viernes, 2 de octubre de 2015

EL CALLEJON SIN SALIDA DEL CORBYNISMO

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ANDRES VELASCO

PROJECT SYNDICATE

SANTIAGO – América Latina tiene un nuevo producto de exportación: la reacción populista. Primero arribó a las cálidas y receptivas costas del Mediterráneo para nutrir el apoyo a Syriza en Grecia y a Podemos en España. Ahora ha llegado al Reino Unido.
A quienes conocen América Latina les resultará conocido el corbynismo, la ideología de Jeremy Corbyn --miembro del parlamento británico que admira a Hugo Chávez, justifica la invasión de Ucrania por parte de Putin, y ahora el líder del venerable Partido Laborista. El corbynismo propugna el financiamiento monetario de los déficits fiscales (que ahora se llama "relajación cuantitativa del pueblo"), la nacionalización de las industrias (empezando por los ferrocarriles), y el fin de la competencia y de la prestación de servicios públicos por privados. Estas son posturas que el ex Primer Ministro Tony Blair y sus simpatizantes pensaban -equivocadamente, al parecer- que habían consignado al basurero de historia.

Por supuesto que este nuevo populismo (compartido por Bernie Sanders, el rival de Hillary Clinton) tiene mucho de qué alimentarse. Como lo ha enfatizado Martin Wolf, la crisis financiera de 2008-2009 hizo que muchos votantes se enojaran -y con razón- con "los codiciosos plutócratas y sus lacayos en la política y los medios". El premio Nobel Paul Krugman (quien a veces parece corbynista, pero no lo es) y Wolfgang Munchau subrayan que la izquierda moderada en Europa perdió apoyo popular por estar demasiado dispuesta a aceptar la versión extrema de austeridad fiscal exigida por Alemania y sus aliados de corte ortodoxo.
Pero tener ira no es lo mismo que tener razón. Los nuevos populistas europeos están transformando una frustración legítima en un conjunto errado de políticas que sólo puede generar más frustración. Los latinoamericanos aprendimos esto de manera dolorosa hace décadas. Y es posible que los europeos (y quizás los estadounidenses) estén a punto de pasar por lo mismo.
Tres confusiones conceptuales hacen que el corbynismo vea temas cruciales de manera completamente equivocada.
El mercado de las papas no es igual al mercado de los créditos. En efecto, los banqueros son codiciosos. Y, en efecto, los mercados financieros necesitan supervisión y regulación. Pero lo que es válido para los mercados financieros, no lo es necesariamente para otros mercados.
Una transacción en el mercado de las papas sucede solamente en un momento del tiempo: la compradora entrega su dinero, el vendedor entrega sus tubérculos, y se acabó. En contraste, una transacción financiera se realiza a través del tiempo: el deudor recibe el dinero hoy y promete pagarlo dentro de un mes, un año, o una década. Esto hace que el ámbito financiero sea especialmente susceptible a sinvergüenzas y estafadores. Y porque las expectativas y la confianza relacionadas con eventos futuros desempeñan un papel crucial, los gobiernos deben, al igual que Mario Draghi, el presidente del Banco Central Europeo, estar preparados para hacer "lo que sea necesario" a fin de estabilizar los mercados financieros.   
Como lo señaló hace mucho tiempo el gran economista cubano-argentino-estadounidense Carlos Díaz-Alejandro, el peligro de la bancarrota no impone disciplina en los mercados financieros. Cuando los bancos se meten en problemas, los gobiernos siempre los salvan o quisieran haberlo hecho (recordemos el caso de Lehman Brothers). La regulación debe proporcionar la disciplina que los propios mercados no pueden lograr.
Pero los simpatizantes del corbynismo se equivocan cuando infieren que los males de los mercados financieros contagian a todos los otros mercados, todo el tiempo. Ningún país, sea rico o pobre, necesita una Junta Supervisora de la Papa, con nuevas y ampliadas atribuciones para regular.
Ser keynesiano es magnífico -pero durante ambas mitades del ciclo. En efecto, los economistas ortodoxos de origen teutónico (en su mayor parte) venden una receta para la política fiscal que es letal. Cuando la economía está en auge, afirman, se debe reducir el gasto (o, aumentar los impuestos, si todo lo demás fracasa) para disminuir la demanda. Cuando la economía cae en picada, también se debe reducir el gasto para restaurar la confianza y reactivar la inversión. Para algunas economías europeas, esta receta ha sido causa de recesiones innecesariamente prolongadas.
Pero esto no implica, como creen los corbynistas, que un gran déficit presupuestario y un fuerte endeudamiento, sean inofensivos. Por el contrario, cuando las deudas se vuelven insostenibles y a los gobiernos no les queda otra opción que cerrar hospitales y recortar pensiones, quienes sufren más son los pobres y los vulnerables.
La manera de hacer factible una política fiscal fuertemente contra-cíclica es usar reglas presupuestarias modernas. Un gobierno keynesiano moderno no duda en aumentar el gasto frente a una recesión. Sin embargo, para poder hacerlo, necesita la alta credibilidad y la baja deuda que se producen como resultado de haber ahorrado y repagado la deuda durante el auge.
Esto es lo que hicimos en Chile durante el auge del precio del cobre de 2006-2008, que produjo superávits presupuestarios de hasta ocho puntos porcentuales del BIP. Cuando Wall Street se derritió, disponíamos del margen necesario para aplicar uno de los planes anti-crisis más agresivos de los que se pusieron en práctica en el mundo. Y esto fue posible gracias a una norma fiscal rigurosa, diseñada y aplicada por gobiernos de centro izquierda.
Los fines progresistas no son iguales a los medios estatistas. La injusticia, la desigualdad y el sufrimiento, no son inevitables ni están dispuestos por Dios. Es por ello que los socialdemócratas modernos y los liberales progresistas no dudan en intentar remediar los males sociales. Pero, para ser efectivo se requiere ser agnóstico en relación a las políticas necesarias para lograr metas tan ambiciosas.
Consideremos la atención de la salud. Sistemas diferentes funcionan de manera diferente en lugares diferentes. En Gran Bretaña existe solamente un proveedor de servicios, que corre con todos los gastos: el National Health Service. En Canadá, casi todos los prestadores de servicios son privados, pero el estado financia todos los gastos. El sistema de Obama establece un mandato público para adquirir un seguro privado (con subsidios estatales para los pobres) con el fin de financiar los servicios prestados por clínicas y hospitales privados (en su mayoría).
Lo mismo vale para la educación, las pensiones, o la vivienda social. Los estados tienen razón en efectuar gastos generosos en educación; sin embargo, de las diez primeras universidades que aparecen en el ranking académico de Shanghái, siete son privadas. Los sistemas de pensiones que tienen éxito, suelen disponer de un pilar solidario (público) y un pilar contributivo (privado). Y así sucesivamente. Esto es todo muy conocido por los estudiosos de las políticas públicas modernas; no obstante, los corbynistas parecen no haberlo asimilado.
Ésa es la mala noticia. La buena noticia es que ya existen ideas que proporcionan una alternativa progresista al corbynismo sesentero. Algunas de ellas se desarrollaron en los países del mundo rico; otras, en naciones emergentes. Lo que se requiere ahora para poner en práctica estas ideas es liderazgo político --como por ejemplo, el de Matteo Renzi, primer ministro de Italia. Otros deberían imitarlo.
 
Traducción del inglés por Ana María Velasco

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