sábado, 25 de junio de 2016

BREXIT: Tocados, no hundidos


EDITORIAL EL PAÍS

La decisión de los ciudadanos británicos de separarse de la Unión Europea entraña efectos enormemente perjudiciales. Para todos los actores, para la política y la economía, y para la esperanza de mejorar y completar el proyecto común. Todos salen tocados, aunque en distinto grado —y aún se desconoce exactamente cuánto—, aunque no necesariamente hundidos, si se adoptan las actitudes y se emprenden las políticas necesarias para convertir lo que se presenta como un desastre en una oportunidad de futuro.

Trazar el diagnóstico más riguroso del problema es requisito clave para su encauzamiento. No es una exageración hablar de desastre, puesto que de un solo plumazo se han producido inquietantes reacciones múltiples. Han reverberado las turbulencias financieras como nunca desde la Gran Recesión, provocando el desplome de las Bolsas. Ha arreciado la depreciación de la libra esterlina (y en menor grado, del euro) como no sucedía desde la crisis especulativa de 1992, que la expulsó del Sistema Monetario Europeo. Y se ha regalado una victoria de gran simbolismo a todos los enemigos del proyecto europeo.

Se ha declarado una grave crisis política en Reino Unido, al anunciar su dimisión (como correspondía) el primer ministro, David Cameron, principal responsable del fiasco, que defendió la permanencia tras improvisar frívolamente un referéndum sin quórum reforzado, sin preparación y sin alianzas. Y ahora Londres exhibe, hasta su relevo, un Gobierno interino. Algo especialmente nocivo cuando la disparidad de los votos de sus territorios desvela una profunda fractura interna.

Por su parte, la Unión ha quedado laminada al perder uno de sus principales socios, la expectativa de crecimiento ilimitado y el prestigio de haber resuelto —mejor o peor— otros grandes desafíos.

Urge recuperar la confianza y reparar el daño causado. La acertada actuación del Banco Central Europeo y del Banco de Inglaterra inyectando liquidez y garantizando la estabilidad del sistema financiero debe continuar hasta donde y hasta cuando sea imprescindible.

Y corresponde a las instituciones comunitarias y a los Gobiernos de los 28 Estados miembros gestionar con tino la desconexión británica (algo nunca hecho antes) y la fórmula que regirá sus relaciones con la UE en el futuro. No va a ser tarea fácil, especialmente si por medio se encadena un nuevo referéndum en Escocia y peticiones similares en otros Estados miembros donde Gobiernos o partidos populistas quieran aprovechar la situación para lograr concesiones injustificadas o progresar electoralmente.

Pero lo decisivo es que el europeísmo ejerza de europeísta, que plantee las tareas pendientes —ahora como nunca reveladas como urgentes— para hacer más y mejor Europa. Y al mismo tiempo sin retórica, sin ensoñaciones, teniendo en cuenta la realidad de una opinión pública fragmentada y de una ciudadanía desorientada a la que se debe ofrecer ideas, proyectos y liderazgos claros. Si eso es así, Europa salvará dignamente este peligroso abismo.


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