lunes, 6 de junio de 2016

RAFAEL CALDERA

Eduardo Fernandez

Rómulo Betancourt y él fueron los dos políticos más importantes de su tiempo; es decir, de la segunda mitad del siglo XX.

De Caldera podría decirse lo que dijo el gran escritor uruguayo José Enrique Rodó de Simón Bolívar: “Grande en el pensamiento, grande en la acción, grande en el infortunio, grande para magnificar la parte impura que cabe en el alma de los grandes…”

Caldera fue grande en el pensamiento. Fue un intelectual prestado a la política o un político prestado a la Academia. Su biografía de Andrés Bello, escrita cuando todavía no había cumplido los veinte años ha sido objeto de los más encendidos elogios por parte de la crítica especializada. Su obra Derecho del Trabajo es uno de los textos más reconocidos en el ámbito del derecho laboral. Su discurso “la hora de Emaús” pronunciado en diciembre de 1956 en la Sala de Conciertos de la Ciudad Universitaria de Caracas, su colección de perfiles biográficos recogidos en las varias ediciones de Moldes para la Fragua; su actuación en las varias academias de las que fue individuo de número: la Academia de Ciencias Políticas y Sociales y la Academia venezolana de la Lengua lo acreditan como un gran pensador.

Además, Caldera pensó en Venezuela, diagnosticó sus problemas, escudriñó en su historia, presentó propuestas para su superación y trabajó incansablemente por su progreso.

Caldera fue un hombre de acción. Liderizó el esfuerzo por darle a Venezuela una democracia política con contenido de justicia social. Asumió la responsabilidad de ponerse al frente en la tarea de construir un gran partido político popular inspirado en los valores del Humanismo Cristiano, se propuso ser Presidente de la República y pudo lograrlo a fuerza de perseverancia y de tenacidad, en dos oportunidades.

Sin duda alguna, Caldera le dio al ejercicio de la presidencia de la República un sentido de servicio y de respeto a los valores Republicanos y a los principios democráticos.

Desde la presidencia de la República hizo todo lo que estuvo a su alcance para servir al pueblo venezolano y al progreso de la nación.

Caldera fue grande también en el infortunio.

Fue candidato en circunstancias muy adversas frente a la candidatura imbatible de Rómulo Gallegos en 1947. La de Caldera fue una candidatura simbólica pero necesaria para iniciar la siembra que floreció, años después, en un gran partido político llamado COPEI.

De nuevo fue candidato frente a Rómulo Betancourt en 1958 y frente a Raúl Leoni en 1963. Supo asumir con dignidad sus derrotas electorales. En cada una de ellas iba creciendo la fuerza que lo respaldaba.

En 1968 logró coronar por primera vez su ambición presidencial frente a la candidatura del doctor Gonzalo Barrios. En 1983 vuelve a ser candidato frente a Jaime Lusinchi sufriendo una derrota muy significativa. En las palabras que pronunció para reconocer la victoria de su adversario incurrió en una generosa exageración cuando dijo “el pueblo nunca se equivoca”.

Me tocó ser discípulo de Caldera en la universidad, en la actividad política y en la experiencia internacional.

Considero un privilegio que agradezco siempre el haber podido contar con su magisterio.

Las circunstancias de la vida me llevaron a tener que competir con él cuando sentí que mi obligación era poner mi nombre al servicio de una generación venezolana, la generación de 1958, que en el año 1988 sentía que ya había madurado y que era el momento de asumir la responsabilidad de gobernar al país y de imprimir a la vida venezolana los cambios que considerábamos necesarios.

La reacción de Caldera frente a la contundente mayoría que respaldó mi candidatura en el Congreso Presidencial Social Cristiano que se celebró en el Poliedro de Caracas en noviembre de 1987 me parece que habría que anotarlo en aquello de “la parte impura que cabe en el alma de los grandes”.

Su empeño en volver a ser Presidente de Venezuela lo llevó a tener que gobernar en circunstancias muy difíciles y a tener que terminar el brillante ciclo de su notable carrera política, entregando los símbolos del poder a un Teniente Coronel golpista que representaba el retroceso a lo peor de la historia política venezolana.

Caldera, como dijo Rodó de Bolívar fue: “grande en el pensamiento, grande en la acción, grande en el infortunio y grande para magnificar la parte impura que cabe en el alma de los grandes...”

Eduardo Fernández
@efernandezve

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada