lunes, 5 de diciembre de 2016

Raúl Castro, el albacea

JUAN JESUS AZNAREZ

El albacea que gobernará Cuba asumiendo el testamento ideológico de su hermano es un organizador temible y chancero que prendió charreteras más de medio siglo y bromeó con la muerte treinta años antes de que Fidel Castro la encontrara en la cama. Los brotes de humor negro atribuidos a Raúl Castro, al heredero del portento enterrado en Santiago de Cuba fueron atestiguados por el escritor Norberto Fuentes durante el paseo otoñal de 1987 por Camagüey, visitando la fábrica de fusiles de asalto Kaláshnikov. Acompañaban al entonces ministro de Defensa, su ayudante Alcibíades Hidalgo y el vicepresidente Carlos Lage. Tragos en mano, se metieron con el agua hasta la cintura en la piscina de la residencia que la policía reservaba para estas visitas, según Fuentes en su libro ‘El último disidente’. De sopetón, Raúl Castro soltó: “¿Ustedes se imaginan, caballeros, que pasaría en este país si a Fidel le da un infarto y a mí me da otro al recibir la noticia?”.
Lejos de las hagiografías de santoral y de los currículos que le citan como un verdugo imperturbable firmando sentencias de muerte y órdenes de encarcelamiento, conviene aproximarse al carácter y peculiaridades atribuidos a un mandatario de 85 años de temprana filiación comunista, pétreo y resolutivo, que continuará la liberalización socioeconómica emprendida hace más de un quinquenio o mandará cerrar filas hasta que la ventolera Trump pierda fuerza. Las biografías de nonagenario inhumado en Santa Ifigenia son numerosas porque su exposición mediática fue intensa y habló hasta por los codos, pero su sucesor se ha mantenido opaco, lineal, alejado de las declaraciones y las confidencias, cómodo entre sus cuatro hijos, nietos, bisnietos e íntimos, y en permanente contacto con un puñado de asesores y pilas de informes de inteligencia. Bajo su presidencia, la apertura política seguirá prohibida pero todas las revoluciones con vocación de permanencia son darwinianas y siendo la cubana leninista, buscará el reacomodo.
Como pedir pluripartidismo y elecciones libres en Cuba es pedir peras al olmo, y la información se oculta porque el enemigo la aprovecha, sólo queda observar el desarrollo de las maniobras de ajuste dirigidas por un gobernante suspicaz y pragmático, siempre atento a las pugnas intestinas y avezado en el dominó y las bambalinas. Sus próximos movimientos revelarán si el difunto impidió reformas más sustantivas o fue una excusa del albacea para no aplicarlas. Sin el carisma, ni la caudillista oratoria del desaparecido guía, Raúl Castro tampoco sufre de sus prontos visionarios e imposibles. Hace ejercicio físico y practica natación para durar varios quinquenios más y reconducir hacia las leyes de la oferta y la demanda, y hacia el Caribe, los ruinosos dogmas socialistas. Crear riqueza sin arriar las banderas ideológicas ni condenar a la miseria a los despedidos de las empresas estatales es el peliagudo objetivo.
Escasa la información sobre la persona, su amistad con el ruso Nicolai Leonov fue trascendente y todavía perdura. Surgió en 1953 durante el mes de travesía entre Génova y Veracruz mientras los dos veinteañeros compartían sueños libertarios y fobias antifascistas jugando al ajedrez y al ping-pong en la cubierta del Andrea Gritti. Los lazos con el joven miembro de la KGB soviética serían aprovechados por Fidel y Che Guevara para negociar las condiciones de su alianza con la URSS durante la Guerra Fría. Siempre a la sombra del Comandante en Jefe, fiel cumplidor de sus orientaciones, la reputación del hermano pequeño como jefe militar fue constatable en la Sierra Maestra, en las campañas africanas, y al frente del ministerio de las Fuerzas Armadas, la institución más poderosa del país, cuyos generales y oficiales controlan los cuerpos de seguridad del Estado y las políticas represivas. No permiten que la disidencia levante cabeza pero combinan el palo y la zanahoria porque la globalización exige delicadeza. Se repite como un mantra que Raúl Castro se retira pronto. Así es aunque no del todo: cede la presidencia del Gobierno en 2018, y mandará de otra manera hasta 2021 como Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba (PCC).
La lealtad entre hermanos fue indubitable, pero las peloteras sobre estrategias “fueron de coger palco para verlas. La broncas ha sido siempre entre la ortodoxia de Raúl, un ideólogo, un comunista, y la audacia de Fidel, un luchador revolucionario con una obstinación por el poder”, aventuró Norberto Fuentes en una entrevista con este periodista hace siete años. El escritor perteneció al entorno de notables del régimen hasta que en 1989 es detenido durante las redadas de la denominada Causa 1, que culminaron con el juicio y fusilamiento de un grupo de militares acusados de corrupción y narcotráfico, entre ellos su buen amigo el coronel Antonio de la Guardia. Pudo salir de Cuba gracias a Gabriel García Márquez.
“En los años ochenta, Raúl tenía grandes discusiones con Fidel sobre la perestroika (liberalización económica) y los problemas económicos de Cuba. Raúl era, y yo creo que lo sigue siendo, partidario de la perestroika y, de alguna manera, de la glásnost (transparencia)”. Ha llovido mucho desde aquella profecía. El fatalismo anticipa más gatopardismo. Lo probable es que Raúl Castro siga con la liberalización socioeconómica como hasta hora: legislando sobre la marcha, aplicando el método heurístico de prueba y error.


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