unos días aseguraba que para entonces tendrá 72 años y el empuje de un hombre de 30. Pero habrá que ver si sus gentes aún le consideran de los suyos. Si aún consideran que no ha cambiado.
Que la Fiscalía le acuse de aceptar los regalos millonarios de las empresas envueltas en la ponzoña de Petrobras, que la Fiscalía considere que esas mismas empresas le pagan, entre otras cosas, los electrodomésticos de cocina de primera y los muebles de lujo de un apartamento de tres pisos en la playa, no va a ayudar nada.

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