viernes, 7 de noviembre de 2014

EMPEQUEÑECIDOS

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Antonio López Ortega

Un buen amigo, el ensayista Diómedes Cordero, resumía en una frase un síntoma de estos tiempos: “Nos hemos empequeñecido”. Se refería a cómo el país reaccionaba frente a ciertas cosas hoy y cómo lo hacía apenas unos años atrás. Muere, por ejemplo, el maestro Briceño Guerrero, y la prensa reacciona tres días después, por no decir la institucionalidad cultural, que ni un obituario le dedica. Antes hubiera sido una conmoción, una parálisis repentina, un momento de reflexión. Pero esas reacciones, si acaso, convertidas hoy en velorios doctrinarios, sólo se le reservan a los adalides del régimen: diputados, funcionarios, abogados o escoltas. Un gran estudioso de la picaresca española, Augustin Redondo, la definía como “el mundo al revés”: lo que se prodigaba como prohibitivo era lo que realmente se hacía. El reino de la hipocresía, pues. Y si no, releamos esta frase recientemente emitida por uno de los voraces procónsules de la escena: “Un revolucionario no anda metido en negocios”. Es sencillamente magistral.
En el fondo de esta pesadilla colectiva, de esta tragicomedia sin fin, ciertamente, yace un país que se ha empequeñecido, que se ha vuelto provinciano, intrascendente. Lo que devora la escena pública son insustancialidades: peleas, relajos, insultos. Somos el hazmerreír del corro opinador del planeta: algo que nadie entiende (o algo que cada vez es más difícil de explicar a los que quieren entender). Si alguna vez hubo un apetito modernizante, una vocación cosmopolita, hoy en día vivimos de los impulsos más primarios: un país vulgar, grosero, mediocre, profundamente ignorante. La escatología está de moda, también rebajar al semejante, también insultar al que libremente opina. La señal más visible del rebajamiento es lo que hasta no hace mucho era una señal de modernidad: una prensa libre, crítica, analítica, diversa. Pero hoy, quizás, la carrera de comunicador social es la más agredida, la más denostada. Cualquiera de nuestras páginas comparada con, por ejemplo, cualquier periódico de Hispanoamérica, resultará lánguida, empobrecida, insuficiente.
Y así en todos los campos. En síntesis, una reducción del saber, del conocimiento, de la verdad, de los valores. La vida se nos ha vuelto un manto gris, una zozobra, un correr entre distintos destinos sin saber por qué. En el fondo, hemos terminado como autómatas, irreflexivos, tratando de resolver la vida diaria con atajos, vendas, residuos. Ya ni siquiera pensamos, ¡qué osadía!, sino tan sólo reaccionamos. No vivimos, sino que nos dejamos vivir por fuerzas que desconocemos.
La república, si acaso, ha pasado a ser un caso de laboratorio, un buen tema para foros, un buen pretexto para analizar anomalías. Case for treatment, diría algún estudioso británico. Secretamente, a fuerza de impulsos que también desconocemos, nos vamos acostumbrando a esta forma de vivir en donde, esencialmente, no pasa nada. Empequeñecidos, sí, como aquellos seres que retrató Salvador Garmendia en su memorable novela. Que sobrevengan tempestades, que ocurran cataclismos, que muera quien muera. Hemos jurado no reaccionar, no apasionarnos, no conmovernos, no condolernos ante el mal ajeno que, subrepticiamente, ya va siendo el nuestro. 

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