jueves, 12 de mayo de 2011

VENEZUELA CONFINADA A UNA RELACIÓN COLONIAL CON CHINA

Damian Pratt

La “revolución” nos hizo retroceder casi un siglo

En la primera mitad del siglo pasado, muchos países de América Latina, Asia y Africa quedaron sometidos a un nuevo tipo de colonialismo, en diversos grados, aunque formalmente eran repúblicas independientes. La intelectualidad de izquierda -desde sus matices social demócratas hasta los comunistas- lo llamaron el “neocolonialismo”. ¿Por qué? Sin ejércitos de ocupación, ni gobiernos desde el extranjero, sus economías, sin embargo, se limitaban a vender materias primas sin una opción real de desarrollo propio.

Vender petróleo “al natural”, mineral de hierro simple, cobre, bauxita, otros metales sin valor agregado, bananas, café “verde”, arroz y otros productos agrícolas, etc. Los países desarrollados de Europa, más EE UU, compraban todo aquello y con sus fábricas producían un sin fin de productos terminados. Nuestros países, con el dinero obtenido por la venta de materias primas, compraban cabillas, productos de acero y aluminio, alimentos procesados, gasolina, etc. en el exterior. Era una relación desigual que generaba desarrollo, empleo y riquezas en los países ya desarrollados mientras los nuestros quedaban relegados a sobrevivir en medio de la dependencia sin poder despegar al desarrollo.

En Venezuela, eso ocurrió claramente en la dictadura de 27 años del general Gómez. Vendíamos café y cacao. Comenzamos a vender petróleo (lo cual generó un cierto progreso limitado por el valor de él) y al poco se inició la explotación del hierro. Los venezolanos rebeldes y progresistas de la época soñaron y lucharon por banderas como la democracia, el voto directo y secreto, la igualdad de derechos para las mujeres y para todos, la masificación de la educación y la salud, pero también por dejar de ser solamente exportadores de materias primas y lograr una industrialización progresiva.

Sin entrar a analizar el balance de logros y carencias de los años de la democracia, diremos sólo que en el país hubo cambios. El proyecto industrial de Guayana permitió que, por ejemplo, no solo se vendiera hierro sino transformarlo en pellas, briquetas, acero, planchones, cabillas, perfiles, alambrón, tubos. Para el consumo nacional y para la exportación. Y que en lugar de exportar bauxita, se produjeran alúmina y aluminio, junto con unas cuantas (aunque insuficientes) empresas transformadoras del aluminio. Que se sembraran 600 millones de pinos con el propósito de crear industrias madereras, de pulpa y papel. El balance, creo, es insuficiente. Era necesaria más industrialización transformadora más amplia y agresiva. Ya habrá tiempo de hacer ese juicio.

En estos 12 años hemos retrocedido. Aunque la “revolución” habla mucho de soberanía y de “hacer patria”, en realidad los hechos y resultados indican lo contrario. ¿Existe una sola nueva industria transformadora de hierro, acero, aluminio, petróleo o cualquier otra materia prima? Vamos. Piensen. ¿Verdad que no hay nada nuevo? Todo lo que existe en Guayana, ya existía en 1999. La misma ferrominera, la misma siderúrgica, la misma fábrica de tubos, la misma cadena del aluminio. ¿Y el discurso de la soberanía y la independencia? Porque, como todos sabemos, la cosa es peor, ya que todas nuestras industrias están en ruinas o casi.

Todas han perdido capacidad de producción. Ni una sola ha crecido. Producimos menos acero, menos aluminio, menos briquetas, menos cabillas. ¡Hasta terminamos importando cabillas para Tocoma, aluminio para que Alcasa pueda pagar la nómina, refractarios para que no se paren los hornos de Sidor y bauxita para que medio funcione la cadena del aluminio!

Y ahora hay una relación neo colonial con China y en menor grado con Rusia, Irán o Bielorrusia. Y una relación de minusvalía vergonzosa con Brasil, Argentina y Colombia. ¿Estoy exagerando? No es posible analizarlo completo en un espacio como éste, pero aquí van unas demostraciones para provocar la reflexión. China nos presta 30 mil millones de dólares. Le debemos a China 30 mil millones de dólares. ¿A cambio de que? A cambio de materias primas. Igual que en la vieja relación neocolonial de nuestros países con Europa y EE UU en la primera mitad del siglo pasado. China nos vende neveras, lavadoras, tubos petroleros, rieles y vagones de ferrocarril y nos presta dinero, mucho dinero. ¿Acaso existe una sola industria transformadora instalada en Venezuela con inversión o tecnología de China? Ni una. Nos prestan dinero y nos venden productos. Les pagamos con petróleo crudo, hierro primario. Ni siquiera con pellas o briquetas. ¿Es o no una relación neocolonial?

Irán montó una fábrica de tractores pero usan 90% de piezas y partes fabricadas en Irán. Un retroceso de 60 años con respecto a las ensambladoras de automóviles de EE UU y Europa que deben usar no menos de 50% de partes nacionales que ya era insuficiente. ¿Y Brasil? Ni una sola inversión brasileña en empresas para producir en Venezuela. En cambio, se dedican a tener contratos de construcción y a vendernos de todo. La balanza comercial indica que Brasil nos vende 5 mil millones de dólares y nosotros les vendemos 500. Con Colombia es parecido.

Esta extraña “revolución” genera empleo en otros países, crea valor agregado en otros países, importa café, leche, carne, azúcar, aluminio, bauxita, cabillas, cemento, neveras, lavadoras… ¡y ahora hasta nos traen algunas casitas hechas afuera! Todo eso lo producíamos antes. ¿En qué nos ha transformado la “revolución”? En un país más “mono productor” que nunca. Más dependiente que nunca. Menos soberano que nunca. Sólo vendemos petróleo y algo de hierro. Cero valor agregado. Los hechos y los resultados son justo lo opuesto a lo que discursean.

Es para reflexionar. Retrocedimos más de medio siglo. Si estábamos insatisfechos con nuestros 40 años de democracia, en los actuales 12, en lugar de avanzar hemos desandado los pasos. Sólo vendemos materias primas a cambio de dinero. No producimos desarrollo ni soberanía industrial o alimentaria. Todo lo que hay se trae importado con petrodólares, salvo lo que resiste y sobrevive de grupos industriales de lo que queda de propiedad privada. Una relación neocolonial. Ese es el balance de Hugo Chávez. Ese es el producto real, más allá de la propaganda y los discursos, del estatismo salvaje y las ideas atrasadas, desfasadas. Ese resultado es el más anti popular posible aunque el dineral petrolero esconda parcialmente el fracaso. Necesitamos a partir de 2012 un gobierno que luche por rescatar la soberanía nacional.

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