domingo, 10 de julio de 2016

LA GUERRA DEL 5 DE JULIO

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               ELIAS PINO ITURRIETA

La conmemoración de la declaratoria de Independencia fue de una elocuencia aterradora. Si se buscan las señales de deterioro institucional y de arrinconamiento de los valores republicanos que hoy caracterizan la vida venezolana, en los detalles de las ceremonias se resumen en términos gigantescos como demostración de la escala de desentendimiento, y aun de feroz pugnacidad, en la cual se pretende conducir a la sociedad. En una fecha tan señalada, que debe servir como tiempo de convivencia o, en caso extremo, como período de tregua, ha tenido lugar una batalla de poderes capaz de mostrarnos la cercanía de un desenlace cruento e inminente.
En ruptura con una costumbre que remonta al siglo XIX, el presidente de la República no asistió a la sesión convocada por la representación nacional. Jamás se había visto un desaire de tal proporción, como si la ausencia no significara nada pese a la trascendencia del hecho histórico que se conmemoraba. Por lo tanto, el presidente no abrió el arca que contiene la copia del Acta de la Independencia firmada por los diputados de 1811. La formalidad ha sido respetada por todos los primeros magistrados desde cuando se rescató el precioso documento, pero el de turno prefirió enviar a una recadera para que abriera y clausurara el cerrojo con una prisa digna de mejor causa. Fue una entrada furtiva, que no se comunicó a las autoridades del Parlamento para que el simbolismo en torno a un testimonio referido al nacimiento de la nacionalidad se quedara en una visita de una señora de mandados y de cuatro cadetes que la acompañaron para maquillar la magnitud del desdén. El presidente tampoco quiso recibir los honores de la Cámara, por supuesto, ni escuchar el discurso del orador designado. Pero no todo quedó en la enormidad de semejante desprecio.
Las cabezas de los otros poderes públicos siguieron el ejemplo. Sus sillones quedaron vacíos. No les interesó lo que sucedía en el Capitolio, o recibieron órdenes de no presentarse que acataron en deplorable sumisión. En cambio, estuvieron en el desfile militar convocado por el jefe del Estado, como si lo que pasaba en el Parlamento fuera una farsa que no debían acompañar. Un desplante mandado y acatado, por lo tanto; o una decisión tomada a conciencia. Si fue así, desvela una situación de hostilidad que debe preocupar a la ciudadanía y que no anuncia desenlaces apacibles para las urgencias que padecemos. Los titulares de las instancias más elevadas del alto gobierno, civiles todos, convocados oportunamente por un cuerpo originado en la soberanía popular, no vacilaron en convertirse en espectadores de una demostración de cuartel. El presidente Maduro montó una representación a través de la cual no quiso dejar dudas sobre su entendimiento arbitrario del republicanismo, y sobre su desprecio del Legislativo, con la complicidad de quienes tenían la obligación de actuar con decorosa autonomía.
Para que no quedaran dudas sobre la intención del deslinde, el desfile militar sucedió en la mañana, justo cuando comenzaba la sesión solemne de la AN. Se ha hecho siempre después de la terminación de los actos parlamentarios, pero el presidente y comandante de la FAN olvidó el choque de horarios, o lo calculó con premeditación no solo para que se enfrentara con el acto cívico, sino también para que lo opacara. Ordenó que los servicios de radio y televisión se encadenaran con la ostentación del espectáculo de Los Próceres. A la mayoría de los venezolanos solo les quedó la opción de enterarse de los fastos de una militarada, mientras los diputados elegidos por ellos en términos abrumadores eran condenados al hermetismo.
Estamos ante una declaración de guerra, que se comunica a través de una conducta agresiva que no debe pasar inadvertida. Maduro y sus tropas escogieron el día más importante del calendario cívico para comunicarnos, en tono jactancioso, que tienen la sartén por el mango, y que ni siquiera la memoria de los padres fundadores hará que se desprendan de ella. En 1811 no existía el coronelote Pedro Carujo, pero anda por allí, en nuestros días, en marcha redoblada, preparando el asalto del Capitolio.

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