domingo, 15 de diciembre de 2013

A TODO COLOR

              Elsa Cardozo

Por casi una década se sumaron en el vecindario regional gobiernos que, alegando propósitos democratizadores, asumieron el ejercicio del poder desde prácticas autoritarias. Eso sigue existiendo hasta el sol de hoy, pero en menos países y con crecientes reservas ante la inocultable destrucción que suman los quince años de revolución bonita en Venezuela. Mientras tanto, por aquí se reiteran las evidencias de que al menos la mitad de los venezolanos se resiste a aceptar, sin más, la irreversibilidad de un plan centralizador, estatista y negador del pluralismo.
El fluir tan gris que impregnó la política regional desde mediados de la década pasada, con sus empaques democráticos refundadores y sus contenidos autoritarios, ofrece hoy un balance digno de atención. Balance con el que conviene mirar desde el presente la densa secuencia electoral venezolana y, particularmente, los resultados de las elecciones locales con las que se hace un receso, por más de un año, en la seguidilla de campañas.
A pesar de que su saldo económico no es malo, o precisamente por eso, el balance es gris oscuro por los lados de Bolivia y Nicaragua, países en los que con presiones sobre la institucionalidad se ha forzado recientemente la fórmula continuista. Así ha sido para beneficiar a Evo Morales, también para favorecer al muy pragmático Daniel Ortega con la modalidad de reelección indefinida; viene esta última acompañada por una reforma constitucional centralizadora cuyo impacto internacional se diluye en la intrincada red de acuerdos de Nicaragua con tirios y troyanos. Semejante, a su manera, es el oscuro saldo en Ecuador, donde Rafael Correa ha desarrollado un fuerte control presidencialista, montado sobre la añeja tradición populista y personalista desde la que desafía a los otros poderes públicos, subestima los derechos políticos y descalifica a sus adversarios. Con todo, en sus andanzas internacionales, todos optan de modo cada vez más visible por políticas y prioridades que los protejan del derrumbe del gran aliado bolivariano.
Si miramos a Argentina, los resultados de las elecciones legislativas y las protestas, desbordamientos callejeros, arreglos en el sector petrolero, son señales de las limitaciones materiales y resquebrajamiento político del largo monólogo kirchnerista.
Este año, los hondureños y los paraguayos se sobrepusieron a presiones internacionales y rupturas institucionales para retomar el desafío de la construcción de gobernabilidad democrática. Ya antes, los gobiernos presididos por Mauricio Funes en El Salvador y Ollanta Humala en Perú, habían optado por inscribir sus programas de transformación en el marco de la institucionalidad y el diálogo.
Venezuela, con su veintena de procesos electorales en tres lustros, sigue siendo ilustración fundamental de una hibridez en la que lo democrático es cada vez más sofocado por un impulso autoritario que creció al ritmo de la destrucción económica del gran financiador de gobiernos y proyectos ajenos.
De nuestro turbio balance son evidencias recientes las ventajistas, ofensivas, destructivas y represivas campañas oficialistas. Y, sin embargo, han sido también procesos electorales en los que se ha consolidado la expresión de voluntad de la mitad, o más, de venezolanos que no quieren vivir en gris, ni entre blanco y negro, como no lo quiere la mayoría de los latinoamericanos. Hay, por ahí y por aquí, un inspirador balance, a todo color.

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