lunes, 25 de julio de 2016


Se necesita algo más que Diálogo

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Pedro Luis Echeverria

A medida que transcurren los días en nuestro país, la represión gubernamental aumenta, se perfeccionan y profundizan la crueldad oficial y los métodos y mecanismos para ejercerla. Aumenta el número de  víctimas fatales por la inseguridad e igualmente el de los lesionados, los torturados y los detenidos ilegalmente a los que no se les reconoce el derecho al debido proceso; impunemente los grupos armados e irregulares auspiciados, protegidos y financiados por el gobierno incrementan la virulencia de los ataques a las personas, a la propiedad privada y a las pertenencias ajenas. El régimen inventa tenebrosas conspiraciones nacionales e internacionales supuestamente orientadas a desestabilizar al régimen; maquilla y oculta las cifras de desempeño económico que cada día muestran como se socava y destruye la economía nacional, pretendiendo con ello vender un utópico país que está muy lejos del horror en que vivimos los ciudadanos. El Presidente, en lugar de asumir plenamente sus responsabilidades constitucionales e institucionales, prefirió transferirlas al estamento militar. Asimismo, el régimen trata de infundir miedo, mediante la escandalosa manipulación de las leyes y la institucionalidad para acusar, acosar y calificar de enemigo, sin recurso de apelación, a todo aquel que profesa ideas y valores diferentes de lo que el oficialismo totalitarista asume como el bien común. Manipula a las masas de sus seguidores exacerbando sus peores instintos, creando así una avalancha de odios hacia la disidencia que nadie parece capaz de detener. Permite, con gran complicidad y otorgando impunidad, la profundización y expansión de una de las lacras sociales que más daño causa a una sociedad: la corrupción, al extremo que el afán de enriquecerse en el menor tiempo posible que domina a sus validos, sean éstos políticos, militares, comerciantes o figuras más o menos públicas, ha generado, entre ellos, confrontaciones de diversa índole.
En síntesis, el régimen está tratando por todos los medios a su alcance y con el poder totalitario del Estado, aplastar la voluntad de cientos de miles de personas, potenciar su sumisión y la desaparición del ansia de libertad que es la condición esencial de los seres humanos. El gobierno irresponsablemente asume el rol de feroz contendiente, en lugar de abrir, mediante acciones políticas contundentes y veraces, los caminos para el entendimiento y la paz; los cierra a través de un discurso altanero y desconsiderado en el cuál campean intentos de dominación gubernamental a la sociedad,  perversas órdenes de incremento y profundización  de la represión, falsedades, descalificaciones y violaciones a las leyes.  A pesar de ello, la fuerza de la  protesta crece, persevera, se mantiene, se reinventa y se extiende a diversas ciudades y sectores sociales. Es una suerte de loca espiral en donde se confrontan, una y otra vez, la violencia oficial y la resistencia heroica de la oposición sin que la balanza de resultados de la pugna favorezca claramente a ninguna de las partes involucradas.

  A pesar de los de la inminencia de un proceso electoral para elegir los mandatarios regionales y a una eventual consulta popular sobre la posible revocación del mandato de Maduro , el régimen  ha cedido muy parcialmente a las justas demandas de la disidencia y a las condiciones mínimas exigidas por ésta, para facilitar la posibilidad de mantener conversaciones, con eficacia política, sobre la forma de abordar conjuntamente las soluciones a la terrible situación que vive el país en todos los órdenes.

 El régimen debe comprender y asumir que no es posible iniciar un proceso de rescate de la economía nacional, mediante el diálogo eficaz y constructivo, cuando las causas y  cicatrices de la contienda que ha mantenido con la oposición durante 17 años no han sido resueltas y sanadas. Después de esta fase de horror y abusos de los derechos humanos como la que hemos vivido y  estamos viviendo y para la que no se vislumbra con certeza su tiempo de terminación, nuestra sociedad requiere la reconstitución de su tejido social asegurando la convivencia mediante procesos de entendimiento sostenibles en el largo plazo. Establecer un diálogo veraz y efectivo, supone: la edificación institucional de la democracia y el estado de derecho;   contar con instituciones políticas y judiciales respetadas y creíbles para la administración y solución de conflictos por vías no violentas; llegar a un consenso sobre lo que no es aceptable promover y los medios que resulta inaceptable emplear para proteger intereses por legítimos que sean. Todo eso supone la aplicación de un enfoque multilateral del ejercicio de la justicia en el proceso de cambio en el que estamos envueltos. Se debe privilegiar la actitud reflexiva sobre lo emocional. Sin ello, la paz es apenas el interregno de una inacabada espiral cíclica de conflicto y violencia. Si bien la resolución de los conflictos se debe encaminar en el corto y mediano plazo a llegar a arreglos que satisfagan mínimamente las demandas de los contendientes, la transformación del conflicto en compromiso de rescate del país, supone atender y dar solución a los profundos desajustes económicos, y a los  problemas estructurales y culturales que asolan al país y restablecer el tejido de convivencia social que ha sido roto durante los últimos cinco lustros y fracción, transcurridos.

Vivimos una nueva era, “el madurismo” emite los últimos estertores de su agonía pero, el régimen continúa  anclado en viejas doctrinas que le impiden ver  cómo es que es la realidad que lo circunda. La única revolución  que necesitamos es la de nuestro pensamiento. Sólo una transición hacia un nuevo paradigma de desarrollo democrático, capaz de administrar y resolver los conflictos de manera institucional, honesta y no violenta, podrá dar respuesta a los anhelos de paz de la sociedad venezolana.


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