viernes, 3 de junio de 2016

CAIDA Y MESA LIMPIA

 Antonio A. Herrera-Vaillant

La reacción visceral de muchos indignados ante regímenes totalitarios es desearles “caída y mesa limpia”: o sea, barrer hasta sus últimos vestigios.

Situaciones insolentemente injustas, abusivas y odiosas incitan imágenes de Hitler acorralado, Mussolini guindando, Chapitas acribillado, o Noriega esposado. Pero deseos no empreñan y el factor decisivo en política es lo posible: Las rendiciones incondicionales sólo ocurren cuando el equilibrio de fuerzas lo permite.

Son poco viables las salidas heroicas cuando “bravo pueblo” no pasa de ser leyenda esfumada junto a los idealistas que lanzaron la Independencia.

La historia latinoamericana incluye más dictadores que terminan en lujosos exilios de Madrid, París o New York, que heroicos opositores triunfantes. Algunos tiranos alcanzan morir longevos y en la paz de sus lechos palaciegos para ser luego sepultados en medio de congojas públicas y homenajes oficiales. No olvidemos a Juan Vicente Gómez y quizás algún otro. Muy pocos reciben “su merecido”.

Esperar que los marginales bajen arrasando gobiernos no es opción cuando bajan para formar dóciles colas en mercados y farmacias, pastoreados por “pranes” y “bachaqueros”. El lumpen jamás derrota tiranías.

Incitar a idealistas inermes a enfrentar pandillas y fuerzas armadas hasta los dientes y sin frenos morales es tan inútil como irresponsable.

Soñar con cascos azules o marines obvia el hecho que la prioridad diplomática del señor Obama es evitar confrontaciones - y no la suerte de otros pueblos.

La comunidad internacional se limita a machacar la pasiva, insulsa e imprecisa palabra “diálogo”, que normalmente termina en repetición de estériles libretos: El mismo diálogo de sordos que existe desde hace años en Venezuela.

Frente a temas que desesperadamente claman por soluciones urgentes la palabra que se impondrá es negociar: Negociar con mayúscula, comedidamente, y en relativa paridad de condiciones.

Para Venezuela se acerca implacablemente el momento de negociación, que surgirá en la medida que los factores armados se hundan sin alternativas en un pantano que ellos mismos crearon.

Llegado tal momento harán falta estadistas con talento para medir la correlación de factores, identificar prioridades, y reconocer si las condiciones objetivas permiten caída y mesa limpia, o tender puentes de plata para un enemigo en fuga. 

Simón Bolívar administró similar disyuntiva al negociar con Morillo para extinguir la guerra a muerte. Por suerte no tuvo que soportar volubles columnistas o “héroes” de Internet que lo tildaran de vendido, cómplice y cobarde. 

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