domingo, 10 de julio de 2016

EL PODER Y EL FUSIL
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CARLOS RAUL HERNANDEZ

Un partido revolucionario es un consorcio legal o ilegal para desestructurar y liquidar la civilización: destruir la libertad, la propiedad, el Estado de Derecho, el status militar, la cultura. Es el regreso del hombre a la miseria y la barbarie, como vemos con los acontecimientos en pleno desarrollo y no existe en la historia socialismo sin hambrunas, torturas y asesinatos. Como a cualquier cosa decente, los revolucionarios aborrecen el modelo marcial llamado prusiano, profesional, jerárquico, sometido al poder constitucional, y les encanta la “bola de hombres” de Pancho Villa, el ejército del pueblo, la Guardia Roja o las milicias, sometidas a un caudillo y a quien él decida. Por eso pretenden convertir la FAN en un engranaje más del PSUV, luego de debilitarla, corroer el sistema de méritos, subordinarla a comisarios políticos cubanos, e introyectarle el castrismo como modelo a seguir.
El plan a largo plazo era trocarlas en milicias, más bien montoneras, en las que generales y soldados devoraban a la orilla del río terneras robadas, como esos bandidos que saqueaban el país durante la anarquía del siglo XIX. Pero el engendro revolucionario muere de nuevo, ahora en Venezuela, por las mismas razones que murió antes, por aberrado y anacrónico. Las Fuerzas Armadas merecieron el aprecio del país durante los cuarenta años de democracia. Derrotaron los cuartelazos que provenían de fantasmas de su propio pasado, tanto de izquierda como de derecha, porteñazo o barcelonazo. También dieron la cara y derrotaron las guerrillas entre los años 60 y 70, luego barrieron los alzamientos del 4-F y el 27-N de 1992, y la caída de la democracia no tuvo que ver con los militares que más bien cerraron las puertas a la peste.

Pandora era civil
Pero empresarios, políticos, intelectuales, opinion-makers las abrieron. Paradoja: mientras los soldados se la jugaron por las instituciones, los civiles las entregaron. El 11 de abril de 2002 de nuevo se arriesgan para detener la demencia que nos trajo hasta la disolución de hoy y otra vez el maneto liderazgo civil de esos días rompió el cántaro. Pese a los insultos contra ellos que pululan en la Web, la inmensa mayoría de los efectivos son trabajadores y profesionales normales, decentes, como cualesquiera otros, a los que estiran el sueldo para vivir y tienen familias cuyas necesidades cubren a duras penas. Hacen su labor cotidiana sin fatiga, no consiguen los productos de la dieta básica y recurren a bachaqueros como todo el mundo. No hay que incurrir en la ligereza de confundirlos con los pequeños grupos privilegiados, poderosa minoría corresponsable de decisiones de las que el cuerpo armado en conjunto también es víctima.
Sin matizar
Viven la misma inseguridad que los civiles, con órdenes de ni siquiera portar identificación cuando vistan de paisano porque las bandas pagan tres mil dólares por el cadáver de uno de ellos. Se aprende en la vida la injusticia e inconveniencia de cuestionar colectividades en bloque, sin matizar, porque el comportamiento y la opinión nunca son homogéneos. Desde los años 70 la izquierda tuvo una gran habilidad para tratar a los militares y por eso logró inficionar ciertos grupos con el virus. Eso pasaba por jamás insultarlos ni confrontarse con ellos y más bien reconocer su importancia para la vida el país. El gobierno los elogia pero los arrastra al descrédito, pero ellos cargan con él como un bacalao. Sin el apoyo de un sector de la oficialidad el gobierno carecería de asidero en el repudio masivo.
Quiero una vida normal
Los miembros de la FAN, sin ser ideólogos ni políticos quieren vivir en democracia y prosperidad, y superar las circunstancias de hoy. Piensan que cualquier cambio debe producirse en paz, de acuerdo con la Constitución, por las buenas y sin persecuciones.  Luego de este tsunami socialista, ellos pertenecen a una de las pocas instituciones que quedan en pie y que por eso tendrán una gravísima responsabilidad para recuperarlas junto con la vida decorosa. Volver a sus funciones constitucionales, las mismas que las leyes asignan a sus colegas en todo el mundo democrático: resguardar la integridad nacional, las fronteras y la seguridad de la ciudadanía ante agresiones externas, cuya desatención ha convertido al país en un centro estratégico del narcotráfico, el comercio de seres humanos y otros crímenes.
Recuperar su prestigio estará asociado a su contribución a enfrentar los peligros de disolución nacional y reconstruir la democracia, así como a reconstruirse a sí misma. Su comportamiento institucional será imprescindible para dejar de ser la vergüenza y el dolor de cabeza del continente, el enfermo de la región, comparado con pequeños países que en el pasado necesitaban de Venezuela y que hoy la miran por encima del hombro. Ese es el verdadero balance de la revolución. Los militares saben muy bien que lo que este esquema primitivo de funcionamiento social, la destrucción de los productores privados para sustituirlos con el gobierno y sus amigos apoyados en la violencia, ha traído desgracias y  peligro. Saben que las fuerzas armadas son imprescindibles para derrotar la anarquía que ya enseña su hocico.
@CarlosRaulHer

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