jueves, 28 de agosto de 2014

EL AGOBIO DE OCCIDENTE

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Joschka Fischer

BERLÍN – Las consecuencias caóticas de la desintegración gradual de la Pax Americana cada vez son más evidentes. Durante siete décadas, Estados Unidos salvaguardó un marco global que –a pesar de ser imperfecto, y más allá de los errores que haya cometido la superpotencia- en general garantizó un nivel mínimo de estabilidad. Cuando menos, la Pax Americana fue un componente esencial de la seguridad occidental. Pero Estados Unidos ya no está dispuesto a ser el policía del mundo, o no está en condiciones de serlo.
La asombrosa acumulación de crisis y conflictos que enfrenta el mundo hoy –en Ucrania, Irak, Siria, Gaza y Libia- están vinculados a la nueva postura de Estados Unidos. Si la situación alcanzara un punto crítico en otra zona sísmica de la política mundial –digamos, el este de Asia-, el mundo enfrentaría una catástrofe global que surgiría de la sincronización de las numerosas crisis regionales. Obviamente, sería una crisis que nadie podría controlar o contener.
El mundo bipolar de la Guerra Fría es historia. George W. Bush desperdició el breve período en que Estados Unidos fue la única superpotencia verdadera. La globalización económica hasta el momento no ha dado lugar a un marco de gobernancia global. Quizás estemos en el medio de un proceso caótico del cual surgirá un nuevo orden internacional –o, más probablemente, tal vez recién estemos en el comienzo de ese proceso.
El debate sobre un futuro orden global está ocurriendo sobre todo en Occidente –más específicamente, en Norteamérica y Europa-. En un momento en que las potencias emergentes intentan adaptar sus posiciones estratégicas a sus aspiraciones e intereses nacionales, no están dispuestas a articular las ideas y las reglas vinculantes que deberían sustentar un nuevo orden internacional. O tal vez no puedan hacerlo.
¿Cómo se ve, por ejemplo, una fórmula china o india para un nuevo orden global? (A la luz de los acontecimientos en el este de Ucrania, tal vez sea aconsejable no averiguar demasiado lo que piensa Rusia). El antiguo Occidente transatlántico parece estar solo en este sentido, y por lo tanto sigue siendo indispensable preservar la estabilidad global.
Y, sin embargo, la frecuencia de las crisis también ha revivido en los países occidentales un antiguo conflicto normativo fundamental entre idealismo y realismo, o una política exterior basada en los valores o en los intereses. Aunque desde hace tiempo resulta evidente que las políticas occidentales se basan en ambos, el contraste, por más artificial que sea, hoy vuelve a estar en el centro de la escena.
La crisis en Irak, y la horrible violencia del Estado Islámico allí y en Siria, es en gran medida el resultado de la no intervención de Occidente en la guerra civil siria. Los “realistas” de la política exterior se opusieron a una intervención “humanitaria” supuestamente idealista. Los resultados hoy son claros: un desastre humanitario y un serio desafío al Medio Oriente árabe tal como ha estado constituido en el último siglo.
La controversia en Europa respecto de armar a los kurdos parece extraña a la luz de la situación en Irak. El Estado Islámico está amenazando, ante nuestros ojos, con matar o esclavizar a todos los miembros de las minorías religiosas y étnicas que no se conviertan inmediatamente al Islam o huyan. Mientras el mundo observa al Estado Islámico amenazar con un genocidio, es una obligación moral pasar a la acción. Las cuestiones concernientes, por ejemplo, a lo que suceda una vez que termine la lucha con las armas que se les den a los kurdos son de importancia secundaria.
En términos de realpolitik, este argumento está respaldado por el hecho de que el ejército nacional de Irak es incapaz de derrotar al Estado Islámico, mientras que las milicias kurdas sí podrían hacerlo –pero sólo si están equipadas con armas modernas-. Una victoria del Estado Islámico en el norte de Irak, o inclusive tan solo la captura de Erbil, la capital del Gobierno Regional Kurdo, causaría no sólo un desastre humanitario sin precedentes; también plantearía una enorme amenaza política para todo Oriente Medio y la paz mundial.
De manera que el nexo entre valores e intereses es obvio y torna irrelevante el conflicto por los principios fundamentales de la política exterior. Esto es particularmente válido para la Unión Europea. Un Oriente Medio con un estado terrorista brutal y sin trabas en su interior sería una amenaza directa para la seguridad de la vecina Europa. ¿Por qué, entonces, no ayudar a aquellos en Irak que quieren y pueden confrontar este peligro?
Pero si sólo Occidente asume la responsabilidad de mantener el orden global, ¿no pasará a estar excesivamente exigido, dada la cantidad y la naturaleza de la crisis que enfrenta? La mayoría de estas luchas no son enfrentamientos entre estados; son conflictos asimétricos, para los cuales las sociedades occidentales –incluido Estados Unidos- no están equipadas. Estos conflictos se ven más exacerbados aún por la crueldad que caracteriza a las guerras religiosas –como las que tuvieron lugar en Europa en los siglos XVI y XVII-. De manera que, sí, Occidente realmente enfrenta un alto riesgo de volverse excesivamente exigido.
Ahora bien, ¿cuál es la alternativa, que no sea un caos vertiginoso, una proliferación de los riesgos para la seguridad y una serie de desastres humanitarios? Para Occidente –y ante todo para Europa-, este dilema no se puede evitar.
La acumulación de crisis de hoy, sumada a la fatiga estratégica de Estados Unidos, obliga a Europa a definir qué papel desempeñará en el futuro de la estabilidad occidental –y global-. Si Estados Unidos ya no puede cargar con el peso de la Pax Americana, Europa debe hacer algo más por la seguridad colectiva. Pero Europa no puede asumir una mayor responsabilidad por el orden y la estabilidad global sin una unificación política. Lamentablemente, son demasiados los líderes europeos que no pueden –o no quieren- entenderlo.



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