domingo, 6 de diciembre de 2015

Las elecciones del principio del fin del chavismo


Aitor Saez
 
La Razón, España
 
Una rampa gigante preside uno de los cerros de Caracas. Es el mausoleo dedicado a Simón Bolívar que el comandante Hugo Chávez mandó construir en 2010, cuando algunos aseguran que ya sabía de su cáncer. Allí, junto al Libertador, también fue enterrado Chávez. La moderna estructura blanca de 54 metros parece más una ola a punto de ahogar al Panteón adyacente que un espacio de culto. A algunos venezolanos les recuerda al aparcamiento de unos grandes almacenes o la entrada de un estadio. La obra pretendía ser «poco adornada y austera», pero monumental. El colosal proyecto costó 78 millones de dólares. Para algunos es una muestra del ego de Chávez.
Hace ahora casi tres años, miles de personas lloraron su muerte en la falda de ese monte, que paradójicamente se llama «El Calvario». En ese barrio popular, Caño Amarillo, hoy decenas de personas hacen colas para comprar los enseres y la comida del día. «Ni Chávez, ni mausoleos. Esa piedra no hace la cola por nosotros», reclama una mujer que lleva desde las cinco de la mañana esperando para llevarse algunos pollos. De la adoración a Chávez sólo quedan hoy las octavillas que venden a los pies del Mausoleo, donde se lee «San Chávez» encima del retrato del comandante. Por la plaza únicamente deambulan algunos militares y milicianos –civiles vestidos de uniforme de las Fuerzas Armadas–. En ese lugar, el presidente Nicolás Maduro aseguró que «a veces» duerme . Otro reclamo para tratar de reavivar la fe en el comandante y a la postre en él.
Pero la estrategia del miedo empleada por Maduro en la campaña, pone en evidencia la debilidad de un chavismo que da sus últimos coletazos. «Ahora ya no gobiernan sobre la base de un apoyo popular, por eso necesitan recurrir a la intimidación», señala a LA RAZÓN el veterano periodista del diario «El Universal», Roberto Guisti, quien se muestra convencido que hoy la victoria será para los opositores. El chavismo viene perdiendo fuelle en las elecciones del último lustro. En los comicios legislativos de 2010, la oposición cosechó mayor número de votos, un 50,36%, por el 48,13% de los oficialistas. Y en cambio, los chavistas ocuparon más de la mitad de los escaños del Parlamento, gracias a una ley electoral –creada por Hugo Chávez, con un reparto de votos que favorece a los chavistas. En las presidenciales de 2013, tras la muerte del comandante, el chavismo logró la victoria por 200.000 votos. Una diferencia tan reducida que algunos todavía la ponen en duda. A pesar del triunfo, perdieron un 7,4% de apoyo.
Los acuciantes problemas de inseguridad y escasez que se han disparado en los últimos dos años pueden sentenciar hoy al chavismo. Durante la jornada del cierre de campaña, un grupo con camisetas y gorras rojas gritaba animado por los pasillos del metro de Caracas: «¡Esta victoria es chavista!». Justo en frente, un hombre que subía por las escaleras metálicas susurraba: «Mira, ellos no hacen colas, ni les roban».
El desencanto entre la población no se ha producido entre los sectores más reticentes al chavismo, sino también en sus propias filas. «En el último año se ha sentido decepción, desde funcionarios hasta campesinos. La gente se toma esta crisis como un fracaso personal por haber confiado tantos años en el proyecto de la Revolución», afirma a este diario el politólogo Emilio Nouel, quien hace un balance «muy negativo» de los más de tres lustros de chavismo.
Uno de los grandes lastres de este periodo ha sido la incapacidad de generar riqueza y estabilidad. «Han destruido la economía y las instituciones buscando una utopía anacrónica. No hemos logrado esa utopía y estamos peor que antes. Han destruido las estructuras del Estado y no se ha construido nada nuevo», apunta Nouel sobre lo que califica de «populismo». El Gobierno revolucionario ha expropiado alrededor de seis millones de hectáreas productivas que han dejado de dar provecho. Nacionalizó miles de empresas de las que cerca de 5.000 han cerrado. El chavismo provocó la desaparición de una agricultura y un tejido empresarial ya de por sí frágiles.
El chavismo erigió un sistema clientelar basado en la renta del petróleo. Para Nouel, «los grandes fondos permitieron ganar adeptos, pero no arraigados, sino interesados. No hubo una adhesión ideológica completa». El comandante Chávez despilfarró el dinero público con la puesta en marcha de miles de misiones (programas sociales). Algunas sirvieron para redistribuir la riqueza. Otras fueron apenas reclamos populistas, como la Misión Milagro, para enviar ciegos a Cuba con el objetivo de curar su minusvalía. Un gasto total de 900.000 millones de dólares durante los años del chavismo en el poder. Todo financiado por el petróleo. Cuando a partir del 2014 el precio del barril de crudo desciende desde los 100 hasta los 33 dólares actuales, el sistema chavista entra en crisis. Un desplome económico que se suma a las protestas en las calles a comienzos de ese año, y que se saldaron con 43 muertes. Una represión que pasó factura al Gobierno de Maduro.

Un Estado criminal

La otra gran lacra en el chavismo: la corrupción. Cuando el 4 de febrero de 1992 la Milicia Nacional Bolivariana (MNB) –el grupo disidente del Ejército liderado por Chávez– intentó dar un golpe de Estado justificaron que tenía como principal fin combatir la corrupción. El caso de los «narcosobrinos», los ahijados de Cilia Flores, mujer de Maduro, detenidos por Estados Unidos por narcotráfico es sólo la punta del iceberg, asegura Nouel. Esos vicios también han generado una crisis de valores. Cuando Chávez tomó posesión por primera vez, le preguntó a la presidenta de la Corte Suprema de Justicia: «¿Qué haría si su hijo pasa hambre?», como forma de justificar los robos, que pasaron a llamarse «actos justicieros». Y a los pequeños comerciantes se les denominó «burgueses, especuladores y parásitos». Se produjo una inversión de valores en todas las esferas. «El valor del trabajo se sustituyó por la renta petrolera, el sin esfuerzo, y el paternalismo de Estado», destaca el periodista Roberto Guisti.
Asimismo, el aumento de la inseguridad y la delincuencia estuvo amparado por una impunidad del 97% de los crímenes. Tanto para los delincuentes comunes, como para los «boliburgueses», la élite que se benefició de la Revolución. Algo que tiene que ver con la ausencia de un poder judicial independiente y el debilitamiento de la Policía.
El resultado, para Guisti, «una sociedad postrada, sometida y asaltada por un Gobierno ineficaz, que vino grande este país». Para el politólogo Emilio Nouel, la derrota en los comicios puede producir escisiones en el chavismo, «pues no se trata de un movimiento fuerte y estructurado, sino de varios grupos, a diferencia del peronismo. Esa es su debilidad». Un golpe fuerte o el final definitivo del chavismo, todo dependerá de la magnitud de la victoria de la oposición. El proceso revolucionario ya ha agotado su recorrido, a partir de hoy es cuestión de recuentos y plazos.

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