viernes, 3 de junio de 2016

LA CARTA DEMOCRÁTICA


LAUREANO MARQUEZ

Una de las primeras cosas que le enseñan a los estudiantes en las escuelas de estudios jurídicos es que el derecho internacional, en eso que llaman los latinistas “stricto senso”, no existe. Para que exista Derecho, debe estar garantizada su vigencia y cumplimiento por eso que llaman “el monopolio de la violencia legítima”, cosa que solo sucede al interior de los Estados. Quizá la única excepción a lo señalado, es el tema de las violaciones a los Derechos Humanos, donde el derecho internacional sí ha logrado grandes avances con sanciones muy concretas para los que han incurrido en delitos.
Esta semana he recibido un montón de llamadas que en tono angustioso, sin siquiera mediar saludo, soltaron la pregunta:
– ¿Es verdad que aplicaron la Carta Democrática?… Es decir, ¿al final nos salvamos? ¿Por fin la OEA nos va a sacar de esto? Como si de la decisión del organismo dependiera nuestro futuro.
Para uno es muy doloroso responder que la Carta Democrática no significa nada en relación a nuestro cambio político, que nos corresponde nosotros, porque nadie va a venir a hacernos la tarea de restituir la democracia. Pero también, en otro sentido, la carta democrática significa muchísimo por la trascendencia política y moral de lo que decidan los países miembros de la OEA. Ya el gobierno, consciente de ello, con esa finura legendaria que le caracteriza, ha tomado los dos únicos caminos que conoce: mandar a la gente a introducirse documentos, acuerdos internacionales y hasta periódicos “por donde les quepa” y comprar votos, asumiendo que los paises del Caribe se comportarán como los ciudadanos colocados al borde de la inanición, que terminarán vendiendo la conciencia por un plato de lentejas.
No es la OEA la que va a decidir si en Venezuela hay democracia o no. Los ciudadanos de este país ya conocemos la respuesta. La decisión que tome la OEA, más que a nosotros, que ya estamos bastante embromados, le afecta fundamentalmente a la organización misma. Si en una situación tan crítica para un país miembro, que vive ya una tragedia humanitaria por causas de todos conocidas (la guerra económica, obviamente) y donde han perdido vigencia todos los principios y valores de la democracia, la libertad, la tolerancia y los Derechos Humanos, la OEA dice que aquí todo está de maravilla, peor para ella, porque su utilidad y prestigio quedarán en entredicho. Sería tan vergonzoso como que la FAO nos diese un premio por nuestro desempeño en materia de alimentación.
En verdad ya es digno de reconocer que el Sr. Almagro, contrariando la usanza de los secretarios generales de la OEA, se haya tomado en serio su trabajo y no haya guardado cómplice silencio. Mucho más respeto merece cuando proviene de una corriente de pensamiento de izquierda. Es meritorio cuando el juicio de un hombre no se deja nublar por sus puntos de vista ideológicos y es capaz de reconocer lo que no está bien en cualquier caso.
Los ojos del mundo están puestos sobre nosotros, nos miran con asombro: somos el extraño caso de un país que decidió destruirse justo en el momento en que sus ingresos fueron los más elevados de toda su historia. Nuestros males ancestrales: autoritarismo, corrupcion, militarismo, caudillismo y ausencia de justicia, se dieron cita en este tiempo como nunca en nuestra pasado.
Hay una maldición china que dice: ojalá te toquen vivir tiempos interesantes. La parte buena es que estamos viviendo los tiempos más interesantes de nuestra vida. Nuestro deber es que prevalezca la Venezuela que es mayoritariamente honesta, trabajadora y buena. Construir una democracia estable y duradera, elevar el nivel cultural de nuestros pueblos, para que no caigan nuevamente en el abismo de la demagogia populista. Ojalá la OEA entienda la gravedad de este momento y todo lo que está en juego para el continente.
A ver sí a esta si le das contestación, OEA
Del amor pa’ que te escribo,
y aquí queda como amigo
tu afectísimo y atento y muy seguro servidor

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