lunes, 6 de agosto de 2012






La candidatura de Henrique Capriles Radonski ha logrado unificar dos dimensiones que en la historia reciente de Venezuela estaban separadas. Una es la lucha por las libertades democráticas. Otra, la lucha por la justicia social. Esa es la razón por la cual la de HCR no sólo es una candidatura. Además, es –o ha llegado a ser- un movimiento nacional, político y social a la vez.

No toda candidatura posee esa doble dimensión. Si analizamos elecciones recientes en América Latina, veremos que las que dieron como vencedoras a Dilma Rousseff y a Cristina Fernández corresponden con una fuerte demanda social iniciada durante los gobiernos de Lula y Kirchner respectivamente. La elección que llevó a José Mujica al gobierno uruguayo fue también más social que política pues las libertades democráticas estaban, antes de la elección, plenamente garantizadas. La elección que dio triunfador a Humala en la segunda vuelta fue, en cambio, más política que social puesto que para los partidos que lo apoyaron se trataba de evitar lo que ellos consideraban un “mal peor” (retorno del fujimorismo). A su vez, la elección que dio como vencedor al PRI de Peña Nieto, corresponde más bien al modelo clásico mediante el cual diversas opciones compiten entre sí, sin que ninguna logre perfilar una dirección muy distinta a las demás.
En fin, en pocas elecciones la dimensión política y la social han estado tan unidas como en la candidatura del HCR. Esa es quizás una de las razones que explican por qué Capriles ya es considerado, y no por pocos, como probable vencedor en las elecciones que tendrán lugar el 7-O. Estamos sin dudas frente a un nuevo fenómeno político.
Para entender el nuevo fenómeno político hay que tomar en cuenta que en todas las elecciones habidas durante su mandato, Chávez, elevado a la categoría de campeón de la justicia social, pudo imponerse sobre una oposición que si bien ha logrado erigirse como defensora de las libertades políticas, no estaba todavía en condiciones de representar los intereses de los sectores sociales más desposeídos. 
Chávez, eximio populista, ayudado por la evidente desvinculación entre “lo social” y “lo político” que caracterizó a la democracia pre-chavista, logró crear la imagen simbólica, todavía arraigada, de una oposición “burguesa y oligárquica” opuesta a los intereses del pueblo, frente a la cual, él, supremo justiciero, se erige como histórico vengador.
No importaba que gran parte del contingente chavista no proviniera de ninguna izquierda social, sino de grupos de aventureros sin pasado político, fragmentos adecos y masistas y, no por último, de los más oscuros cuarteles. No importaba tampoco que en la oposición se encontraran destacados luchadores sociales, partidos socialdemócratas, dirigentes obreros y hasta antiguos guerrilleros. Mediante su demagogia, más el uso de dádivas, misiones y concejos comunales, Chávez logró estatizar a diversas organizaciones sociales, dando forma a un sistema corporativo que le permitió aparecer, en el interior y en el exterior de la nación, como líder revolucionario de un pueblo políticamente organizado. De esa falsa imagen ha vivido hasta ahora el chavismo.
Fue así que Capriles, entre otros, entendió que Chávez no podía ser más enfrentado oponiendo el principio de libertad al de necesidad. Así también lo entendieron los electores de las primarias al elegir a Capriles como su abanderado. Capriles, siguiendo ese mandato, decidió desafiar a Chávez en los que se creía eran sus reductos inexpugnables: las aldeas y pueblos: allí donde viven los pobres, los abandonados, los humillados y los ofendidos.
Falta de hospitales, de escuelas, de caminos, de agua, casas de cartones, inseguridad, predios abandonados, ausencia de ayuda estatal, solo una que otra misión donde son repartidos regalos en épocas electorales a cambio de llevar una franela roja. En fin, la revolución social de Chávez nunca había tenido lugar.
De todos los escándalos que ha vivido la Venezuela chavista quizás no hay ninguno más grande que el de la revolución. Porque ni siquiera en términos antimperiales ha realizado Chávez una revolución. Al contrario, Venezuela –víctima del deterioro del aparato productivo- ha llegado a ser uno de los países más dependientes de las importaciones norteamericanas de todo el continente. De las exportaciones, ni hablar. La independencia económica no sólo no ha tenido lugar sino, además, ha sido fortalecida, y todo eso, a costa de los productores y trabajadores venezolanos. Ese hecho, el escándalo de una revolución que nunca fue, ha sido denunciado sistemáticamente en el discurso político de Capriles.
Analizando videos de las masivas manifestaciones que se desatan en todos los lugares donde aparece Capriles, es posible advertir que su discurso emerge de un encuentro entre el candidato y la realidad que lo circunda. Es por eso que, en primer lugar, el de Capriles es un discurso descriptivo. Eso quiere decir que no es un discurso ideológico. En ninguna de sus intervenciones vamos a encontrar frases dedicadas al capitalismo, al comunismo, a la izquierda o a la derecha, al bien o al mal.
Capriles no habla de cambiar el orden económico mundial, ni de salvar al planeta, ni de guerras en contra del imperio. Pero sí de construcción de caminos y puentes, de escuelas y hospitales, en fin, de los temas de la vida cotidiana. Y la gente así lo entiende y así lo siente. En cierto sentido podríamos decir que Capriles está contribuyendo a des-ideologizar el idioma político venezolano. ¿Será esa una de las razones por las cuales sus enemigos dicen que es un mal orador? Sobre ese punto vale la pena detenerse un instante.
Antes que nada debe ser aclarado qué es lo que se entiende por oratoria política. Se trata de algo muy simple: La oratoria política consiste en decir las palabras precisas, en el momento preciso y en el lugar preciso. Luego, el orador político debe ser antes que nada un expositor. Y Capriles lo es. Ahora, desde ese punto de vista, y a diferencia de lo que muchos creen, Chávez es un pésimo orador político. Chávez –eso es muy diferente- es un excelente predicador. Es por esa razón que, cuando Chávez habla, su oratoria adquiere el carácter de una prédica evangélica.
Chávez grita, gesticula, ríe y hace reír, llora y hace llorar a los suyos. Sus fieles son transportados a una suerte de catarsis en esas misas profanas en que convierte cada una de sus apariciones públicas. En ese sentido Chávez apela al inconsciente religioso e incluso mágico de su pueblo. Su mensaje, por lo mismo, no es político. Es, en gran medida, anti-político. No así el de Capriles. Pues la política vive de los problemas concretos de la polis, aunque esa polis no sea más que un poblado perdido entre los montes.
Decir las palabras precisas en el momento y en el lugar preciso requiere de un arte que no domina Chávez: el de la brevedad. Capriles, por su lado, sin aspavientos, ha sabido marcar con frases muy breves su trayectoria electoral. “Yo no vengo aquí a quedarme para siempre”; “Mi gobierno tendrá plazo de vencimiento”; “El proyecto que lidero no es contra nadie, es a favor de todos ustedes”; “Con los recursos que tiene Venezuela es imperdonable que haya ciudadanos que padecen hambre”. Cada una de esas frases impregna la mente ciudadana de un modo mucho más profundo que un discurso de tres horas, chistes viejos, canciones y bailoteos incluido.
Hay, además, otro punto que debe ser remarcado en la sintaxis política de Capriles. En cada  lugar que visita no sólo él hace uso de la palabra. La “sociedad” a través de sus representantes también habla con Capriles y al hablar se articula consigo misma. Capriles hace entonces lo que Chávez nunca ha sabido hacer: escucha. Luego, sobre la base de lo escuchado, Capriles interviene y expone. Su discurso entonces no surge de una simple subjetividad narcisista. Es una respuesta “al otro”. O dicho así: El discurso de Capriles -a diferencias del de Chávez que es monológico- es dialógico. De este modo la política recupera una de las características sin la cual nunca habría nacido: la dialogicidad, única posibilidad del humano para ser lo que bajo el imperio del monólogo es imposible: un sujeto de sí mismo a través del espejo de los otros.
Que el discurso de Capriles sea dialógico no excluye por cierto el antagonismo con el adversario. Antagonismo que al ser político no recurre al lenguaje de la guerra el que a través de insultos innombrables maneja a la perfección Chávez. “Yo no vengo a pelear aquí con nadie”- dice Capriles. Pero sí, interpela directamente a Chávez. Por ejemplo, cuando comenzó su campaña se refería sólo a “este gobierno”. Mas, poco a poco Capriles ha personalizado sus ataques. Ahora habla de “el otro candidato”, o de “el candidato del gobierno”; y más aún: de “el candidato del pasado”.  A veces, sin mencionar a Chávez, lo descoloca por completo. “Yo quiero ser el presidente de todos los venezolanos, incluyendo a los rojos”. O cuando refiriéndose a la gloriosa frase: “quien no es chavista no es venezolano” responde de modo fulminante: “No es el presidente quien decide quien es venezolano. Son los venezolanos quienes deciden quién es el presidente”. O también cuando denuncia sin nombrarlas, las subvenciones de Chávez al corrupto régimen cubano: “Venezuela no regalará una gota de petróleo más a nadie”. Frases cortas, directas, muy claras. En breve: frases políticas
No deja de llamar la atención que Capriles, el candidato de la derecha según Chávez, recurre a temas que tradicionalmente han sido patrimonio de las izquierdas socialistas. En cambio, los de Chávez son más bien propios a las más rancias derechas del continente. Así, mientras Capriles habla del progreso, Chávez habla del pasado. Mientras Capriles habla al  pueblo multicolor, Chávez se enreda en una racista discusión en torno al rostro de Bolívar. Mientras Capriles habla de la modernización económica, Chávez habla de las glorias militares de la nación. ¿Serán esas las razones por las cuales las marchas populares de Capriles han despertado tanto entusiasmo?
La palabra “entusiasmo” significaba para los griegos antiguos “llevar a un dios dentro de sí”. Traducido al lenguaje moderno, entusiasmo significa transportar el principio de la vida, principio representado en lo nuevo, en lo que aparece y no en lo que perece. Eso no tiene nada que ver con el cuerpo –enfermo o sano- de Chávez. Tiene que ver sí, con un espíritu que ya no es de este tiempo, con un pasado que no volverá, con una ideología que ya está muerta. Capriles, en cambio, ha llegado a convertirse en el significante personificado de un vasto movimiento social y político el que, mientras más se articula consigo mismo, más desarticula al discurso adversario.
Para decirlo todo en una sola frase: Venezuela se encuentra al borde de un nuevo comienzo.


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