sábado, 21 de mayo de 2011

"El 350 y los chimichimitos"

Se habla de "aplicar el 350" como si fuera una inyección, o un ungüento mágico...

CARLOS RAÚL HERNÁNDEZ | EL UNIVERSAL
sábado 21 de mayo de 2011

Séneca decía que lo más grato a los dioses era la sangre de un tirano y Cicerón que los romanos festejaban el asesinato de alguno. Murallas que encierran y limitan el poder, las constituciones medievales y modernas incorporan el "derecho a la rebelión", la obligación de los ciudadanos a restituir su vigencia con cualquier recurso a la mano, cuando la bestia del poder se escape del reducto. Por eso la amenaza autoritaria que ruge en puertas siempre propone "poder constituyente", bajar las barreras en medio de las crisis políticas, lo que ha resultado suicida para la democracia.

En Inglaterra surge la Carta Magna de 1215, fundamento de la teoría del poder limitado o poder constitucional que marca los límites entre rey y tirano, y eslabón no perdido de la civilización democrática. Se instituye la concepción medieval de que la libertad solo existe cuando el monarca se somete a la ley instituida por la comunidad, como establece la cláusula 39 de la Carta Magna. Nadie debe acatar un poder arbitrario y, más bien, estamos obligados por la misma ley a derrocarlo si actúa contra las personas o las propiedades de los súbditos. Importantes pensadores, comenzando con Bracton y más tarde Milton sostienen que los hombres se unen para protegerse, se dan una autoridad y tienen derecho a reasumir el poder en caso de abuso.

Teólogos dominicos y jesuitas españoles desarrollan la concepción de que la fuente de autoridad política es la comunidad, no el monarca, que debe rendir cuentas a dos superiores: Dios y la Ley. La autoridad real legítima se basa en el Derecho y la protege Dios, y la tiranía nace del atropello, del demonio, representa el pecado y debe deponérsele. Vásquez ("el pueblo delega sus poderes a alguien por el bien común"), Molina ("el poder de todo gobernante debe estar en armonía con la voluntad y la aprobación"), Domingo Soto ("es necesario que el pueblo consienta antes que algún gobernante pueda ser instituido"). Santo Tomás y Juan de Mariana defienden el derecho a la rebelión: si el soberano no cumplía el "contrato con el pueblo... había que derrocarlo... -e incluso-... matarlo con veneno". Francisco Suárez dice que "como todos los hombres nacen libres... nadie tiene jurisdicción política sobre ningún otro... nadie tiene derecho sobre ningún otro" (nadie puede disponer de la vida, la libertad o las propiedades de otro). Después Vittoria ("el poder debe emanar de la elección humana").

La idea evolucionó desde la Antigüedad y la Edad Media hasta la Modernidad. Las dos más connotadas constituciones contemporáneas, la norteamericana 1787, y la francesa de 1791 mantienen el derecho a la rebelión plasmado en laDeclaración de Independencia de EEUU de 1776 y la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano de 1789.

Pero un tirano no lo califican enajenados como los zapatistas a Salinas, los bolivarianos a Pérez, o los etnocaceristas a Toledo. Es aquel gobernante que por su "origen ilegitimo", la fuerza, o por el "ejercicio ilegitimo", violar el marco constitucional, justifica su derrocamiento (el famoso 350). Pero si el derecho a la rebelión concede una licencia moral, no dota a nadie de los tanques y fusiles necesarios, ni libra a los países de las horrendas implicaciones de la violencia. Como toda convención, además, requiere consenso de diversos factores nacionales e internacionales. Eso enseñan los recientes casos de De la Rúa, Lucio Gutiérrez, Chávez, Zelaya, Mubarak y Gadafi, derrocados por rebeliones, en unos casos aceptadas y en otros rechazadas por la comunidad internacional. Pese a que la destitución de Zelaya fue una justa decisión de los poderes legítimos hondureños, en el momento que el Presidente daba un golpe, la revolución bolivariana tuvo fuerza política para acorralar a Micheletti como "presidente de facto".

La mente de pollo antipolítico tiende a cubrir las impotencias reales con recursos retóricos. Se habla de "aplicar el 350" como si fuera una inyección, o un ungüento mágico que se compra en la farmacia. Ese baldío planteamiento distrae en relación con la única salida verídica, las elecciones de 2012. Salvo en las morcillas, la sangre humana es una sustancia muy seria y hay que mantenerla en su recipiente. Desgraciadamente a veces se riega por las calles cuando el autoritarismo y la fuerza se escapan de sus mazmorras pestilentes. Y cuando suena esa hora, las partes pueden invocar por igual "el 350", el Manual de Carreño, el Pequeño Larousse o el Coro-corito-tamboré.

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