viernes, 30 de octubre de 2015

VOLVER A SOÑAR



         JEAN MANINAT

Sí... tiene usted toda la razón, el título del artículo es un poco cursilón, tirando a marshmallow frente a la chimenea en invierno -allí donde hay estaciones, chimeneas y malvaviscos-, a folleto de autoyuda firmado a cuatro manos por Paulo Coelho y Arjona, a canción de Maná, el mejor grupo de rock infantil de la región. Pero aún a sus años uno se entusiasma, se alegra de sorprenderse a sí mismo cavilando, mientras espera frente a un semáforo, acerca de la factibilidad de un cambio que regenere a Venezuela. Ya está sucediendo en otros lados.

Tras 16 años de demolición de la convivencia social, de hostigamiento verbal, sicológico, y físico de toda disidencia política; de vaporización de la riqueza petrolera y desguace de la industria nacional, de dinamitar con cartuchos ideológicos todo atisbo de prosperidad y bienestar generalizado; el proyecto del socialismo del siglo XXI -una nave para regresar al pasado- hace aguas por todos lados sin haber logrado aplastar definitivamente -como siempre ha sido su objetivo- a quienes se han opuesto a sus designios hegemónicos.

Algún día se contará la epopeya de la oposición democrática venezolana -con sus confusiones y sus logros- en medio de la hostilidad abierta de algunos gobiernos y la indiferencia cómoda de otros en la región. El relato no dejará de ser doloroso, por las víctimas que quedaron en el camino, los presos políticos y los activistas inhabilitados o defenestrados. (Tantas vidas segadas por el hampa, un daño colateral producto de la ineficacia imperante). Pero queda el tesón democrático, la capacidad para no rendirse en medio de las diferencias, la voluntad de no cederle el país a una nomenclatura aferrada al poder. Y ese empeño está dando sus frutos.

Si las encuestas tienen razón, y la rabia e indignación contenidas que se percibe por doquier se transforma en una marejada de votos opositores -chavistas y no chavistas- la Venezuela que emergerá después del 6D será una obra en construcción. A la oposición democrática le tocará blindar un discurso inclusivo, que sea convincente para todos, que acerque a quienes -todavía imbuidos del discurso oficial- desconfíen del cambio, que albergue a los descreídos de lado y lado, que los hay. Sobre todo, habrá que desarmar -con paciencia y eficacia de especialista antiexplosivos- los mecanismos de odio de clase instalados, la división artificial y violenta de los venezolanos, el a por ellos azuzado desde el vértigo del poder.

A partir del lunes 7 de diciembre -una vez asegurados los resultados- la oposición democrática estará obligada a desplegar el dibujo del país alternativo que quiere avanzar desde la Asamblea Nacional. Con propuestas concretas y verosímiles, señalando las medidas y los medios para sustentarlas en el tiempo. Hablarle a todo el país, no sólo a los convencidos, y demostrar con contundencia que sí se puede cambiar, para mejor, en paz y convivencia.

Qué duda cabe que serán tiempos difíciles y quienes ostentan hoy el poder harán lo que esté a su alcance -y es mucho lo que tienen todavía a la mano- para mantenerlo. Por eso, la oposición democrática tiene que desechar la pulsión -fatal- de buscar de nuevo salidas inmediatas, dejarse llevar por la prisa y el desespero, que es la mejor manera de facilitarle la tarea a un contendor con pocos escrúpulos para forzar su permanencia en el gobierno. La reconstrucción del país será una obra paciente, ardua, frente a quienes ya han anunciado que no aceptarán, de manera alguna, los cambios que la sociedad requiere. Una obra que logre entusiasmar de nuevo a todos, que le sustraiga la pólvora a las desavenencias y le restituya a la gente la capacidad de volver a soñar con algo mejor de lo que tienen.

@jeanmaninat

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