sábado, 5 de diciembre de 2015

VENEZUELA EN EL PRINCIPIO


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             ENRIQUE KRAUZE

Si el gobierno (llamémosle así) de Nicolás Maduro no asesta un golpe de último minuto a los comicios, la oposición venezolana ganará este domingo una mayoría en el parlamento. De ocurrir, habrá dado un gran paso, un paso histórico, pero quizá no más. Para comprender su posición hay que parafrasear a Churchill: “Este no es el fin, no es tampoco el principio del fin. Es apenas el fin del principio”. Tras el triunfo, Venezuela no estaría siquiera en ese punto: estaría en el principio.
O antes. Maduro tiene muchas formas de desvirtuar el triunfo, devolviendo la situación al punto en que está ahora: antes del principio. Pero la contundencia del resultado (que todos los sondeos prevén) puede llevar las cosas al comienzo de una larga, ardua, pero también promisoria labor de reconstrucción desde los cimientos mismos.
Para comenzar, una reconstrucción de la más elemental justicia. El nuevo parlamento, representativo de la mayoría nacional, deberá lograr la liberación inmediata de los presos políticos, en particular de Leopoldo López y Antonio Ledesma. Enseguida, deberá presionar por la reestructuración del aparato de justicia, que ha sido un apéndice servil del chavismo. Será una tarea titánica cuyo principal objetivo será promover una mínima independencia del Poder Judicial, acotar la criminalidad y combatir la corrupción.
En estos años la corrupción en Venezuela ha alcanzado un nivel sin precedente en la historia de Latinoamérica (que ya es decir). A pesar de la censura oficial, tarde o temprano saldrán a plena luz las investigaciones sobre la corrupción en Pdvsa y las altas esferas del gobierno que llevan a cabo las agencias norteamericanas. Mostrarán los vínculos de la cúpula chavista con el narcotráfico y aclararán, al menos en parte, el destino de los petrodólares (¡centenares de miles de millones!) que se esfumaron de las arcas venezolanas en estos tres lustros de extraordinaria bonanza petrolera. La oposición debe estar preparada para propiciar la transición a un orden no vindicativo pero sí estrictamente legal, que llame a cuentas a quienes cometieron este desfalco histórico.
Enseguida, una reconstrucción de la oferta social. Ningún líder de la oposición ha mencionado jamás que su proyecto implique el desmantelamiento de las obras sociales que –al margen de su instrumentación, muchas veces errada- fueron el aspecto más legítimo del régimen chavista. Pero en Venezuela, la realidad ha evidenciado dolorosamente el error de fincar esa oferta social en el petróleo, de convertir a Pdvsa en una agencia gigantesca e ineficiente de atención social, y de confiar una parte sustancial de esa labor (por ejemplo en el aspecto médico) a las misiones establecidas en 2003 con personal cubano (en un intercambio que llegó a costar a Venezuela 5.000 millones anuales). En otras palabras, hay que reparar el edificio del estado (escuelas, hospitales, servicios de toda índole) para que cumpla sus obligaciones con rectitud y eficiencia.
Al mismo tiempo, debe propiciarse un giro de 180 grados en la política económica. Venezuela, quizá el país más rico del mundo en reservas petroleras, es ahora (todos lo sabemos) una nación al borde de una crisis humanitaria, arrasada por la caída económica, la inflación y el desabasto. La solución: cesar el hostigamiento a la iniciativa privada y propiciar un clima de confianza que atraiga poco a poco la inversión. La aparición de productos en los anaqueles y el control (o al menos la percepción de control) del proceso inflacionario, devolverán al venezolano el crédito en su país. Lo necesita: Venezuela es su único hogar.
La libertad de expresión es una zona de desastre. No hay televisión propiamente independiente, la radio vive acosada lo mismo que la prensa. Será tarea del parlamento reivindicar los derechos de RCTV (atropellados en 2007, avalados por una Corte internacional) y levantar la espada de Damocles que pende sobre varios periodistas y directores de diarios.
Se habla de una revocación del gobierno. Entiendo que será imposible sin una mayoría sustancial. De lograrse, el año de 2016 puede ser, en efecto, el principio del fin del chavismo. Y el Ejército deberá jugar un papel de garante imparcial de las instituciones, no de un factor político. 
Quizá el proyecto de regeneración más trascendente sea de índole cívica y moral: restaurar la convivencia. El régimen chavista plantó el odio en el alma de los venezolanos. Creó la división artificial entre “el pueblo” y el “no pueblo”, cegó vidas, impuso el reino del puño cerrado, bloqueó  la posibilidad de un diálogo tolerante. Instauró la discordia. En el principio, el parlamento de oposición deberá buscar, con la razón y el corazón, la reconciliación a la familia venezolana

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