martes, 2 de agosto de 2016

SIGUEN LAS PÉRDIDAS

ILDEMARO TORRES

En cualquier lugar, fecha u hora, el país es tema obligado de conversación, al ser el escenario o marco en el cual se dan las múltiples incidencias que conforman la vida diaria; unos se refieren a él con dureza crítica y hasta lo niegan, otros lo celebran, y unos terceros se limitan en neutro a nombrarlo en términos posesivos de “mi” o “tu” país, como un bien que de manera natural nos pertenece a partir del momento mismo de nuestro nacimiento; mientras que en cambio, las alusiones siempre parecen corresponder a algo fuera de nosotros, en aparente ausencia de ese vínculo de propiedad recíproca.
No es él una abstracción sino el resultado objetivo de lo que hacemos sus habitantes, de cómo lo hacemos y de qué nos proponemos hacer. Y ¿qué es lo que observamos hoy alrededor como fenómenos dominantes?, brutales constataciones que tiene que tomar en cuenta quien quiera que desee hacer una valoración justa del presente, en función de análisis prospectivos de obligatoria ejecución al preparar acciones concretas, de redefinición de un futuro de real plenitud en cuanto a dignidad y justicia.
Al hundimiento que padece Venezuela militarizada, se suma el tener precisamente bárbaros al frente de áreas fundamentales como la salud, la educación, la cultura y las relaciones internacionales. Son asimismo de gravedad extrema la inseguridad, la criminalidad y la represión, en una manifiesta devaluación de la vida humana y sin que ello parezca ser motivo de preocupación oficial.   
Pensamos entonces en la Caracas degradada, buhonera y a merced del hampa, en la suciedad y estado de ruina de sus calles y parques, y en la mendicidad instalada en cada esquina, unido todo ello a la mistificación de su historia con un propósito político, y la aplicación del apelativo “bolivariano (a)” a cuanto se le ocurre al régimen; en síntesis, el atraso y la involución como opción, y el resentimiento y el revanchismo como términos de relación inter personal.
Otro aspecto, que como seres conscientes y de apego a una tradición signada por la amplitud y la solidaridad, nos resulta vergonzante, lo es la negación del carácter constructivo y los aportes de miles de inmigrantes, que son hoy acosados y agraviados con pancartas xenófobas en las concentraciones del régimen. Nos conmueve percibir a tantas personas así entristecidas, ancianos sumidos en la más lamentable depresión al ver a este lugar, que hicieron suyo y al que han amado, caer a las actuales condiciones de miseria. Quiero en lo personal reiterar las expresiones del más profundo agradecimiento, en justo homenaje a las personas llegadas de muy lejos, que no sólo supieron incorporarse a la vida de estas latitudes y formar un hogar, sino también y sobre todo hacer inmensos aportes a la construcción del país.
Pienso en la Venezuela solidaria con quienes buscaban una nueva patria en la que fuera dable vivir, trabajar y crear; y así evoco también a artistas venidos a enseñar con apasionada dedicación sus disciplinas, a investigadores científicos, médicos, geógrafos, humanistas y junto a ellos agricultores, magníficos artesanos, y tantos otros seres recordados con gratitud y fraterno afecto.
Parte importante de la felicidad de aquellos inmigrantes fue el nacimiento de sus hijos y nietos en esta tierra, pero ahora sufren la lejanía de esos descendientes, idos a repetir la experiencia de buscar en otros sitios las oportunidades que antes era posible encontrar entre nosotros, la patria que ayer fuera justificada y orgullosamente definida en una cálida hospitalidad de brazos abiertos, y hoy lo es con infinito pesar nuestro, como lugar de cerrada hostilidad.
Siguen sumándose pérdidas, pero no dejaremos de denunciarles y enfrentarlas.

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