martes, 16 de agosto de 2016

LA FRONTERA EXTRAVIADA

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    LEANDRO AREA

Alguien alguna vez afirmó que Venezuela era una nación fingida y otro alegó que Colombia es una nación a pesar de sí misma. ¿Me atrevería yo a terciar que la frontera colombo venezolana ha sobrevivido a ambas desgracias si es que no es una sola con diferentes nombres?

En mis viajes a esa frontera común que es diversa, retorcida y plural, he recogido experiencias humanas y sociales insobornables a libros de historia, teorías políticas, controles gubernamentales o estadísticas económicas, aunque mire usted que leer a veces nos cierra la boca y pone a pensar.

Las fronteras son la piel de las naciones. Porosas por su indefinición, sí, pero no solo por lo que allí se suda y ventila, sino además por lo que se transforma y  crea en combinación permanente de identidades en metamorfosis y construcción. Lo fronterizo siempre asombra, saca de paso, convida. Y eso es lo que no entendemos desde las capitales, desde las teorías o desde los cogollos gubernamentales siempre tan urgidos de control, además de todos los excesos que tal actividad comporta. En venezolano aquel “Exprópiese” de Chávez es sinónimo de éste “Ciérrese la frontera” del de ahora Maduro.

En el caso colombo-venezolano esa frontera es diversa, rica-pobre, contradictoria  y a la vez complementaria en el espejo, por tantas razones que son al menos geográficas, históricas,  humanas, sociales, familiares y culturales. Pero a pesar de todas las tensiones imaginables, con un idioma común y un sufrimiento histórico de desdén compartido desde lejos, por el simple estigma de ser “zonas limítrofes”, orilla.

Esa frontera de la que hablamos que es ora marítima ora costera ni se diga andina o llanera y cuándo no selvática, repartida en una cifra ya cansina de 2219 kilómetros que repetimos sin saber si es verdad, esconde su verdadero valor detrás de un bendito número que más parece un precio de mercado que un lazo de amistad, comprensión y  de ayuda.

Y esta pereza por entender y recibir la lejanía, esa duda, es la que ha traído como consecuencia esa obsesión paralizante por militarizar, evangelizar y burocratizar, dominar todos juntos a la vez o por capítulos, lo que no se comprende; aquello distinto, otredad, allá en la margen donde ha podido crecer en complicidad con esos mismos entes empecinados por la dominación del espacio del otro  al que ahora llaman insoportable, peligroso, “por razones de Estado” u otras evangelizaciones lingüísticas por el estilo.

La ilegalidad que ha crecido en esos confines, con rasgos tan propiamente fronterizos, ha sido producto de intereses o bien locales, nacionales, binacionales o internacionales a pesar, sea dicho, de los esfuerzos de ambas naciones que no han sido escasos, nunca una guerra, desde  por ejemplo 1833, cuando ya separadas de aquel sueño o pesadilla inconclusa de unidad, firmamos y nunca llevamos a cabo aquel Proyecto de Tratado de Amistad, Alianza, Comercio, Navegación y Límites entre Venezuela y Nueva Granada que a la vuelta de 17 años cumplirá 200 años si es que aún el mundo sigue girando con nosotros adentro.

Hace un año el gobierno venezolano ordenó unilateralmente el cierre de esa frontera, cacareada de común, dizque para desvanecer la eternidad de los problemas que allí existen. Nada se resolvió en este lapso. Seguramente las mafias han crecido, transformándose, mimetizándose, especializándose; se les otorgó el tiempo necesario, año sabático, para realizar ese post-grado tan necesario y tan urgente.

Hace días amanecimos con el anuncio de que la iban a reabrir a cuenta gotas, “ordenada, controlada y gradual” dijo el colombiano; “frontera de paz” profirió su simétrico  como queriéndole llamar la atención, para que no lo olvide, de aquella Paz, la otra, la de verdad verdad, la joya de la Corona, la que a Santos no deja ni dormir y en la que Venezuela, Cuba y las FARC, que sí son vecinos idénticos, ideológicos y trillizos, mecen en cuna de oro con mosquitero y todo, a ese otro posible socio caña de azúcar: la Colombia tan querida y tan fácil.

Hoy, para los gobiernos de Colombia y Venezuela, la frontera común, “herencia de los imperialismos”, es un número, ahora sí,  una mercancía geopolítica y geoestratégica por encima y más allá de cualquier otra connotación humana, económica o cultural. Valor de uso, valor de cambio y algún que otro detalle fechas patrias para guardar las apariencias de lo que en el fondo verdaderamente está en juego que es la toma del poder en Colombia a través de los Acuerdos de Paz de la Habana que es donde,  dejó saber Maduro a boca llena en rueda de prensa, acordó con su homólogo Santos, reabrir la frontera extraviada de estos confines.

Leandro Area

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