viernes, 29 de julio de 2016

EL MANDAMÁS

FERNANDO MARTINEZ  MÓTTOLA

EL NACIONAL

Las horas pasan y el tiempo se estira como si fuera de goma. Las soluciones tardan en llegar y aunque allí está la puerta de salida, a la vista de todos, todavía no se ve claro cómo saldremos del atolladero donde nos hallamos metidos, la sociedad entera sin excepción. Por lo general la paciencia es una buena consejera. Pero cada día que transcurre es una tragedia, una carga muy pesada sobre los hombros de la gran mayoría de los venezolanos. Para muchos la desesperación proviene del hambre o de las enfermedades desatendidas. Si esperas demasiado quizás no vivas para contarlo; la delincuencia también te puede llevar en los cachos.
Que levante la mano quien piense que este gobierno puede sacarnos del brete donde él mismo nos metió. Ahora con la novedosísima  idea de un superministro. Porque descubrieron, de buenas a primeras, que el problema se arregla con disciplina y eficiencia. Mano dura, pues. Pero la embarcación continúa por el mismo rumbo, inalterable, hacia el abismo. El problema se reduce, una vez más, a perseguir a los saboteadores, a pedir cuenta a los subalternos y a dar órdenes, ahora sí, como es debido. La culpa sigue siendo de la guerra económica. Y uno se pregunta: ¿y es que antes no se intentaba hacer lo mismo? Si antes no, ¿por qué ahora sí funcionaría? ¿Lo hacían mal y ahora lo harán bien? ¿Eso era todo lo que faltaba? ¿A eso tan simple se reducía el problema?... ¿Será cierto que, de verdad, pueden creerlo así? ¿Y es que no son capaces de darse cuenta de que de seguir por el mismo camino llegarán al mismo sitio, o peor? Falta de alimentos y medicinas, destrucción del aparato productivo, inflación, desempleo, fuga de talento, división de las familias. Se trata de una catástrofe a ojos vistas. Pero ni se van ni cambian el rumbo. ¿Hasta dónde puede llegar la ceguera ideológica, el apego al poder, el temor a la justicia? “Así, así, así es que se gobierna” ya nadie lo puede decir en su sano juicio. “Con hambre y sin empleo, con Maduro me resteo”: pura paja. Estas consignas solo funcionan en tiempos de abundancia y con la barriga llena.
La crisis económica y social es de proporciones colosales. Y, por supuesto, la dificultad de la solución es acorde con la magnitud del problema. El aparato productivo nacional está por el suelo, hacen falta muchos dólares para importar lo que antes se producía en el país, la deuda alcanza niveles inauditos. Nadie va a invertir en estas condiciones si no hay un cambio claro en las reglas de juego; nadie va a prestar dinero tampoco. Se requiere un programa de emergencia para atender las necesidades de los sectores más afectados de la población, a la par de un plan de estabilización para superar el caos y enrumbar al país en forma definitiva. Aun haciéndolo como Dios manda, el camino estará lleno de dificultades. Se requieren ingentes recursos financieros para cruzar el río: conocimiento, estrategia clara, planes definidos, voluntad política, construir consensos, generar confianza, talento profesional, compromiso, respaldo popular, apoyo internacional. No son conchas de ajo.
Si no ocurre una salida política que permita un cambio de rumbo, seguiremos cuesta abajo en la rodada, se agudizarán las calamidades, la tragedia será cada día mayor y más difícil la recuperación. Los días pasan  y el poder electoral se toma su tiempo para revisar las firmas e impone trámites y condiciones que demoran el proceso. ¿Y adónde llegaremos si esa puerta llega a cerrarse definitivamente? ¿Iremos a unas elecciones regionales como si tal cosa, con una Asamblea Nacional desconocida por el resto de los poderes, en medio de un diálogo que ni pa’ atrás ni pa’lante? ¿Se sometería la sociedad venezolana como un manso corderito a vivir en la miseria?
La puerta de salida está a la vista de todos en el referéndum revocatorio, las elecciones de gobernadores, la liberación de los presos políticos y la plena restitución de la libertad de expresión, la independencia de poderes,  la convivencia de las distintas fuerzas políticas en medio de la diversidad, bajo un Estado de Derecho donde se garantice la justicia para todos. Es decir, ni más ni menos que un país en democracia. Solo así se podrá comenzar a construir un país donde lo importante sea el trabajo productivo y no la riqueza fácil; un país donde sea reconocido el talento y el conocimiento por encima de la viveza criolla; un país donde prevalezca la propiedad privada y se estimule la libre empresa; un país con igualdad de oportunidades para todos e igualdad ante la justicia; un país  donde funcionen las instituciones de acuerdo con los principios y valores de la democracia. Mientras sigamos creyendo que la solución se reduce a un mandamás nos seguiremos hundiendo en el mismo pantano.    

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