miércoles, 21 de octubre de 2015

PUTIN: LA SENDA DE STALIN

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     ANTONIO ELORZA

El peso de la continuidad en la historia de Rusia fue ya puesto de relieve por el último Lenin, al percibir que en el funcionamiento del nuevo Estado soviético se reproducían puntualmente las malformaciones propias del zarismo. Con la precisión propia de una buena reportera, Svetlana Alexiévich ha enumerado las etapas de esa continuidad hasta el desplome de la URSS: revolución, guerra, gulag, Chernóbil. Y como punto de llegada, Putin: “El imperio rojo, la URSS, fue cocinado por Stalin, y según Lenin, a Stalin le gustaban los platos de sabor fuerte —reseña la escritora galardonada con el Nobel—. Hoy es Putin quien nos guisa su plato fuerte”.
El imperialismo soviético no es una invención propia de maledicentes occidentales, del mismo modo que el imperialismo norteamericano fue mucho más que una expresión denigrativa, utilizada por la izquierda. Nadie lo expresó mejor que el propio Stalin, en noviembre de 1937, para explicar ante su coro de fieles porqué había procedido a la eliminación de los “enemigos del pueblo” en el interior del partido. Lo cuenta Dimitrov en su diario. No fue porque se opusiesen a su línea política, sino porque suponían un peligro para la cohesión rusa de cara a preservar el enorme imperio legado por los zares. Éstos pudieron cometer graves errores, pero la expansión imperial de Rusia figuraba en su haber y debía ser mantenida a toda costa. Tres décadas más tarde, el mismo razonamiento es empleado por Breznev en Moscú ante un Dubcek prisionero para explicarle la invasión de Checoslovaquia por los ejércitos del Pacto de Varsovia: la URSS había alcanzado una frontera en el centro de Europa, al vencer en la II Guerra Mundial, y no estaba dispuesta a retroceder un centímetro. Por ello mismo, tenía que colocar sus peones en el interior de los partidos de las democracias populares, a fin de asegurar su subordinación.
Es de conocimiento general que Vladímir Putin asistió con dolor a la desaparición de la URSS. A la vista de sus decisiones en los últimos años, no existen dudas acerca de su voluntad de restablecer paso a paso, y por todos los medios, el sistema de dominación ruso sobre los nuevos Estados independientes. El patrón había sido establecido ya en tiempos de Lenin —con Stalin como principal ejecutor— mediante la reincorporación del Cáucaso, sirviéndose a medias de la movilización de los comunistas en las nuevas repúblicas y de la intervención armada. Ahora Georgia pagó la factura, primero en Abjazia, luego en Osetia. La historia se reprodujo a escala ampliada en Ucrania, con la anexión de Crimea en un primer momento, y a poco con las insurrecciones asistidas de Donetsk y Lugansk. Más le vale a Moldavia quedarse quieta y soportar la tutela de Moscú. Por fin, la intervención armada en Siria muestra que los sucesivos éxitos no se limitarán a la antigua URSS y afectan a su zona de influencia deseada: el Mediterráneo.
Al poner en práctica esta estrategia de restauración imperialista, asentada sobre la idea de que Occidente es el enemigo, Putin juega, como antaño lo hiciera Hitler, con una baza: está dispuesto a entrar en juego con la fuerza, asumiendo el riesgo de guerra, que es escaso ya que sus adversarios desechan de antemano responder a las armas con las armas. Las sanciones económicas de la UE hacen daño, pero el respaldo popular al regreso de Rusia como gran potencia sirve para compensarlo. Los rusos son hoy ultranacionalistas pobres, violentos, pero felices. Putin va así adelantando posiciones sin la menor preocupación ante los costes políticos y económicos de sus acciones bélicas, mientras en sus medios de comunicación, tipo Russia Today, vuelve el discurso maniqueo patentado en la era soviética.
En un libro capital para entender la agonía de la URSS, URSS. Historia del poder, hoy de imposible adquisición, obra de Rudolf Pikhoia, director de los archivos rusos bajo Yeltsin, queda de relieve el dilema irresoluble entre el reconocimiento de la plurinacionalidad de la URSS y la vocación comunista de ejercer un poder centralizado. Al fallar éste surgió el estallido de la Unión. El empeño de Putin consiste en reproducir el método de Stalin, desde la centralización y la eliminación de libertades vigente en la Federación Rusa, sirviéndose de cada conflicto para su labor de restauración. En su último libro, Sveta Alexiévich habló del fin del homo sovieticus, atrapado en los escombros del socialismo, apoyándose en los testimonios de los susurrantes de Orlando Figes, que por fin han tomado la palabra. Pero no es seguro que el camino del infierno haya sido clausurado.
Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política.

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