domingo, 28 de agosto de 2016

LA NEGACIÓN DE LA CONVIVENCIA

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              ELIAS PINO ITURRIETA

EL NACIONAL

Cuando Caldera ganó las elecciones frente a Gonzalo Barrios buena parte de la sociedad se alarmó, porque temía una invasión de copeyanos que liquidaría a la burocracia adeca que se había establecido desde 1958 y que había implantado una década de predominio. Las caras largas de los derrotados y de sus familiares no solo respondían a los resultados de los sufragios, que impedían la continuidad del imperio duradero que anhelaban, sino especialmente a su indeseable salida de la administración pública. Se llegó a pensar que el tiempo de los verdes acabaría con el tiempo de los blancos sin ningún tipo de contemplaciones, lo cual significaba, en el más común de los casos, la pérdida del sustento.
La alarma tenía fundamento porque era la primera vez que se concretaba la alternabilidad en el ejercicio de funciones públicas después del derrocamiento de Pérez Jiménez. Se podía pensar lo peor debido a la falta de experiencia frente a un hecho que se consideraba insólito, o quizá por la memoria del sectarismo implacable que campeó a raíz el golpe de 1945. Si se pensaba en la experiencia de la dictadura, los temores podían aumentar. Pero los adecos, y especialmente Rómulo Betancourt, habían aprendido la amarga lección de la exclusión y apostaban ahora por administraciones caracterizadas por la amplitud. El restablecimiento de la democracia fue obra de una participación de diferentes organizaciones políticas, no solo porque así lo aconsejaban  los pésimos resultados de la pasión banderiza padecida durante el trienio, sino también por la necesidad de apuntalar un experimento rodeado de escollos. Aun así, la gente pensaba en una poda inmisericorde que les tocaría de cerca y de la cual se salvarían a duras penas. Como entonces estaba en las manos del Presidente la designación de los gobernadores, muchos esperaban una arremetida nacional de la cual no escaparían ni los porteros.
No solo no fue así, sino que, pese a los pronósticos sombríos,  se dieron pasos definitivos en la denominada política de pacificación asomada por el presidente Leoni. Con Caldera en Miraflores se inició un diálogo con los guerrilleros del período anterior, tras el objeto de permitir su retorno a la actividad política que habían negado y atacado con las armas. El diálogo funcionó, después de superar trabas y reticencias que parecían infinitas, y los combatientes de entonces bajaron de la montaña para volver al seno de sus partidos, ahora legalizados; o para fundar unos nuevos, o para divulgar sus ideas dentro del cauce de la legalidad, o para ocupar un lugar como empleados públicos, un trabajo titánico gracias al cual legitimaron el espacio que la democracia representativa les ofrecía y con el que se llegó a una cohabitación que fue modelo continental. El país se hizo más hospitalario, el miedo se confinó en los rincones, las polémicas fueron más fructíferas, se renovaron las voces en el Parlamento y en otros organismos de representación. Todo fue más llevadero para los voceros políticos, en el seno de un fenómeno concreto de convivencia del cual pueden ufanarse nuestros padres, nuestros abuelos y también nosotros mismos.
Los chavistas aprovecharon los frutos de la pacificación, no en balde se fueron filtrando poco a poco en el centro de la sociedad hasta lograr su propósito de hegemonía. Pero eso es crónica fementida, eso jamás pasó. Las obras de los antecesores, en caso de que ocurrieran como afirma la letra torcida del escribidor, deben terminar en el tarro de la basura porque forman parte de una oscura fantasía, porque son patrañas del imperialismo y porque así lo dispone una “revolución” infalible y prepotente que se siente destinada a comenzar la historia, es decir, a hacer lo que le venga en gana con la vida de los venezolanos, aun hasta conducirlos a la esclavitud perpetua, si conviene a sus intereses. De momento se encargarán de sus burócratas que firmaron por el RR.

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