domingo, 18 de octubre de 2015

EL FIN DEL PERONISMO




   HECTOR SCHAMIS
 
Cerca de las elecciones los clichés se repiten ad nauseam. Las interpretaciones enlatadas contienen la piedra filosofal de la política argentina, un producto que se encuentra hasta en los estantes de The Economist. Es la explicación parsimoniosa por excelencia, la variable que explica todas las desgracias. Es la calamidad que no pudo haber surgido allí —país tan europeo, educado y de clase media— sino tal vez de alguna mitología. Monstruo al cual cada vez que la historia le cortó una cabeza, le nacieron dos.
Hidra omnipresente, es el peronismo. Y, claro, hay peronistas en el oficialismo, peronistas en la oposición —“Cambiemos”— y peronistas en el cambio a medias. El oficialismo es el “Frente para la Victoria”, noción que remite a la elección de 1973, aquella que terminó con 18 años de proscripción. El PRO de Macri, por su parte, inaugura el monumento a Perón rodeado de ilustres peronistas, además de los que ya tiene en sus filas. Y el cambio a medias se llama “Frente Renovador”, evocando a la Renovación Peronista de los ochenta.
Hay peronistas en todas partes y sin embargo la palabra “peronismo” no aparece en ninguna de las boletas. Tampoco “Partido Justicialista”, su vehículo electoral. En las boletas del oficialista Frente para la Victoria se ve una foto de Perón en simetría con una de Néstor Kirchner. Una desproporción para crear un mito actual, más que para recrear el mito del ayer. Esa es toda la simbología peronista que los argentinos verán el próximo 25 en el cuarto oscuro. Tómese como un señalador.
Es que si hay peronistas en todas partes, es precisamente porque el peronismo ha perdido toda cohesión. Su diáspora es el síntoma más elocuente de su propia fragmentación, detrás de la cual ha arrastrado a todo el sistema político argentino. Queda solo el post-peronismo, una identidad difusa con un legado específico —la igualdad— que todos buscan capitalizar. Ello no hace más que confirmar su disolución como fuerza política organizada.
Tal vez haya sido uno de esos determinismos de la historia. Muerto Perón y luego del trauma del régimen militar, los más lúcidos entendieron la necesidad de transformar aquel movimiento de inspiración corporativista en un partido político capaz de funcionar en una democracia normal. Fue especialmente Antonio Cafiero quien entendió el significado de la derrota electoral de 1983 y planteó la imposibilidad de ampliar derechos políticos y sociales, las banderas clásicas del peronismo, a costa de las libertades individuales y las garantías constitucionales. El sermón de Alfonsín había llegado a oídos peronistas: hacer justicia social a expensas de otros tipos de justicia es falaz.
La hiperinflación llevó a Menem a la presidencia en 1989. Prometió redistribución pero hizo ajuste y liberalización. No había demasiadas opciones de política económica. Hasta los Kirchner, que luego estigmatizarían “los noventa”, apoyaron las privatizaciones. El peronismo se reconcilió con el capitalismo y no fue demasiado tarde, sobre todo si se tiene en cuenta que el Partido Laborista británico recién lo hizo en 1997 con Tony Blair, por citar un ejemplo.
El peronismo volvió a perder la elección de 1999 —tomen nota quienes además lo llaman “hegemónico”— pero Argentina había arribado a un consenso sobre la democracia capitalista. No era poca cosa, justo en el momento que la recesión y el default arrasarían con todo. Cuando la sociedad gritaba “que se vayan todos” en las calles de aquel diciembre de 2001 no exceptuó al peronismo. La consecuencia inmediata fue que tres peronistas compitieran entre sí por la presidencia en 2003 mientras un cuarto la ejercía, Eduardo Duhalde. Significó la consolidación de una manera facciosa de hacer política, una modalidad que permeó al régimen político en su conjunto. Fue el comienzo del fin… del peronismo.
Néstor Kirchner fue elegido presidente. Su mayor talento fue darse cuenta antes que nadie de la profundidad de aquella crisis, de la irreversibilidad de la fragmentación. La usó a su favor y la profundizó desde el Estado, incluyendo al peronismo. El boom de precios internacionales le otorgó recursos sin precedentes para ejercer el poder y reescribir la historia a discreción, el tan remanido relato. Surgió el kirchnerismo, que se imaginó continuador del peronismo, nada menos, narrativa funcional a su propia perpetuación.
Ostenta un auto conferido certificado de autenticidad peronista pero, salvo en la retórica, no podría haber sido más diferente. Si fuera como el original habría organizado al sindicalismo de forma monopólica para centralizar su representación, pero lo fragmentó también. Habría estimulado la industrialización, pero su política cambiaria —el cepo al dólar— impide a los sustituidores acceder a las divisas necesarias para importar bienes de capital. Habría hecho política social contra la pobreza, pero ni siquiera la mide y en su voracidad fiscal hace tributar ganancias a los jubilados y los asalariados de bajos ingresos.
Argentina vota, según tantos analistas para decidir cuál versión de peronismo elige. En realidad vota al post-peronismo, sobre las ruinas, setenta años mas tarde, del que fue el movimiento político y social más importante de su historia. Si la inevitabilidad de esa misma historia explica ese final, debe recalcarse que fue el kirchnerismo quien escribió su certificado de defunción.
 El gigantesco desafío que enfrenta Argentina es encontrar un nuevo régimen político, construir una república capaz de garantizar derechos—civiles, políticos y sociales—y retomar la prosperidad duradera, no la de efímeros booms exógenos. En ese camino, el legado peronista será uno más y lo será para todos. Fracasar en esa construcción significará, por el contrario, la perpetuación del legado kirchnerista, el del faccionalismo y la fragmentación.


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