domingo, 11 de octubre de 2015

LA PALABRA Y LA MEDIOCRIDAD

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                           ELIAS PINO I.
 
Escribir sobre la mediocridad de muchos personajes públicos de nuestros días es complicado. Significa meterse con reputaciones establecidas, o con individuos de influencia que pueden cuestionar, no sin razón, la autoridad de quien se mete a descalificarlos partiendo de un punto de vista subjetivo. ¿A qué título? ¿A cuenta de qué? ¿Acaso el criticón es un marciano inmaculado? No sucede lo mismo con el trabajo del historiador, quien esculca los prestigios de unos difuntos cuyas voces no responderán, pero es otra cosa cuando el investigador del pasado asume la obligación de convertirse en opinador sobre el presente. Sin embargo, considerando que el adocenamiento de buena parte de los protagonistas de los asuntos públicos parece un rasgo dominante de la actualidad, no conviene sacarle el cuerpo a la jeringa.
Todo esto, movido por las ínfulas de convertirse en una referencia de orientación panorámica, parte de las declaraciones de una candidata a diputada que llegó al extremo de decir que las inmensas colas en las cercanías de los mercados, hechas por gente que procura alimentos y pasa gigantesco apuro, son una obra digna de aplauso, una exhibición de aglomeraciones “sabrosas” por las cuales se deben felicitar quienes las hacen. Pero unas expresiones tan fuera de lógico sentadero, unos comentarios que ni siquiera un payaso puede desembuchar sin correr el riesgo de provocar morisquetas, no refieren a un caso aislado. En breve, uno de los gobernadores maduristas, se supone que para defender la “revolución” y partiendo del mismo asunto de los apelotonamientos de gente alrededor de los expendios de alimentos, dijo que se comerían piedras si fuese necesario para la subsistencia del régimen. Intentó una bélica arenga, se lanzó con algo que le pareció como un vigoroso resorte antes del comienzo de la gran batalla campal, pero las rochelas del Twitter y del Facebock lo convirtieron en fácil irrisión. Se necesita mucha simpleza de espíritu para hacer afirmaciones de semejante laya, mucha debilidad argumental a la hora de ponerse a hablar ante el público, mucho adormecimiento de neuronas cuando se debe tratar con el pueblo; infinitas carencias de formación cívica, de recorrido político y de pupitre escolar que desembocan en un teatro de abrumadora medianía.
Se acude ahora a ejemplos que no admiten réplica, pero es evidente que el tema obliga a repasar la nada de las intervenciones públicas del presidente Maduro y, más arriba, el batiburrillo de las filípicas a las cuales nos fue acostumbrando Chávez. Capaces de congregar grandes auditorios y entusiasmos, a tal montón de confusiones y lugares comunes se puede atribuir la extensión y el establecimiento del declive. Sus seguidores se han limitado a calcar el modelo, sin las facultades histriónicas que permiten ocultar disparates, superficialidades, estereotipos y otro tipo de goteras de las cuales se desprende la ausencia de preparación para el servicio del bien común que sobresale en el ambiente. Por desdicha, los pobladores de mayor relevancia en la otra orilla no ofrecen un desenvolvimiento susceptible de invitar al regodeo.
Quizá sean mejorcitos, pero apenas eso. Los líderes de la oposición no han sido capaces de presentar un discurso consistente, del cual provengan promesas sugestivas  y ejemplos de desenvoltura que los ubiquen en una escala más elevada de la liga. No son tan dolorosamente precarios, pero dejan mucho qué desear. Si los vocablos de un discurso reflejan las debilidades y las excelencias de quienes los expresan, la conducta que muestran a través de la expresión oral, pero también escrita, no es como para comprar palco de primera fila o sillón cómodo con el propósito de oírlos o leerlos ante el riesgo de que se nos vaya en vano la vida. Tal vez también los arrope un poco el manto de la bulla de Chávez. O, mucho peor, el olvido de los líderes de la democracia representativa.
Pero lo mismo pueden ellos decir de quien escribe, cuyos reproches son igualmente hijos de la realidad y, en consecuencia, mediocres. Tratemos entonces a la recíproca el asunto desde la afrenta de unas insuficiencias que apenas se toleran, a ver de a cómo nos toca

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