martes, 19 de julio de 2016

ESTADO DE LA LENGUA EN VENEZUELA III: CARLOS LEAÑEZ

NELSON RIVERA

EL NACIONAL

Carlos Leañez Aristimuño / Foto tomada de YouTube

—¿A la crisis venezolana, se corresponde una crisis de la lengua en Venezuela? En otras palabras: ¿cuál es el estado en nuestro país, de la lengua en uso?
—Un régimen que aspira al “control de la orientación política, social, económica y cultural de la nación”, tal como lo plantea el Plan de la Patria, debe manipular el código esencial, el sistema operativo de la sociedad: la lengua. Para imponer un relato total, lo más seguro no es la represión, sino el impedir el desmontaje del discurso del poder imposibilitando la expresión capaz de generar un contradiscurso: hay que envilecer y empobrecer la lengua. A fin de lograrlo, los jerarcas del régimen modelan un habla rústica, a la par que el Estado desmonta el aparato educativo. Resultado: nunca la lengua se ha hallado tan degradada en Venezuela. Así, los venezolanos terminamos confinados a un habla cuyo horizonte se circunscribe a la supervivencia. Es allí donde el régimen nos quiere: precarios, mendicantes, dependientes de las migajas y privilegios que reparte.
—Los estudiosos señalan que una de las consecuencias, derivadas de la lengua totalitaria, es la alteración del vínculo de las personas con lo que llamamos verdad: con los hechos y con la lógica de los hechos. ¿Ha logrado la lengua del régimen y sus prácticas, alterar la percepción de la realidad por parte de los ciudadanos?
—No hay duda. De otra manera no resulta comprensible el que un régimen que solo ha traído ruina en todos los planos se mantenga en el poder. Puesto que hemos sido sometidos desde las más altas esferas del régimen a un modelaje que plantea como idónea para el espacio público un habla rudimentaria, y visto cómo se ha degradado la educación formal, el venezolano promedio posee un vocabulario exiguo, así como una débil facultad de combinarlo y de erigir discursos capaces de incisión y complejidad. Se mueve entre islotes verbales bastante inconexos. Por ello no se halla en plena capacidad de utilizar la lengua para establecer vínculos de causalidad pertinentes y contrarrestar a cabalidad la máquina de propaganda del régimen.
Ahora bien, este ablandamiento cognitivo ha encontrado fuerte resistencia en amplios sectores de la sociedad civil y se ve sometido hoy, en plena crisis humanitaria, a fuerte prueba. Saltan las costuras de la omnipresente propaganda e insidioso adoctrinamiento, caen las gríngolas: requerían un liderazgo carismático y un flujo de recursos que permitían mantener el precario andamiaje de una ilusión de inclusión. Ambos desaparecieron. El escenario del socialismo del siglo XXI se desploma. Y habrá de venir una reconstrucción de la que nadie habla: la cognitiva.
—Chávez puso en práctica el uso reiterado del insulto a sus oponentes. ¿Cree que los insultos del poder deben responderse en los mismos términos?
—De ninguna manera. Al insultar, el régimen amalgama a los propios y degrada o elimina simbólicamente al otro, corta la comunicación de raíz y, con ello, la formación de un contradiscurso: el insultado o se incorpora al torneo degradante o se retira, ofendido. De esta manera, no hay debate público con el relato del poder, y sus alternativas, al no disponer de medios de comunicación verdaderamente masivos y nacionales, quedan confinadas a espacios mínimos.
En el camino hacia la democracia, los hablantes públicos que la defienden deben hacer acopio de valentía: su expresión no se da en un medio libre de amenazas. También de contundente firmeza y honrada claridad. Deben, además, con ingenio y adaptabilidad, en pleno respeto de la dignidad de cada quien, dirigirse tanto al corazón como a la inteligencia de sus interlocutores. Convencer con afecto, sí, pero también con razones. Dando un horizonte de esperanza, ciertamente, pero que resista un análisis serio. Ni trovadores populistas, ni robots tecnocráticos. Líderes que sepan, tanto a nivel de lenguaje verbal como no verbal, poner de manifiesto su capacidad y compromiso.
Un verdadero demócrata opta conscientemente por una expresión adecuada en el espacio público. El uso de una lengua rudimentaria, procaz, insultante, constituye, a todas luces, una falta moral, ya que  ese modelaje limita o degrada a conciencia. Y también configura una falta política: la participación ciudadana efectiva, llave de la democracia, es indisociable de una posesión cabal de la lengua.
—¿Hay algún insulto, afirmación, eslogan o acusación lanzada por el régimen de Chávez y Maduro que le haya afectado personalmente?
—Personalmente, no. Pero indigna y resulta peligrosa la manera que tiene el régimen de referirse a quienes lo adversamos. Siendo la base del relato del poder chavista la división entre extremos antagónicos y excluyentes, resulta fundamental saturar el espacio público con vocablos contundentes para designarlos. Aquí es clave la noción de patria. Es “patriota” el revolucionario, el chavista, el socialista. Es “apátrida” el otro. Merece ser pulverizado. Como esto, por ahora, no está planteado en el plano físico, hay que consumarlo en la palabra, de manera tal que su sola mención provoque aversión rotunda. Así, el otro es ubicado siempre en contextos en los que ronda la entrega a poderes extranjeros –“pitiyanqui”, “cachorro del imperio”– doctrinas políticas abyectas –“fascista”– o el reino animal en un rango que suele no alcanzar el de mamífero o siquiera vertebrado –“parásito”, “gusano”–. Muy peligroso ejercicio este de deshumanizar al otro: puede ser el preludio de una violencia física sin escrúpulos. No debe ser tolerado en forma alguna.
—Deseo pedirle que comente la frase que sigue a continuación, copiada de la cuenta oficial de Twitter del Ejército: “La lucha por la independencia continúa, Bolívar galopa con su espada desenvainada”.
—El desmontaje de la lengua se realiza antes que todo para que no se cuestione el mito del buen salvaje y el buen revolucionario, para hacer que una fábula, a todas luces absurda, se afiance, entronice y dé sentido pleno a nuestras vidas. Dicha fábula ­–totalmente desmontada por Carlos Rangel y Ana Teresa Torres, entre otros­– indica que éramos indígenas puros que vivíamos en concordia con los dioses y la naturaleza, hasta que un grupo de rapaces barbudos malolientes vinieron a violar a nuestras mujeres y someternos, lo cual concluyó gracias a que una vanguardia de criollos esclarecidos, valientes y generosos nos puso en pie de guerra, nos elevó a la dignidad de soldados y expulsó al opresor, que volvió luego bajo las máscaras de oligarquías y nuevos imperios infames, muy especialmente durante los cuarenta años de dominación civil… hasta que, de nuevo, los nobles soldados oyeron el clamor del pueblo y un cuatro de febrero emprendieron la guerra final que ha de llevarnos, tras muchos sacrificios, dada la ferocidad del enemigo interno y externo, a la conquista del socialismo, felicidad perfecta. Pamplinas. No existe el hombre puro o el demonio humano. No ha habido ni habrá sociedad perfecta sobre la tierra. No somos indígenas exclusivamente… pero este mito hace que nos percibamos como descendientes de guerreros puros en pos de una utopía posible y en lucha con el mal. Quien queda atrapado en esta maraña, tras horas de cola para obtener un improbable kilo de harina, pecho erguido y barbilla en alto, piensa que es un soldado en “guerra económica”, que “tenemos Patria” y que… “la lucha por la independencia continúa, Bolívar galopa con su espada desenvainada”. De allí la importancia de que el mito se mantenga: al superponerse a la realidad, da una interpretación que invierte la responsabilidad respecto a lo que realmente ocurre, manteniendo una matriz arcaico-endógena-colectivista-militarista, óptima para el régimen.
—¿Es legítimo el uso de la palabra traición en la opinión pública? ¿Hay quienes han cometido traición? ¿En qué sentido ha ocurrido?
—Mientras más totalitario es un régimen o más extrema la situación, más surge esta palabra en la esfera pública, ya que ambos fenómenos exigen cohesión social sin fallas, fidelidad de todos al poder que encarna a “la patria”. El régimen tiene ambiciones totalitarias y pretende que estamos en “guerra económica”. No es de extrañarse entonces que la palabra salga a relucir de su boca aplicada a quienes se le oponen para desprestigiarlos. Es parte de una intensa diatriba política. Ahora bien, cuando al desprestigio se une una supuesta comisión del delito de traición y la acusación se interpone en un contexto de poderes subordinados, muy probablemente nos hallemos ante un caso de persecución política encubierta. Juzgar por traición es legítimo si se está ante un tipo penal perfectamente circunscrito, establecido en torno a valores que no desprecian la libertad del individuo y ante tribunales independientes. Esta situación no se da en Venezuela. Bajo el rótulo “traición”, hoy, debemos leer amedrentamiento o persecución política.
—¿Debe ser la lengua una política pública del Estado democrático? ¿Dirigida a qué objetivos?
—Todos aprendemos espontáneamente, en nuestro medio familiar y con allegados, una oralidad que nos sirve para movernos en el horizonte afectivo y las cuestiones básicas. Ello es insuficiente en una sociedad moderna para agregar valor y tener una participación ciudadana pertinente. Lo anterior requiere saber leer, escribir, argumentar, hallarse en posesión de un léxico amplio, poder acceder a registros y patrones discursivos ausentes en la cotidianidad afectiva. El Estado debe coadyuvar en la forja de un marco que ayude a la sociedad a crear y mantener las instituciones educativas de calidad que permitan a los venezolanos adquirir estas destrezas. Con ellas podrán conocer, expresarse, agregar valor, elegir con tino. Con ellas, en suma, serán ciudadanos libres.

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