domingo, 31 de julio de 2016

Cacerías de la globalización


CARLOS FRANZ

EL PAÍS

El 22 de septiembre de 2002 una enorme marcha recorrió las calles de Londres. Unas 400.000 personas, provenientes del campo británico y de pequeños poblados rurales, convergieron sobre la capital para protestar contra distintas amenazas a su “modo de vida”. El detonador de esa multitudinaria protesta fue una ley por la cual se prohibió la cacería de zorros con perros. En ese deporte ancestral, jaurías de sabuesos, seguidos por tropeles de jinetes con chaquetas rojas, saltan vallas de piedra para perseguir —y matar— a un aterrado pero astuto zorro. Los bienintencionados legisladores, en Westminster, habían decidido salvar 20.000 zorros que cada año morían en las campiñas del Reino Unido. Pero no calcularon que 400.000 habitantes de la Gran Bretaña profunda invadirían Londres para protestar.
Uno habría esperado que en esa marcha desfilaran solo aristócratas cazadores. Y en efecto, seguramente entre ellos había un puñado de nobles que se levantan al alba para zorrear entre la niebla. Otros tantos serían gentleman farmers, criadores de perros y de caballos de esos que tapizan sus salones con chintz y sus cuerpos con tweeds verdes. Pero ni aun si sumáramos los habitantes de todas las mansiones como Brideshead y Downton Abbey se habrían podido reunir un décimo de esos 400.000 manifestantes. ¿Quiénes eran los otros?
Los “otros”, la gran mayoría en esa marcha, eran simplemente campesinos. O ni siquiera eso. Por supuesto que había pequeños granjeros cultivadores de lúpulo y almendros en Kent, lecheros de Warwickshire y hasta pescadores de Cornwall… Pero junto a estos campesinos verdaderos marchaba una multitud de ciudadanos de provincia, de pueblitos pequeños y medianos, sin relación directa con la agricultura y mucho menos con la cacería de zorros.
Esa multitud portaba pancartas que constituían un verdadero catálogo de presas atrapadas en las cacerías de la globalización. Junto a los cazadores auténticos marchaban asociaciones de obreros y mineros tempranamente jubilados por la deslocalización de fábricas y el cierre de minas. A muchos de estos proletarios no les alcanza la pensión para vivir en las ciudades cada vez más caras de Inglaterra. Así que sobreviven relegados en pueblitos donde su resentida ociosidad llena los pubs, o donde —los más emprendedores— se han reciclado en feriantes o taxistas sin mucho éxito.
Asimismo, habían marchado hasta el centro de Londres grupos de viejos inmigrantes paquistaníes, indios o de las Antillas británicas. Almaceneros, peluqueros, quiosqueros. Minúsculos comerciantes afectados por la declinación y el despoblamiento de las zonas rurales. Pese a su variedad de orígenes, ocupaciones y motivos, esa enorme masa coincidía en dos quejas. Una era contra el centralismo del Estado británico, siempre más preocupado de las ciudades populosas que de los pueblos y el campo (una queja compartida por las provincias de medio mundo). La segunda queja principal era contra la Unión Europea y sus políticas. Esas quejas habían logrado el milagro de unir en el resentimiento a la derecha y la izquierda tradicionales. Los agricultores ingleses empobrecidos marchaban con los obreros jubilados y arrinconados en las provincias. Hasta se habían sumado a ellos los viejos inmigrantes de la Commonwealth, que ahora se veían amenazados por nuevos inmigrantes europeos dispuestos a trabajar por menos dinero.
Áreas de resentimiento y miedo al futuro. ¡Si uno fuera adivino habría podido ver cómo el brexit se incubaba en esa marcha de hace quince años! Pero no soy adivino. Entonces, lo que capturó mi atención fueron los zorros. Uno de los rasgos más excéntricos de aquella protesta fue que varios de sus protagonistas decidieran desfilar disfrazados de zorros. Pretender que los propios zorros protestaran contra la ley que prohibía que los cazaran me pareció un rasgo de humor negro, típicamente británico. Ahora, tras el referendo que decidió el Brexit, esos disfraces de zorros me parecen simbólicos. Aquella no era una multitud de cazadores, sino de perdedores. La inmensa mayoría no tenía caballos que montar, ni siquiera perros de presa. Más bien, ellos se sentían como las presas, los zorros perseguidos y acorralados por la jauría de la globalización.
El Brexit no es una salida, es una huida. Y no es solo una huida de Europa. Se trata de una fuga del mundo moderno que, con su creciente integración, multiplica los desafíos y la consiguiente angustia. Por desgracia para quienes huyen, sabemos bien el resultado de estas cacerías globales: los sabuesos siempre acaban por alcanzar al zorro.

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