domingo, 4 de octubre de 2015

Javier Biardeau: La economía se está devorando el proceso bolivariano

Hay que encarar la crisis. Es menos costosa una derrota, rectificando, que una derrota sin rectificar. Es el peor momento para enfrentar un proceso electoral, argumenta.
Se ha perdido mucho tiempo, afirma el sociólogo y profesor de la UCV Javier Biardeau. Se habló del aumento del precio de la gasolina, de la lucha contra la corrupción, y no se ha hecho nada. La oposición está jugando al desgaste y, en medio del desgaste, el gobierno cree que está viviendo un momento político favorable. ¡Ah, tú lo que quieres es que te coma el tigre!
De una agenda maximalista en el terreno social se pasó a una minimalista, donde el único objetivo es darle continuidad al gasto social, con la Gran Misión Vivienda Venezuela como estandarte. Hay un malestar, un descontento, en las bases del chavismo. Una crisis de representatividad muy peligrosa, que nos retrotrae a cosas que se vivieron en el Pacto de Punto Fijo.
La corresponsabilidad de Chávez
—¿No hay una serie de preguntas, casi existenciales, dentro del chavismo? ¿Dónde estamos? ¿Qué está pasando? ¿Adónde vamos?
—Creo que el proceso bolivariano está viviendo su peor crisis histórica. Crisis de liderazgo, dificultades en las políticas públicas, cambios en la coyuntura internacional muy desfavorables y la pérdida de su principal referente, político e ideológico que, sin duda, era Chávez. Esa combinación de factores, aunada a un desgaste que ya se venía visualizando, lenta y gradualmente, desde el año 2007, ha generado una situación de crisis que es reconocida por toda la población.
Hay una crisis, ese es el punto de partida. Y quien está en la conducción del Estado es el chavismo posterior a Chávez. Y en 24 meses, entre octubre de 2013 y ahora, no se le ve ni eficacia ni efectividad ni eficiencia en las políticas públicas. Eso ha generado el peor síntoma de falta de respaldo al alto gobierno. Hay una situación real de descontento, de malestar, y es el peor momento en el cual el chavismo puede enfrentar un proceso electoral.
—Siempre se habló del hiperliderazgo de Chávez. Y Chávez tampoco hizo mucho para desmontar esa idea y ese concepto. ¿No se planteaba, justamente después de su muerte, la oportunidad de abrir el juego y asumir el problema desde otra perspectiva? No había posibilidad, por decirlo de alguna manera, de seguirle el paso a Chávez. ¿A qué atribuye eso?
—En principio, creo que primó la idea de darle continuidad a ese modelo de liderazgo. Es decir, las nuevas personas encarnan el viejo estilo de Chávez, cosa que es imposible, porque el estilo de liderazgo de Chávez estaba aunado a su carisma. A la forma que tenía de conectarse con la gente, con los sectores populares, que fue su principal capital político.
Y lo otro es que no se construyó una cultura, en el seno del primer anillo del poder de Chávez, de dirección colectiva. Chávez también tiene ahí una corresponsabilidad. Hasta bien avanzada su enfermedad, todavía existía la hipótesis de que Chávez continuaría en el mando y ellos (el alto gobierno) tampoco estaban preparados para lo que sucedió.
—Todavía no sabemos a ciencia cierta cuál fue la causa de la muerte de Chávez, pero uno pudiera inferir, por algunos indicios, que se trataba de una enfermedad catastrófica. Si el alto gobierno sabía cuál sería el desenlace, ¿no hubo un lapso, un paréntesis, para abordar el tema del liderazgo?
—Sí, pero ahí hay un peso muy fuerte de entender la dirección política, desde el inicio del movimiento bolivariano. Bueno, Chávez devoró, prácticamente, cualquier liderazgo competitivo, de sombra, o que fuera proclive a compartir la dirección política del proceso. Y allí están varios ejemplos que quedaron en el camino con trayectorias políticas meritorias. Alguien, que ni siquiera aspiraba a disputarle el liderazgo a Chávez, pero que le mencionó ese tema de manera muy temprana y que hoy se recuerda mucho, fue Müller Rojas. En varias oportunidades, Müller le planteó a Chávez que el liderazgo político necesitaba ser mucho más consultivo de lo que estaba siendo.
Y esa cultura, que se fue cimentando a lo largo de 15 años, incidió para que no se construyera un liderazgo colectivo, ni de conducción compartida o colegiada o como quiera llamársele. Justamente, durante la discusión de la enmienda constitucional para la postulación continua del Presidente, a mí me dijo un alto dirigente del chavismo que, desde el punto de vista de la Presidencia, no había futuro para nadie, sólo para Chávez. Ellos mismos ya habían interiorizado la tesis de que después de Chávez no había otra cosa. Creo que allí nunca se preparó un escenario de liderazgo colectivo.
—¿No había opciones?
—También había unas creencias muy consolidadas, en el alto gobierno, sobre cómo los sectores populares se representan en el liderazgo colectivo en Venezuela. Todavía es una matriz muy convencional, en la que el hombre fuerte predomina sobre cualquier otra figura. Pareciera que si no hay un hombre fuerte que proyecte autoridad, no cuenta como presidenciable o para ejercer la jefatura política.
 
Un gobierno de aspiraciones minimalistas
—Usted habla de falta de eficacia y efectividad, pero allí están las OLP como política social, y en el plano económico todo se ajusta sin mayores injerencias del gobierno. Este es un momento en el cual la “mano invisible del mercado” está muy presente.
—Vamos a un recuento. En 2013, la consigna era el gobierno de calle. Si preguntas, ¿hoy se habla del gobierno de calle? Vas a encontrar que la respuesta es negativa. En 2014, después de los primeros seis meses de guarimbas y de todo ese tema, se comenzó a hablar de la reactivación de los consejos presidenciales del poder popular. Digamos que gradualmente se fueron dejando de lado y el problema fundamental comenzaron a ser la inseguridad y las presiones alrededor de un cambio de la política económica. Se hicieron unos anuncios que nunca se implementaron.
El presidente Maduro, por ejemplo, habló en septiembre de 2014, si no me equivoco, del aumento de la gasolina, estamos en octubre de 2015 y no se ha tomado ninguna decisión. Se habló, cuando Rafael Ramírez estaba en el gabinete, de introducir cambios, tanto en el régimen cambiario como en la política fiscal, pero tampoco se hizo nada. Se hicieron anuncios y más anuncios, pero las acciones de gobierno no han ido más allá de garantizar la continuidad del gasto social en su nivel, a pesar de la caída de los precios del petróleo.
No sabemos si ese gasto social es efectivo, si es eficaz, o cómo se está distribuyendo. Pero se concentró en el cumplimiento de los objetivos de la Gran Misión Vivienda Venezuela. Allí está el punto fuerte del gobierno.
—¿Se congelaron los otros temas de la agenda social?
—Se propone incluir dentro del Plan de la Patria los objetivos del milenio. Ya no se trata de derrotar la pobreza relativa y estructural, sino acabar con la miseria y el hambre. Se comienza a manejar la retórica de las Naciones Unidas, que sugiere objetivos muy gradualistas para que se reduzca la pobreza absoluta en el mundo. Diría que son unos objetivos minimalistas, cuando Chávez plantea en su programa electoral (el plan de la patria) una agenda maximalista. Lo que ha intentado Maduro es disminuir las expectativas que están allí y por eso ha sido criticado por los sectores más críticos y radicales del chavismo o de la izquierda.
Yo creo que en el fondo es un gobierno que ha tratado de maniobrar situaciones en las cuales ha predominado la táctica, para no decir el pragmatismo, y los objetivos estratégicos son fundamentalmente de retórica para mantener el imaginario de continuidad con el presidente Chávez. Pero la debilidad del gobierno, en su centro de gravedad, sigue siendo cómo la economía se está devorando el capital político del proceso bolivariano. Mientras el alto gobierno no tome medidas allí, eso es como un lastre que va hundiendo el proceso, mientras la oposición espera, vamos a decirlo así, que el chavismo siga errando.
—Hay quien afirma que en Venezuela estamos viviendo un “periodo de baja intensidad”, no tan severo como el que vivieron en Cuba. Utilizan esa metáfora para referirse a un período de restricciones, de penurias.
—No creo que se puedan comparar ambas situaciones. En el caso cubano, por ejemplo, era muy difícil encontrar los contrastes entre renta presunta y la situación que vivía el ciudadano de a pie. Aquí la paradoja, y lo que está generando más explosividad en la situación, es que desde septiembre de 2013 se anunció una lucha contra la corrupción que nunca se ha dado.
Hay denuncias y son los ex ministros del presidente Chávez los que tienen los datos. Y más recientemente, está el caso del contrabando de gasolina en barcos. No estamos hablando del bachaqueo de a pie, ni de los raspa cupos personales, sino de grandes casos de corrupción que evidencian que no hay control, y eso merma aún más la moral de quienes apoyaron el proceso bolivariano.
Si la idea es que la crisis es un sacrificio compartido y hay un liderazgo que se está poniendo al frente de ese sacrificio, eso, de alguna manera, prestigia al liderazgo. Pero si sientes que el liderazgo está encerrado en una burbuja y que ha perdido conexión con las demandas y aspiraciones de la gente en la calle, incluida casi la mitad del chavismo, que manifiesta malestar y descontento, entonces dices: se está quebrando. Y si no se aborda esta crisis económica, esta crisis de representación, estamos volviendo a las cosas que nosotros vivimos con el Pacto de Punto Fijo. Me refiero a la crisis del bipartidismo, en medio de una profunda crisis económica. Eso no es poca cosa.
 
Desconocer los indicadores de la economía mundial
—De sus palabras se desprende que este es un gobierno que está a la defensiva, muy a contracorriente de Chávez, que nunca perdió la iniciativa, incluso en los peores momentos que le tocó enfrentar. Lo que uno ve aquí son respuestas reactivas frente al cuadro económico y social que vive el país.
—Hasta el tercer trimestre de 2014, el precio del barril se mantuvo relativamente alto (80 dólares en promedio); los expertos petroleros articulados con el gobierno tenían la tesis del “efecto rebote”, todos generaron la expectativa de que era una situación pasajera, y ahora han empezado a reconocer que se trata de una situación estructural, de largo plazo, que va a afectar la posibilidad de crecimiento económico en los próximos 10 años.
Si se da continuidad al modelo que traía Chávez, la situación se va a agravar, entre otras cosas, porque no hay la posibilidad de sustentar la viabilidad del modelo, basados exclusivamente en los precios del petróleo.
—Una tremenda demostración de irresponsabilidad. Hasta un neófito que mire la evolución histórica de los precios del barril advertirá que estos tienen sus ciclos. ¿A cuenta de qué no iba a producirse el bajón en los precios?
—Alí Rodríguez, por ejemplo, dijo que se confió excesivamente en el crecimiento de los Brics. Fundamentalmente de India y China, que tenían crecimiento de 10%. Lo que estamos viendo es que estos países estaban perdiendo capacidad de crecimiento. Era una expectativa errada. Se están reconociendo los errores de prospectiva, en el terreno de la economía mundial. Pero no hay autocrítica con relación a los cambios que se hicieron, entre otros, la modificación de la ley del Banco Central de Venezuela y el Fondo de Estabilización Macroeconómica. Se pasaron los fondos a reservas internacionales y eso se despilfarró en los últimos tres años. No hay margen de maniobra. Aquí se acabó el tiempo del ensayo y error. Y eso tiene costo, tiene impacto.
Recientemente, estaba leyendo a un chavista que decía que lo más interesante del legado de Chávez era su pensamiento estratégico. Lo acabas de decir. Dentro de los principios del pensamiento estratégico, la iniciativa es fundamental. ¿Cómo te explicas que se haya perdido la iniciativa, que se actúe en forma reactiva? Y la oposición, como un jugador inteligente en el juego político, lo que está esperando es el desgaste de los errores no forzados que comete el gobierno para agarrarlo, como se dice vulgarmente, en la bajadita.
—¿Qué pasó con la consigna “con hambre y desempleo, con Chávez me resteo”? ¿Eso se acabó?
—Eso se debilitó. No me voy a hacer eco de lo que han dicho algunos chavistas en algunas entrevistas, de que todo se acabó. Yo creo que ese discurso tiene un efecto retroactivo sobre la propia situación de crisis. Son posturas que no apuntan a dar una salida, sino, simplemente, a bajar la santamaría. No creo que se haya acabado, pero sí se ha debilitado la fuerza moral del proceso bolivariano. Se está afectando ese espíritu, que Chávez intentó defender más como proceso y como proyecto político: el tema de la fuerza moral del chavismo. En estos 24 meses hay un gigantesco deterioro de eso.
Podría decir, además, que el comportamiento electoral no traduce el lenguaje de bajar la santamaría. El chavismo es una realidad sociopolítica que tiene un piso duro. Y cualquier cosa que pase en el terreno electoral, debe contar con ese actor para recomponer el juego político.
—¿Está hablando como si el chavismo estuviera en la oposición?
—No, estoy hablando de un escenario probable. Creo que nadie que compile encuestas en los últimos 12 meses, te pueda decir que el chavismo tiene asegurada la victoria (en las parlamentarias del 6-D). Quien diga eso está un poco como el ministro de propaganda iraquí, que decía que estaban venciendo a Estados Unidos durante la invasión. ¿Te recuerdas de eso?
 
El escenario electoral
—Varios voceros del chavismo hablan del “supuesto negado de que la oposición gane”.
—Te puedo decir más: en “el supuesto negado de que la oposición gane”, como dicen ellos, va a ser muy difícil que obtengan las 3/5 partes. Es algo que se va a jugar mucho en estos dos meses. Y si no obtiene las 3/5 partes, va a ser imposible que eso se traduzca en una victoria política. Lo digo con relación a las expectativas que tiene de acelerar un proceso de transición, un postchavismo. En cambio, si gana el chavismo con 85 votos, que sería lo mínimo, va a cantar victoria: en el peor cuadro de guerra económica, de caída del precio del petróleo, de diversas amenazas y desestabilización interna, “nosotros pudimos vencer y sortear el momento coyuntural”.
Sí la oposición obtiene 100 diputados, ahí sí se le va a poner muy duro el tema de la gobernabilidad al chavismo. ¿Por qué? Porque hay elementos claves en la conducción del gobierno (la posibilidad de moción de censura a los ministros, la imposibilidad de aprobar un presupuesto con un consenso mínimo o de promulgar una ley habilitante), que plantean otro juego político.
—En el escenario que usted pinta, no se advierte espacio para el consenso.
—Todo depende de cómo se lean los resultados. El propio Schemel, que era el vocero que generaba expectativas positivas, desde el punto de vista de las encuestas, ha dicho que quien gana hoy es el descontento. Pero eso no se lee políticamente, ni se traduce en un proceso de rectificación, de corrección de rumbo, de asumir, autocríticamente, que la situación es grave, porque el problema, en mi opinión, es que hay una especie de enceguecimiento. Puedo entender que la gente se enceguece, pero eso no puede ser eterno, porque va a llegar un momento en que eso va a traer efectos negativos. Para decirlo claramente, mi deseo, desde hace mucho tiempo, es que el gobierno encuentre el rumbo de la rectificación.
—Pero es casi imposible rectificar en una etapa electoral, porque el mensaje que se enviaría es que estás en una posición de debilidad. Y para el chavismo sería una posibilidad negada.
—Eso es como un manual de marketing político para un pueblo que se considera infantil desde el punto de vista de su capacidad de reflexión política. En los países donde el liderazgo llama al sacrificio, enfrentando la situación, y encarna la posibilidad de prestigiarse en la lucha para superar una situación adversa, eso no es más difícil de lo que tú planteas, que es meter el polvo bajo la alfombra.
Este es un momento muy grave; no es una crisis episódica, es la acumulación de tensiones que detonaron ya, que no permiten el control de daños. No es el pote de humo. Lo que se ha agotado completamente son las fintas. Ya la gente sabe, en la calle, que con las fintas los están engañando, que le están diciendo medias verdades.
—Puede ser que mi argumento le resulte elemental, simplista…
—…Trivial.
—Sí, trivial. Déjeme plantearlo de otra manera. Si la necesidad, si la urgencia es de rectificación, aún en medio de un proceso electoral, ¿por qué no se hace?
—Porque están privados de ese criterio, del criterio de la desconfianza y la subestimación de la capacidad del pueblo de entender que se necesitan medidas de rectificación. Se han distanciado tanto, que la crisis de representación es de doble vía, entre los líderes y sus bases de apoyo. Se presupone que la base social, sin compromisos utilitarios, no tiene ninguna fuerza moral para defender el proceso y con eso lo único que se está reforzando es un patrón político clientelar y populista. No es un proceso de politización, como se dice constantemente del pueblo, no es un proceso que tenga continuidad con el legado de Chávez. No sólo de politización, sino de radicalización, en el plano ideológico. Lo que estás reconociendo es que ese trabajo falló.
Si estás jugando a perder lo menos posible, a estirar el tiempo… ¿Hasta cuándo? ¿Hasta que la plastilina se rompa? Diría, honestamente, que se ha perdido mucho tiempo. No es tiempo de llorar sobre la leche derramada. Ah, ¿pero qué hacemos ahora? Lo que tienen que hacer es asumir los costos de la rectificación. Es decir, una derrota rectificando es menos costosa que una derrota sin rectificar. Y ese es el punto que no veo en la ecuación política del alto gobierno.
 
La hora de rectificar
—Es hora de agarrar el toro por los cachos.
—Es hora de encarar la crisis. Si se prometieron medidas, ¿por qué no se han tomado? Yo escuché a Alí Rodríguez decir que si se toman medidas, eso va a ser más grave aún.
—No se hace porque en ese momento la oposición va a dejar de ser reactiva, no va esperar “en la bajadita” y va a pasar a la ofensiva política.
—Me parece muy bien, el gobierno se verá enfrentado a situaciones donde se verá obligado a retomar la ofensiva política. El problema es que en este momento la oposición espera el desgaste y el gobierno, en medio del desgaste, piensa que está viviendo un momento político favorable. Ah, te estás bañando en el caño y piensas que los caimanes están dormidos. Ah, bueno, sigue metiéndote en el caño y confía en que están dormidos, pero no están dormidos nada, están esperando que tú no puedas maniobrar para devorarte, como en la canción: tú lo que quieres es que te coma el tigre.
Honestamente lo digo: si uno ha apoyado, directa o indirectamente, el proceso bolivariano, lo menos que puede hacer es decirlo. Aunque después vengan los costos. Venga lo de Maryclen Stelling: ¡Qué chavista va a ser ese carajo! Pero uno da testimonio de lo que era necesario decir en un momento específico. Y yo lo que quiero decir es que este gobierno tiene que rectificar la política.

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